21 de diciembre

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Oh Sol que naces de lo alto, Resplandor de la Luz Eterna, Sol de justicia: ¡ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte!

Comentario de san Agustín

Por lo tanto, cuando venga nuestro Señor Jesucristo y como dice también el apóstol Pablo ilumine lo que esconden las tinieblas y ponga al descubierto los designios del corazón, y cada uno reciba la alabanza de Dios, entonces, con la presencia de este día, ya no tendremos necesidad de lámparas: no será necesario que se nos lean los libros proféticos ni los escritos del Apóstol, ya no tendremos que indagar el testimonio de Juan, y el mismo Evangelio dejará de sernos necesario. Ya no tendrán razón de ser todas las Escrituras que en la noche de este mundo se nos encendían a modo de lámparas, para que no quedásemos en tinieblas.Suprimido, pues, todo esto, que ya no nos será necesario, cuando los mismos hombres de Dios por quienes fueron escritas estas cosas vean, junto con nosotros, aquella verdadera y clara luz, sin la ayuda de sus escritos, ¿qué es lo que veremos? ¿Con qué se alimentará nuestro espíritu? ¿De qué se alegrará nuestra mirada? ¿De dónde procederá aquel gozo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar? ¿Qué es lo que veremos?Que nos lo diga ahora el Evangelio: En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Entonces llegarás a la fuente con cuya agua has sido rociado; entonces verás al descubierto la luz cuyos rayos, por caminos oblicuos y sinuosos, fueron enviados a las tinieblas de tu corazón, y para ver y soportar la cual eres entretanto purificado. Queridos dice el mismo Juan , ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.
Comentario al evangelio de san Juan 35, 8-9.

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9 comentarios en “21 de diciembre

  1. Ven, ven, Señor, no tardes.
    Ven, ven, que te esperamos.
    Ven, ven, Señor, no tardes,
    ven pronto, Señor.
    El mundo muere de frío,
    el alma perdió el calor,
    los hombres no son hermanos,
    el mundo no tiene amor.
    Envuelto en sombría noche,
    el mundo, sin paz, no ve;
    buscando va una esperanza,
    buscando, Señor, tu fe.

    Al mundo le falta vida,
    al mundo le falta luz,
    al mundo le falta el cielo,
    al mundo le faltas tú. Amén.

    No juzguéis antes de tiempo: dejad que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá la alabanza de Dios. (1Co 4,5)
    (Vísperas)

  2. Hola hace tiempo leí en un libro que no puedo nombrarme parece que no encaja aquí. .que una de las primeras en escribir el evangelio fue. María Magdalena y la virgen y que la iglesia lo tiene como oculto.¿tiene algo de lógica. o de cierto???Es verdad que el libro era sobre buscar pergaminos antiguos algo novelado.

    1. No puedo imaginar ningún libro que diga que los evangelios fueron escritos por María Magdalena y por la Virgen. Te contesto lo que dice San Josemaría Escrivá al respecto:

      San Josemaría estudió muy seriamente las Escrituras. Sabía que la Biblia es un texto que no se entiende ni se interpreta de modo evidente y automático. Y, a pesar de que Dios a veces le concedía luces sobrenaturales, era consciente de que estos fenómenos eran algo extraordinario y no el modo usual de llegar a comprender el sentido de un texto.

      Si no podía confiar en sus propias luces, ni depender exclusivamente de fenómenos místicos, ¿hacia dónde apuntaba en sus estudios ordinarios de la Biblia? Acudía a la Iglesia, a su tradición viva, para la que los antiguos Padres son “testigos perennes” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 688). Un rápido vistazo a sus volúmenes de homilías nos revela su íntima familiaridad con las obras de San Jerónimo, San Basilio, San Agustín o Santo Tomás de Aquino.

      San Josemaría contrastó todas sus reflexiones acerca de las Escrituras –incluso las que recibió por inspiración divina– con el testimonio de los Padres y del Magisterio papal y conciliar. Conocía bien los peligros que se escondían en la continua dependencia de la personal interpretación de las Escrituras, también porque encontraba una clara advertencia sobre ello… ¡en las mismas páginas de la Sagrada Escritura! El primer domingo de Cuaresma de 1952 reflexiona sobre las sutiles formas con las que el demonio tienta a Jesús en el desierto:

      “Vale la pena considerar este modo, que Satanás ha utilizado con Jesucristo Señor Nuestro: argumenta con textos de los libros sagrados, torciendo, desfigurando de modo blasfemo su sentido. Jesús no se deja engañar: bien conoce el Verbo hecho carne la Palabra divina, escrita para salvación de los hombres, y no para confusión y condena. Quien está unido a Jesucristo por el Amor, podemos concluir, no se dejará nunca engañar por un manejo fraudulento de la Escritura Santa, porque sabe que es típica obra del diablo tratar de confundir la conciencia cristiana, discurriendo dolosamente con los mismos términos empleados por la eterna Sabiduría, intentando hacer –de la luz– tinieblas” (Es Cristo que pasa, n. 63).

      De la actual Babel de interpretaciones bíblicas conflictivas podemos deducir que el método de Satanás no ha cambiado mucho a lo largo de los siglos. En medio de tanta confusión, San Josemaría se nos presenta como un modelo de fe tan inteligente como rendida. Mientras tantos exégetas cristianos pasaban por el siglo veinte con los pobres ropajes del agnosticismo y la irrelevancia, San Josemaría se enriquecía con una completa confianza en la Biblia; y en la Iglesia como su intérprete infalible.

      Podemos ver, tocar y estudiar su legado en la Biblia de Navarra, un proyecto que él impulsó. Iniciado a principios de los años 70 en la Universidad de Navarra, en España, la Biblia de Navarra ofrece una fidedigna y hermosa traducción de las Escrituras, a las que se añade numerosas citas de concilios eclesiales, Padres y Doctores. Esta magna empresa ha permitido a los que no son ni teólogos ni eclesiásticos disfrutar y enriquecerse de la Biblia de un modo semejante al de San Josemaría.

      El lugar de la Biblia

      Los encuentros más profundos de San Josemaría con la Sagrada Escritura no tuvieron lugar en su estudio ni en su predicación oral, sino en la liturgia. Al igual que los Padres y que el Concilio Vaticano II, veía la Misa como el encuentro por excelencia con Cristo Jesús en “el pan y la palabra” (ver, por ejemplo, Es Cristo que pasa, nn. 116, 118, 122; Forja, n. 437). La Santa Misa, dentro de la cual encontramos la Liturgia de la Palabra, es, para San Josemaría, “el centro y raíz” de la vida interior.

      Sus homilías –repletas de citas y alusiones a ambos Testamentos– están siempre enfocadas al tiempo litúrgico, y especialmente en las lecturas del día. Efectivamente, veía la Misa como el hábitat sobrenatural de sus homilías: “Acabáis de escuchar la lectura solemne de los dos textos de la Sagrada Escritura, correspondientes a la Misa del domingo XXI después de Pentecostés. Haber oído la Palabra de Dios os sitúa ya en el ámbito en el que quieren moverse estas palabras mías que ahora os dirijo: palabras de sacerdote, pronunciadas ante una gran familia de hijos de Dios en su Iglesia Santa. Palabras, pues, que desean ser sobrenaturales, pregoneras de la grandeza de Dios y de sus misericordias con los hombres: palabras que os dispongan a la impresionante Eucaristía que hoy celebramos” (Conversaciones, n. 113).

      Como los Padres de la Iglesia y los Padres del Concilio Vaticano II, San Josemaría veía en la Misa un momento de particular gracia para recibir la Palabra de Dios. Las inspiraciones recibidas en la Liturgia de la Palabra debían ser profundas y duraderas: ímos ahora la Palabra de la Escritura, la Epístola y el Evangelio, luces del Paráclito, que habla con voces humanas para que nuestra inteligencia sepa y contemple, para que la voluntad se robustezca y la acción se cumpla” (Es Cristo que pasa, n. 89).

      El intérprete virtuoso

      Al canonizar a Josemaría Escrivá, la Iglesia lo ha presentado como merecedor de imitación. No puede haber duda de que dicha imitación debe incluir un detallado estudio de las Escrituras, una lectura meditada de las Escrituras y un disciplinado rezo de las Escrituras. Su propio horario de cada día da fe de esto. Las “normas de piedad” que vivía –y que estableció para sus hijos en el Opus Dei– están saturadas de matices bíblicos.

      No obstante, lo que era claramente crucial para San Josemaría es el encuentro con Jesucristo, el ser “ipse Christus”, el mismo Cristo. Esta meta debe ser alcanzada a través de ciertos medios, entre ellos la lectura meditada de los Evangelios. Así, no se puede entender o vivir la vocación al Opus Dei sin al menos aspirar a un alto grado de conocimiento de la Biblia.

      A pesar de haber transcurrido la mayor parte de su vida antes del Concilio Vaticano II, San Josemaría anticipó muchas de sus enseñanzas –como su énfasis al proclamar la llamada universal a la santidad y al apostolado, que había sido como el carácter distintivo del Opus Dei desde 1928. Creo, sin embargo, que San Josemaría, sobre todo, estuvo en sintonía con la doctrina sobre la Sagrada Escritura –su verdad, autoridad, inspiración e infalibilidad–, que encontraría una más robusta expresión en la Constitución Dogmática sobre la Revelación Divina, Dei Verbum.

      Igual que muchos hombres tienden a ver en sus mujeres las mejores cualidades descritas en el libro de los Proverbios, 31 (“la mujer virtuosa”), a mí me gusta ver en San Josemaría, mi padre espiritual, el cumplimiento de las palabras de la Dei Verbum, 25. En ellas, los Padres Conciliares ofrecen una visión del sacerdote ideal. Como conclusión, querría ser lo suficientemente atrevido como para adaptar estas palabras a San Josemaría y a muchos de los sacerdotes que le han seguido en el Opus Dei y en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

      Se sumergen en las Escrituras “con asidua lectura y con estudio diligente”.

      Velan “para que ninguno de ellos resulte ‘predicador vacío y superfluo de la palabra de Dios que no la escucha en su interior’ (San Agustín, Serm. 179, I)”.

      Comunican a los fieles que les están confiados, “sobre todo en la Sagrada Liturgia, las inmensas riquezas de la palabra divina”.

      Aprenden “el sublime conocimiento de Jesucristo (Flp 3, 8) con la lectura frecuente de las divinas Escrituras”.

      Se allegan gustosamente “al mismo sagrado texto, ya por la Sagrada Liturgia, llena del lenguaje de Dios, ya por la lectura espiritual, ya por instituciones aptas para ello, y por otros medios”.

      Y no olvidan que “debe acompañar la oración a la lectura de la Sagrada Escritura para que se entable diálogo entre Dios y el hombre; porque ‘a Él hablamos cuando oramos, y a Él oímos cuando leemos las palabras divinas’ (San Ambrosio, De officiis ministerium I, 20, 88)”.

      -.-

      1. Para hablar con Dios no hace falta saber de sagradas escrituras.Creo que San Josemaría sabia hacer oración con cualquier cosa….NO quiero entrar en eso El Opus Dei no es mi mundo no es ni casa..lo. de los libros si que los hay. ..aunque me parecen que no son católicos. Gracias

      2. Por supuesto que San Josemaría estaba siempre en constante oración. Unas veces meditando, otras leyendo, otras mirando solo a la Virgen, diciendo jaculatorias, rezando el rosario, trabajando (porque si ofreces el trabajo ya es oración)…. en fin …dando tertulias. Todo para él era oración, trato continuo con Dios. Acepto que no quieras entrar en el tema del Opus Dei y yo lo respeto. Ha salido San Josemaría porque algunas veces has hablado de él, y porque para mi su santidad declarada me avala en todas las dudas que tengo.
        Como muy bien dices esos libros de los que hablas seguro que no son católicos.

        Hasta mañana,, que descanses. Un abrazo.

  3. Hola…Rosa creo que muy pocos se darán cuenta de la diferencia. …Es la primera vez que oigo hablar de estas entradas asique no te puedo alluda siempre me e quedado con la burra el belén etc para mi esto es nuevo…no puedo opinar aunque entiendo el fondo..adios

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