La doble recompensa de las palabras amables es que te hacen feliz a ti y hacen felices a los demás

amor

La doble recompensa de las palabras amables es que te hacen feliz a ti y hacen felices a los demás. Cuando salen de tus labios, primero derraman sobre ti sus bendiciones: solo pronunciarlas ya es una dicha. En la vida diaria, a veces surgen problemas y te abruma el peso de las dificultades. La preocupación y la tristeza atenazan tu corazón, y la vida se vuelve casi insoportable. Pero, si aun así tus palabras amables y tu actitud cordial siguen acogiendo a los demás, tus problemas se desvanecerán y se animará tu espíritu. Una palabra amable te colma de una alegría que ni los bienes materiales ni el placer serán nunca capaces de procurarte. Su recompensa suele ser un instante en el que casi puedes tocar la cercanía de Dios.

La felicidad sigue de cerca a las palabras amables, que apaciguan tu mal humor y disipan tus inquietudes como por arte de magia; te aproximan a Dios y difunden su paz en tu corazón. Producen en ti un sentimiento de callado reposo, como el que acompaña a la conciencia del pecado perdonado.
Hasta el cuerpo participa de las bendiciones de una palabra amable: el rostro muestra los rasgos afables y bondadosos que evocan en los demás la figura del mismo Cristo. Incluso externamente, el cristiano puede parecerse a Aquel que es el Verbo de amor encarnado.
Las palabras amables hacen felices a los demás. ¿Cuántas veces has sentido tú esa dicha, de un modo y hasta un punto que no eres capaz de explicar? No hay estudio que te permita descubrir el secreto de su poder. Ni siquiera el amor a uno mismo parece ser su causa. De todos los regalos que la naturaleza hace al hombre, de ninguno disfrutamos tanto como de la radiante luz del sol. Por eso también la sonrisa del ser humano resplandece. El regalo que más bendiciones recibe es un afecto cordial. Como el sol, hace brotar las flores de la amabilidad. A menudo, unas pocas palabras amables y un poco de paciencia abrirán los postigos de tu casa, oscurecida por las nubes de la discordia y la infelicidad, para dejar que la inunde la luz del sol. (L. G. Lovasik en “El poder oculto de la divinidad”)

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Un comentario en “La doble recompensa de las palabras amables es que te hacen feliz a ti y hacen felices a los demás

  1. Junto al anhelo incondicional de que viva, de que sea, el amor reclama para el sujeto querido que sea bueno, que viva bien, en el mejor de los sentidos en que utilizaban esta expresión los clásicos griegos.
    En efecto, el más sublime compendio de cuanto podemos pretender cuando estimamos de veras a alguien es que alcance la plenitud a que ha sido llamado. Y esto, en expresión directa y sencilla, a la par que honda y plena de resolución, se expone con pocas palabras: «¡que seas bueno!».

    Por eso, más de una vez he oído comentar a personas de edad y de prestigio humano reconocido, que el más profundo consejo moral que han recibido a lo largo de su vida —a pesar de sus muchos años de estudio de antropología y de ética, pongo por caso—, consiste en lo que, llenas de cariño, les repetían una y otra vez sus abuelas, cuando apenas contaban con tres o cuatro años: «hijo mío, ¡que seas bueno!».
    Aristóteles estaría plenamente de acuerdo con los sentimientos de las ancianas a las que acabo de apelar.
    Para él, y lo repite en multitud de ocasiones, el verdadero amor, la auténtica amistad, ha de ir acompañada del deseo eficaz de que aquellos a quienes amamos mejoren.

    De ahí que el viejo filósofo griego rechazara, como falsa y muy peligrosa, la amistad entre «hombres de mala condición, que se asocian para cosas bajas, y se vuelven malvados al hacerse semejantes unos a otros.
    En cambio —añadía—, es buena la amistad entre los buenos, y los hace mejores conforme aumenta el trato, pues mutuamente se toman como modelo y se corrigen». Y reforzaba: «La amistad perfecta es la de los hombres buenos e iguales en virtud, porque estos quieren el uno para el otro lo auténticamente bueno» [

    Pero volvamos a centrar nuestro tema, indicando que la búsqueda de adelantamiento y plenitud del ser querido representa en realidad la natural prolongación de lo que se perseguía en el estadio anterior, con la ratificación del ser. Antes que nada, porque el ser del hombre no constituye algo inerte y estático, sino que tiende a expandirse y a llevar a su acabamiento perfectivo a todos y cada uno de los componentes de la persona.

    Desde el mismo instante de la concepción, la criatura recién engendrada pone en movimiento su capacidad nativa de desarrollo, multiplicando sus células y organizándolas de una manera que ni el más avanzado de los ordenadores podría conseguir en millones de años; después, en cuanto sale del seno materno, todo es también crecer y desarrollarse, tanto desde el punto de vista biológico como en lo que se refiere al desenvolvimiento de sus capacidades mentales, motoras, afectivas; y el resto de su vida, aunque de forma quizás menos vistosa, consiste en continuar con ese despliegue, hasta alcanzar cotas que, en ocasiones, resultan difíciles de predecir: piénsese en un Juan Pablo II, en una Teresa de Calcuta o en cualquiera de los grandes artistas o científicos que han asombrado al mundo con sus descubrimientos.

    Esto es lo natural para el sujeto humano: de manera que no cabe propiamente querer a nadie, confirmarlo en su ser, sin anhelar al mismo tiempo que la persona querida progrese más y más, desplegando de esta suerte toda la perfección pre-contenida en ella desde el momento en que fue engendrada.
    En este sentido, Maurice Nédoncelle dice del amor que es «una voluntad de promoción». Y explica: «El yo que ama quiere antes que nada la existencia del tú; quiere, por decirlo de otra manera, el desarrollo del tú, y quiere que ese desarrollo autónomo sea (en la medida de lo posible) armonioso por lo que respecta al valor entrevisto por el yo para él»

    Con lo que se apunta una nueva idea: el ansia de promoción y mejora al que nos venimos refiriendo tampoco es, como antes veíamos, una veleidad: amar de verdad a alguien lleva siempre consigo el que éste acreciente su perfección, en una medida proporcional a la calidad, intensidad e inteligencia del amor que se le otorga… con la condición de que no se oponga frontalmente a ello.

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