Algunas frases de la Escritura sobre la calumnia y la murmuración

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El Antiguo y el Nuevo Testamento nos proporcionan numerosas advertencias acerca de la maldad de la maledicencia y la calumnia.
En el Sirácida se lee: «Chismoso y de doble lengua tenlos como malditos, porque pierden a muchos que viven en paz. Triple lengua conturbó a muchos, y les expulsó de nación en nación… Quien le preste atención no encontrará descanso, ni tendrá amigo con quien consolarse. Golpe de látigo produce moraduras, pero golpe de lengua quebranta los huesos. Muchos cayeron a filo de espada, pero no tantos como los que perecieron por la lengua. Dichoso el que se resguarda de ella, el que no ha experimentado su furor, no ha arrastrado su yugo, ni ha sido atado con sus cadenas. Porque su yugo es de hierro, y sus cadenas, de bronce. Espantosa es la muerte que origina, más vale el abismo que ella».

San Pedro dice: «Habiéndoos despojado de toda malicia y de todo engaño, de hipocresías, envidias y de toda suerte de maledicencias, apeteced… la leche espiritual no adulterada».

Y Santiago considera necesario advertir así a los primeros fieles: «No habléis mal unos de otros, hermanos. El que habla mal de un hermano o lo juzga, habla mal de la Ley y la juzga. Y si juzgas la Ley, ya no eres cumplidor de la Ley, sino juez. Uno solo es legislador y juez, el que puede salvar y perder. Pero tú, ¿quién eres para juzgar al prójimo?».
Puesto que el mandato de Cristo de amarnos unos a otros como Él nos ha amado es absoluto en materia de caridad cristiana, de ello se concluye que el que tiene el hábito de destruir la fama de otros no es amigo de Dios, sea cual sea su apariencia externa de piedad. Según el rasero de Cristo, esa persona no es ni siquiera cristiana: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros». Si eres un auténtico discípulo de Cristo, rodéate de una atmósfera veraz que te impida caer en las trampas de las conversaciones en sociedad. Solo donde está la verdad hay caridad, y donde está la caridad hay cristianismo. (L. G. Lovasik en el poder oculto de la amabilidad)

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2 comentarios en “Algunas frases de la Escritura sobre la calumnia y la murmuración

  1. La formula del Éxodo sobre el contenido moral del octavo mandamiento es limitada. Dice así: “No darás falso testimonio contra tu prójimo” (Ex 20,16). Esta misma expresión se repite, literalmente, en el Deuteronomio (Dt 5,20). Pero en el Levítico se enuncia así: “No mentiréis, ni os engañaréis unos a otros” (Lev 19,11). De este modo, la mentira se unió a la calumnia, pues ambas van con frecuencia unidas. Así lo sentencia el Eclesiástico: “No trames calumnias contra tu hermano ni lo hagas tampoco con tu amigo. Propónte no decir mentira alguna, porque acostumbrarse a ellas no es para bien” (Ecl 7,12-13). Y es que la gravedad de la mentira no consiste tanto en ocultar la verdad con el fin de engañar, cuanto en usarla como arma para dañar al prójimo. Es lo que denuncia Jesucristo cuando perfeccionó este mandamiento: “Se dijo a los antepasados: No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos” (Mt 5,33). En efecto, quien se habitúa a la mentira casi siempre la usará para defenderse frente al prójimo, lo cual lleva a la calumnia. Más aún, puede conducir al perjurio, o sea a jurar en falso incluso ante los tribunales.

    Existen diversas definiciones de la mentira, pues no siempre es fácil fijar su sentido exacto. El Catecismo de la Iglesia Católica, en la edición típica, la matizó en estos términos: “Mentir es hablar u obrar contra la verdad para inducir a error” (CEC 2483). Y esta otra: “Mentir consiste en decir algo falso con intención de engañar al prójimo” (CEC 2508). En consecuencia, la mentira entraña el deseo de engañar.

    Pero, a aparte de ese “engaño” que persigue la mentira, es importante destacar el aspecto positivo de este mandamiento, el cual implica la obligación de decir la verdad. En efecto, el hombre y la mujer deben amar la verdad, expresarla, defenderla y comunicarla, pues la “verdad” es propia del ser inteligente. Y ello porque la racionalidad -característica esencial del ser humano- busca espontáneamente la verdad. Como escribe Aristóteles al inicio de la Metafísica, “todo hombre, por naturaleza, desea conocer la verdad”

    Si la “verdad” es el objeto y el fin de la reflexión humana, también es una realidad central de la Revelación, pues la verdad está en estrecha relación con Dios: Él “es la verdad” (Jn 17,17). Más aún, como enseña el libro de los Proverbios, “Dios es fuente de toda verdad” (Prov 8,7). Por su parte, el libro de Samuel constata: “Tú eres Dios y tus palabras son verdad” (2 Sam 7,28). Y el Salmista confiesa que él ha “elegido el camino de la verdad” (Sal 119,30), pues “todos los mandamientos divinos son verdad” (Sal 119, 86), y la razón es que “la ley de Dios es la verdad” (Sal 119, 142).

    Sobre todo, la verdad hace relación a la misma Persona de Jesús. Como es sabido, describir a Jesucristo como la verdad y relacionar su mensaje con ella, es uno de los temas centrales del Evangelio de san Juan. Según este Apóstol, Jesucristo “es la verdad” (Jn 14,6). En consecuencia, el evangelista lo presenta como “lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14) y como “la luz del mundo” (Jn 8,12). Por ello, “el que cree en Él, no permanece en las tinieblas (Jn 12,46), sino que “conocerá la verdad y la verdad le hará libre” (Jn 8,32-32), y quien le sigue “vive el espíritu de verdad” (Jn 14,17). Jesús pide al Padre que a sus discípulos los “santifique en la verdad” (Jn 17,17), hasta conducirlos a “la verdad completa” (Jn 16,13). En consecuencia, san Juan define a los discípulos como aquellos que “viven en la verdad”. Y les ofrece este criterio para el discernimiento de su conducta: “Si decimos que estamos en comunión con él y caminamos en las tinieblas, mentimos y no obramos conforme a la verdad” (1 Jn 1,6).

    Esa vocación del hombre a la verdad -que para el cristiano constituye su estilo de vida-, Jesús la sella con un mandato imperativo a sus discípulos, con el que completa el octavo precepto: “Sea vuestro sí, sí; sea vuestro no, no” (Mt 5,37). En otras palabras, dado que “Dios es verdad” y Jesús afirmó de sí “Yo soy la verdad”, sus discípulos deben vivir la verdad en sus vidas. Es lo que se denomina veracidad, y que el Catecismo de la Iglesia Católica define en los siguientes términos: “La verdad como rectitud de la acción y de la palabra humana, tiene por nombre veracidad, sinceridad o franqueza. La verdad o veracidad es la virtud que consiste en mostrarse veraz en los propios actos y en decir verdad en sus palabras, evitando la duplicidad, la simulación y la hipocresía” (CEC 2468).

    A la vista de la grandeza de la verdad, se deduce la importancia de la virtud de la veracidad, no sólo porque garantiza que se diga la verdad, sino porque, al mismo tiempo, se evitan algunos vicios que desdicen de la dignidad de la persona, cuales son la doblez, la falsedad, la hipocresía, la simulación, el embuste…, en una palabra, la mentira y, llegado el caso, la calumnia y hasta el perjurio.

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