Una conversación en la que poder desahogar tu corazón es el tranquilizante más eficaz

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Nunca se encontró el Señor con alguien afligido para el que no tuviera una palabra de consuelo; con alguien temeroso al que no dirigiera una palabra de aliento; alguien perseguido a quien no defendiera; alguien necesitado a quien le negara ayuda. A la viuda de Naín, después de haberse compadecido de su pérdida, le dijo: «No llores», y devolvió a su hijo a la vida. Incluso en la cruz dedicó a un delincuente unas palabras de amor maravillosas: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso».
A veces las cosas se van acumulando, el corazón se carga con el peso de la frustración y de las dudas, y nos sentimos incapaces de enfrentarnos a las presiones de la vida diaria. En momentos como esos, ansías tener a alguien en quien verter los lúgubres pensamientos que te entristecen: alguien que se compadezca de ti en tu aflicción. Aunque no pueda ofrecerte soluciones, la atención que presta a lo que tienes que decir empieza a relajar la tensión y a aliviarte de la carga de tu pesadumbre. Una conversación en la que poder desahogar tu corazón es el tranquilizante más eficaz. Además de aliviar, alienta. Infunde nueva confianza. Las cosas comienzan a mejorar.

Cuando se trata de consolar, de felicitar o de defender a otro, no hacen falta muchas palabras ni bien escogidas. Las palabras de consuelo, de agradecimiento y de bendición del Señor fueron siempre sencillas y espontáneas. El verdadero amor encuentra casi siempre qué decir de forma natural. Cuanto más concreto sea tu elogio, más fácil será que llegue al corazón de quien lo recibe. Pero siempre ha de ser espontáneo. No tienes que buscar ocasiones para decir cosas agradables, porque se presentarán sin llamarlas. Lo importante es que no las dejes pasar, sino que las aproveches para pronunciar palabras que iluminen la vida de los demás.
No emplees halagos. Esta es la diferencia entre el elogio y el halago: el primero es sincero, el segundo falso; el primero es desinteresado, el segundo lo dicta el interés; el primero lo admira todo el mundo, el segundo todo el mundo lo condena. El halago suele acompañar a las personas astutas.
Cuando no estás ocupado pensando en algún problema concreto, inviertes el noventa y cinco por ciento de tu tiempo en pensar en ti mismo. Deja de darles vueltas a tus logros, a tus deseos. Si durante un rato no te centras en ti mismo y te dedicas a pensar en lo bueno del otro, no tendrás que recurrir a halagos falsos y baratos que soltar todos de una vez.
Elogia con sinceridad y honradez. Sé generoso en alabanzas y pródigo en elogios, y la gente guardará tus palabras y las repetirá cuando tú ya las hayas olvidado. La caridad confiere de algún modo solemnidad y hondura al discurso más simple, porque es lo más sabio y profundo que existe en este mundo. La buena intención es lo único necesario para hacer elocuentes las palabras más sencillas.
En la vida diaria vas de un lado para otro inquieto, nervioso y triste, y evitas a a aquel a quien podrías dirigir una palabra amable. ¡Cuántas veces humillan y atacan a alguien delante de ti y tú te callas! Entre quienes te rodean puede haber quien se merezca desde hace mucho tiempo una palabra de reconocimiento, y tú te olvidas de pronunciarla. ¡Cuántas veces podrías saludar a un amigo, a un conocido, y eres demasiado frío o reservado para dirigirte a él con amabilidad!
No dejes que la pereza, la reserva o el egoísmo te impidan abrir la boca. Puede que sea tu egoísmo el que dé la cara cuando lo que está en juego es tu interés o tu beneficio, o cuando sientes antipatía o un pertinaz rencor hacia el prójimo. (L. G.Lovasik en “El poder coulto de la amabilidad”)

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6 comentarios en “Una conversación en la que poder desahogar tu corazón es el tranquilizante más eficaz

  1. Lo que voy a decir no es una metáfora y puede sonar un poco abstracto: no hay nada más purificador para el corazón que la verdad. Es lo que coloquialmente se conoce como aprender a ser realistas, a no vivir de historias o novelas inventadas que no tienen un basamento en la realidad. La verdad de nosotros mismos –de lo que realmente somos-, y la verdad de los vínculos o compromisos realmente adquiridos. Por eso es tan necesario formalizar las relaciones, vivir en el mutuo amor. El amor a la verdad de la vida que tenemos y de los compromisos estables y definitivos que hemos adquirido, fortalece el corazón porque la razón aprender a dirigirlo, sin violencia pero con claridad, y produce una fuerza que nos impulsa a salir fuera de nosotros mismos, a vencer el egoísmo, a abrirnos a la realidad y descubrir todo lo bueno que hay en el mundo y en las personas que nos rodean en cada momento de la vida.
    Posee un efecto sanador que cura, desde lo más profundo del sentido de nuestra existencia hasta lo más superficial y externo, como nuestro modo comportarnos individual y socialmente. La verdad se descubre con la razón, que no está sólo para hacernos comprender aquellas realidades de carácter científico o técnico, sino para enseñarnos también a vivir-por y a permanecer-en lo que debemos amar; a mantenernos fieles, desde el corazón, al amor, al don de nosotros mismos.

    También la verdad tiene fuerza de perdón. Reconocer que no nos hemos comportado con generosidad, que hemos sido posesivos y, como el ave fénix, hemos estrangulado el amor, apoderándonos injustamente del proyecto de vida de los demás –de los hijos, del esposo o la esposa, del amigo- por no rectificar a tiempo los deseos egoístas y el afán desordenado de dominio del ser amado, etc., todo esto nos puede mover a buscar el perdón, a recomenzar a amar con un corazón nuevo, purificado, desprendido. Cuando admitimos que hemos sido egoístas o descuidados, que hemos mentido y traicionado el amor, y aceptamos las obsesiones y los complejos que permanecen en nuestro recuerdo, y cuando nos decidimos a afinar la conciencia de lo que invade nuestra memoria, que manifiesta una visión egoísta de la vida, de los proyectos que hemos diseñado, etc., entonces experimentamos la alegría de sentirnos liberados de las cadenas que oprimen el corazón. Benedicto XVI lo explica en su Encíclica Spe Salvi: “No reconocer la culpa, la ilusión de inocencia, no me justifica ni me salva, porque la ofuscación de la conciencia, la incapacidad de reconocer en mí el mal en cuanto tal, es culpa mía”. Nada puede cerrar el corazón -ni el sufrimiento más terrible, ni la soledad más prolongada- sino el propio hombre. Quizás en esto consiste la opción radical por la que han optado muchos santos que han sufrido lo mismo -o tal vez más- que los hombres más tiranos y despiadados de la historia de los dos últimos siglos.

    Una memoria pura, un corazón limpio, es aquel que ha sido purificado de sus malos deseos, porque todos necesitamos –además de perdonar- ser perdonados. Ningún hombre es completamente inocente de sus pensamientos interiores, todos tenemos mucha necesidad de perdón. Quizás a esto se refería Jesús cuando dijo que hasta el hombre más justo peca más de siete veces al día.

    Por último, la verdad que libera el corazón de las cadenas del odio, del deseo de venganza, de los apegos obsesivos, etc., tiene que ver con el recuerdo constante de que nada en esta tierra es lo definitivo y que todos vamos a morir. Leon Kass, científico, nombrado por el Presidente Bush director de la Comisión Presidencial de Bioética de los Estados Unidos, ha estudiado mucho el tema de la muerte y de su aceptación por parte de la ciencia moderna, empeñada en buscar la fórmula de la inmortalidad, para que las personas puedan disfrutar más y más de las satisfacciones de la tierra. En sus reflexiones sugiere que las personas no deberían ver la muerte como una maldición, sino todo lo contrario: la bendición es que somos seres mortales, porque es imposible prolongar en este mundo la satisfacción, ni se pueden colmar las aspiraciones del corazón humano, por más que las condiciones sean las mejores: “La limitación de nuestro tiempo de vida –se pregunta Kass- ¿no es la razón por la que nos tomamos esta vida muy en serio y la vivimos apasionadamente? Cuando los Salmos de la Biblia nos invitan a «contar nuestros días» para conseguir «un corazón sabio», el salmista nos enseña una verdad de largo alcance”.

    Reconocer la verdad de nuestra vida y de lo que somos capaces de amar, es el camino que nos conduce a la felicidad. El corazón experimenta deseos de eternidad, que se traducen en profundas ansias de amor y satisfacción, que sólo llegarán a su verdadero y único culmen cuando alcancemos el momento “pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad” como dice el Papa Benedicto XVI en la “Spe Salvi”. Vivir una vida apasionante, aprender a tener un corazón abierto y libre, fiel a los compromisos adquiridos, joven para ilusionarse con cada ser que nos presenta a lo largo de nuestra vida. ¡Vale la pena esforzarse por tener un corazón grande!

  2. Hola yo también estoy de acuerdo con su entrada….una una conversación con la persona acertada quita muchos dolores de cabeza ,aclara, y hasta hace por ti lo que uno no se atreve………En todo esto solo hay un fallo encontrar a la persona adecuada porque mi para alludar valemos todos aunque os nueva la mejor intención. ….Que haríais si Dios os quitara todo los medios es decir si no tuvieras misa todos los días .si no tuvierais un sacerdote diario para. escucharos. Y confesaos si el trabajo te quitara poder ir a misa los domingos y para más te quita la gente que te rodea y piensa igual que tú. …Cuanto duraría la fe que tienes como la conservarias? ??…..D Rafael “llamo garita al confes no es con mala intención. ..lo aprendí de un familiar que es militar y los fines de semana aveces tiene que hacer guardia en la garita para vigilar y cuidar del cuartel así la uso por eso me parece más. bonita……adiós y gracias por todo

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