La Fe

fe y esperanzaEsta larga entrada la extraemos de la voz La Fe en el Diccionario de san Josemaría.

  • 1. La virtud de la fe en la vida de san Josemaría.
  • 2. La referencia a la fe en los escritos de san Josemaría.
  • 3. La forma específica de la predicación de san Josemaría sobre la virtud de la fe.
  • 4. Consideración final.

El término “fe” posee un campo semántico muy amplio. En el lenguaje común, la realidad a la que se refiere puede ser muy diferente según se hable de “relación con Dios”, “enseñanza de la Iglesia”, “confianza en algo o en alguien” o “adhesión a unos contenidos no verificables empíricamente”. La palabra “fe” se utiliza además a veces como sinónimo de religión, creencia, ideal, etc. En el cristianismo, “vida de fe” es sinónimo de vida de oración y de coherencia de vida; el “fiel” se identifica con aquel que cree en Dios. Al igual de lo que sucede con la Revelación, también en la fe existe una dimensión objetiva, que se refiere a los contenidos o enseñanzas que se creen, y una dimensión subjetiva, que se refiere a la participación del sujeto que cree en Dios, fuente y causa de la fe. La “profesión de fe” indica bien una actitud existencial del creyente, bien el contenido dogmático de los artículos de la fe creída.

La teología del siglo XX, especialmente a través del personalismo cristiano, ha insistido cada vez más en la dimensión subjetiva de la fe personal (Jean Mouroux, Emmanuel Mounier, Romano Guardini), mostrando el valor de la fe en alguien, antes incluso que el de la fe en algo, y por lo tanto como adhesión a una persona que comunica o revela, completando así la perspectiva anterior, presente principalmente en la neoescolástica, que privilegiaba la fe como conocimiento del contenido de la Revelación. Ambas perspectivas contribuyen a una correcta comprensión de la fe, como se percibe en la relación entre las declaraciones complementarias del Concilio Vaticano I (DF, 3) y en el Concilio Vaticano II (DV, 5).

La Sagrada Escritura, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, relaciona la fe sobre todo con la escucha, la obediencia y la conversión (Gn 15, 6; Jon 3,1-5; Lc 1, 38; Le 11, 28; Rm 1, 5; Rm 16, 26; 2 Co 10, 5-6). La fe se expresa con la oración y con la determinación de la libertad de seguir la voluntad de Dios, a la que el creyente se adhiere. En lenguaje bíblico la fe indica una situación existencial, una adhesión estable a Dios-Verdad, un actuar que revela un nuevo y más profundo conocimiento (Is 7, 9; Is 43, 10-12; Sal 77 [Vg 76]; Jn 10, 38; Jn 17, 8). La fe nace de la escucha de la Palabra de Dios y, al mismo tiempo, permite reconocer toda la profundidad de esta Palabra, aceptando sus consecuencias (Is 53, 1; Rm 10, 17). La fe atrae al hombre a un horizonte de gracia que le hace partícipe de la vida y el conocimiento divino. El cumplimiento de la revelación en Jesucristo explícita la naturaleza de la fe como adhesión a la Persona divina que revela, haciendo que esa misma fe pueda ser reasumida como fe en el Hijo, enviado por el Padre para la salvación del mundo. Los Evangelios sinópticos son explícitos en presentar la fe como fe en la capacidad de Jesús para llevar a cabo la obra de Dios, de hacer milagros, porque Él mismo es el Hijo de Dios. En el lenguaje de san Juan, y también en san Pablo, la fe es presentada por la construccióncreer en, referida a la persona de Jesús (Jn 2,11; Jn 3, 15-18; Jn 17, 20; Ga 2, 16). La fe tiene una dimensión radicalmente teologal: Dios es su objeto, pero también la razón, la forma y la causa final; esto es verdadero también respecto a la dimensión cristológica: Jesucristo se propone como objeto, razón y fin de la fe; y a la dimensión eclesial: la fe genera comunión entre los creyentes, se nutre de esa comunión, la fe se profesa y se custodia en la Iglesia: nadie puede estar solo si quiere mantenerse seguro en su condición de creyente.

En el dinamismo de la vida cristiana se pone de manifiesto la necesaria relación entre la fe y las obras, lo que lleva a hablar de “fe vivida”. La condición normal de la virtud teologal de la fe es la de ser informada por la caridad, sin la cual la fe se debilita y, a pesar de que teóricamente podría existir sin ella, en la práctica, desaparece o tiende a perderse. De hecho, junto con la caridad, la fe es la virtud que más resalta en la vida de los santos. Esa fe se manifiesta a través de obras audaces, con frecuencia contra corriente, capaces de llegar incluso al martirio. Esto último destaca el valor de conocimiento que tiene la fe en la persona que la ejerce, y también su vínculo indisoluble con el amor, porque ambos manifiestan la adhesión y la donación del hombre a Dios. En la experiencia de los santos la fe a veces puede tener manifestaciones poco aparatosas, como las que se dan en la ocupaciones diarias de la vida corriente, pero estará siempre asociada a las “obras de la fe”, reconocibles para los que viven en estrecho contacto con esas personas santas o conocen más de cerca su vida interior.

Las reflexiones que anteceden ofrecen un marco conceptual y semántico que nos ayuda a introducirnos en la consideración de la fe en san Josemaría. Procedemos trazando una panorámica, breve y sintética, de su vida de fe, para entender después su doctrina.

1. La virtud de la fe en la vida de san Josemaría

Siento que aunque me quedara sólo en la empresa, por permisión de Dios, aunque me encuentre deshonrado y pobre -más que lo soy ahora- y enfermo… ¡no dudaré ni de la divinidad de la Obra, ni de su realización! Y ratifico mi convencimiento de que los medios seguros de llevar a cabo la Voluntad de Jesús, antes que actuar y moverse, son: orar, orar y orar; expiar, expiar y expiar” (Apuntes íntimos, n. 1699: AVP, I, p. 474). Esta frase de sus Apuntes íntimos, redactada en los inicios de los años treinta, resume bien cuál fue la profundidad en que la virtud de la fe informó, a lo largo de toda su vida, su papel de fundador del Opus Dei. Su predicación sobre la fe no se distinguía de su vida: se expresaba hacia el interior, en su relación personal con Dios, y hacia el exterior, a través de las decisiones que tomó y los trabajos que emprendió. Forjada a partir de su experiencia personal y al mismo tiempo considerada como un regalo de Dios, le gustaba repetir que su fe era “una fe tan gorda que se podría cortar” (URBANO, 1995, p. 374).

La virtud de la fe tuvo en san Josemaría concreciones diversas a lo largo de su vida. Se manifestó en su adolescencia como fe en Dios, al que reconocía como Autor de una llamada cuyo contenido no conocía aún del todo, pero que consideraba suficiente como para orientar completamente -con una decisión irrevocable- toda su vida. Es la fe teologal la que le llevó a ser fiel a esa decisión con una oración constante, pidiendo a Dios, por la intercesión de María, luces para comprender lo que debía hacer, como testimonia, a finales de 1924, la insistente oración a través de la jaculatoriaDomine ut videam, Domina ut sit! Fue también con un generoso y radical acto de fe como respondió con prontitud y docilidad a la luz fundacional recibida el 2 de octubre de 1928; y fruto de la fe en Dios fue la certeza con la que, en la predicación a sus hijos, quiso constantemente asegurarlos en el origen sobrenatural del Opus Dei. Son emblemáticas en este sentido las tempranas consideraciones acerca de la divinidad de lo que Dios le había confiado que aparecen en la importante Instrucción acerca del espíritu sobrenatural de la Obra de Dios, fechada el 19 de marzo de 1934, o las últimas reflexiones sobre la certeza de la vocación divina y de la elección que dirigió a sus hijos, el 19 de marzo de 1975, pocos meses antes de su muerte (cfr. REQUENA – SESÉ, 2002, p. 150).

Durante los primeros diez años del Opus Dei su fe se puso a prueba con las dificultades de los comienzos. “Se escapaban las almas como se escapaban las anguilas en el agua” (Meditación, 2-X- 1962: AVP, I, p. 452), afirmaba, refiriéndose tanto al esfuerzo de reunir un primer grupo de personas que le siguieran en su ideal apostólico, como a la falta de perseverancia de algunos que habían empezado a seguirlo. Dificultades importantes vinieron por algunos sacerdotes a los que pidió que le ayudaran en la dirección espiritual de los primeros hombres y mujeres del Opus Dei, pues les faltó sintonía con el espíritu del fundador. Varias circunstancias que supusieron un nuevo ejercicio de fe fueron, en primer lugar, la muerte prematura de personas que suponían para él un apoyo fundamental en la consolidación y desarrollo del Opus Dei, como fue el caso de José María Somoano (1931), el sacerdote que en aquellos años comprendió mejor el ideal apostólico de san Josemaría, o el de Luis Gordon (1932), uno de los primeros que manifestaron su firme decisión de dedicar la propia vida al Opus Dei.

Un contexto en el que san Josemaría dio un testimonio, sin duda heroico, de fe, fue la Guerra Civil en España (1936-1939), con la persecución religiosa, el sufrimiento moral y el constante peligro de su vida que le acompañaron. Momentos especialmente significativos fueron el dramático refugio en la Legación de Honduras (abril-agosto 1937) y el paso de los Pirineos hacia la otra zona de España (noviembre de 1937), después de tomar la decisión, en conciencia y en presencia de Dios, de alejarse de Madrid, no para escapar, sino por el bien de la nueva institución, con el dolor de separarse de algunos fieles del Opus Dei, de su madre y hermanos, y de amigos que continuaban en la capital de España en situación de peligro.

En dos momentos concretos, la fe de san Josemaría se puso especialmente a prueba, en 1933 y en 1941, cuando el Señor permitió que le surgiera la duda de si había obrado por motivos humanos, por un inconsciente deseo de afirmación personal; superó esos momentos con un nuevo acto de abandono en la voluntad de Dios, pidiendo al Señor que destruyese el Opus Dei si no estaba haciendo su voluntad, renunciando incluso al propio honor, si Dios lo quería así (cfr. AVP, I, pp. 498-500). 

Un perseverante ejercicio de la virtud de la fe caracterizó también la vida del fundador en los sucesos que acompañaron al desarrollo del Opus Dei en España en los años que siguieron al fin de la Guerra Civil, con motivo de numerosas incomprensiones, a veces también calumnias, de las que fue objeto, y después durante el largo iter jurídico de las aprobaciones pontificias de la nueva institución, durante el cual superó no pocas dificultades con la clara conciencia de haber recibido de Dios un carisma que debía defender y conservar.

Consideró siempre la oración como el “arma principal” para realizar cuanto Dios le pedía. Se consolidó así en su vida y su predicación un vínculo único entre la fe, la oración y el optimismo, expresado con frecuencia con la repetición del versículo bíblico “Non est abbreviata manus Domini” (Is 50,2; 59,1). Desde los primeros años de su actividad sacerdotal prendió con fuerza su fe en la intercesión de María, la Madre de Dios, en la de los santos, así como la devoción a los santos patronos e intercesores de la Obra, elegidos poco después de su fundación. Es en este contexto de su vida de fe y de su oración de petición donde deben situarse las numerosasperegrinaciones y las consagraciones que realizó; de modo particular la consagración al Corazón Inmaculado de María, formulada en Loreto el 15 de agosto de 1951, y la novena a la Virgen de Guadalupe en México, en mayo de 1970, con las que quiso responder a las objetivas y graves dificultades que sufrieron en esos años el Opus Dei y la propia Iglesia.

En sintonía con las grandes empresas que caracterizan la vida de los santos, a menudo vistas como imprudentes o temerarias por sus contemporáneos, una manifestación de la fe operativa del fundador fue la promoción de numerosas obras de apostolado e iniciativas educativas o de formación: la instalación de la primera sede de un Centro del Opus Dei en Madrid, afrontada en medio de una gran penuria económica, seguida de la primera expansión en España y la sucesiva expansión por Europa y el mundo, empresas que señalan una profunda fe en el Señor y en el origen divino del carisma que se sentía llamado a difundir. Con esa misma fe surgieron la sede central del Opus Dei en Roma (1948) y las primeras grandes obras corporativas del mundo, desde la Universidad de Navarra en España (1952) y la Universidad de Piura en Perú (1969), hasta la construcción de Cavabianca (1974), sede del Colegio Romano de la Santa Cruz, erigido en 1948, que calificó como una de sus “últimas locuras”. Ya al final de su vida, expresaba la fe profunda en la Provi- ciencia divina que le había acompañado en todos sus pasos: “Una mirada atrás… Un panorama inmenso: tantos dolores, tantas alegrías. Y ahora, todo alegrías, todo alegrías… Porque tenemos la experiencia que el dolor es el martilleo del Artista, que quiere hacer de cada uno, de esa masa informe que somos, un crucifijo, un Cristo, el alter Chrístus que hemos de ser” (BERNAL, 1976, p.317).

En el fundador del Opus Dei, la fe vivida asume la dimensión confiada de abandono filial en la voluntad de Dios, expresada a través de la frecuente repetición, para él mismo y para los otros, de la jaculatoria Omnia in bonum! (cfr. Rm 8, 28; ECHEVARRÍA, 2000, pp. 70-83). Su vida espiritual estaba sostenida por la firme convicción de la paternal y cercana presencia de Dios, que se manifestaba, bien en una singular y profunda fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía (cfr. ECHEVARRÍA, 2000, pp. 228-230, 237-238), ligada naturalmente a una fe firme en el valor infinito de la santa Misa, bien en el recurso a una continua oración filial de petición, que vivía y predicaba. Junto a estas dimensiones que delinean el ámbito personal de esta virtud, que es la donación a Dios, la adhesión firme y el abandono confiado a su Palabra (fides qua creditur), la fe del fundador del Opus Dei poseía una indudable dimensión objetiva, que se manifestaba en su preocupación por creer y transmitir con fidelidad todo cuanto la Iglesia propone en materia de fe (fides quae creditur). Convencido personalmente de que la fe crece y se hace más honda con la oración y el estudio, san Josemaría no se cansó de enseñar que el peor enemigo de Dios y de la fe es la ignorancia (cfr. F, 635; S, 346; AD, 171; AIG, p. 60). En su vida personal dirigía con frecuencia a Dios la exclamación Adauge nobis fidem, spem et caritatem! (cfr. Lc 17, 5-6), deseoso de que el Señor acrecentara su fe. Las tentaciones contra la fe estuvieron, como en tantos santos, ciertamente presentes (cfr. CECH, pp. 726-728), pero nunca le condujeron a dudar conscientemente de Dios, ni de la verdad revelada y así lo enseñaba a los que vivían con él (cfr. ECHEVARRÍA, 2000, pp. 17-20). Por último, no es superfluo destacar como elocuentes testimonios de la fe teologal del fundador del Opus Dei los numerosos lugares de culto que promovió y las notables obras de arte sacro que quiso realizar, cuya ejecución seguía con atención. Era una fe encamada en las ricas y artísticas custodias procesionales que quería para la Eucaristía, en los oratorios y sagrarios cuyos diseños inspiró, en los monumentales retablos, pinturas y esculturas que encargó, y, a modo de resumen, en la construcción del gran santuario mariano de Torreciudad en Aragón.

2. La referencia a la fe en los escritos de san Josemaría

Debido a sus múltiples contextos, bíblico, doctrinal y ascético, y la amplitud de su campo semántico asociado, las referencias al concepto de la virtud de la fe son muy numerosas en los escritos del fundador del Opus Dei, sea en general, sea en lo ya publicado, que son las que ahora consideraremos. En esos textos trata con amplitud temas en los que refleja el valor de la fe: la oración, el apostolado, los novísimos, el culto eucarístico, el amor a la Iglesia, el optimismo en la lucha ascética. Las referencias bíblicas, a menudo implícitas, son numerosas, pero no parece que haya preferencias importantes salvo por los versículos “omnia in bonum” (cfr. Rm 8, 28) y “Ecce non est abbreviata manus Domini” (Is 50, 2; 59, 1), que en la trilogía conocida como Camino, Surco, Forja y en las homilías aparecen con cuatro referencias explícitas. Hay dos significados fundamentales en torno a los cuales se concentran sus comentarios a esta virtud: la fe como conocimiento al que adherirse firmemente, con claras y determinadas consecuencias operativas, y la fe como abandono filial a la voluntad de Dios; estos comentarios expresan muy bien la presencia de ambas dimensiones, la doctrinal-objetiva y la personal-subjetiva, con que la Sagrada Escritura presenta esta virtud.

Son también significativas la fuerza con que subraya la relación entre fe y obras, reflejada en su predicación sobre la unidad de vida, especialmente cuando habla de la fe que debe sostener el apostolado y la acción evangelizadora, y la profunda relación que establece entre fe y oración, reflejo de la conciencia de la propia filiación divina, que mueve al abandono confiado en la Providencia. Son frecuentes también las referencias a la fe como conocimiento, a la relación entre fe y vocación cristiana y la confianza en que la gracia de Dios proporciona toda la ayuda necesaria para la propia vocación cristiana. Unidad de vida y filiación divina parecen ser, por tanto, las coordenadas implícitas de la predicación sobre la fe, que están como en el fondo de la predicación de san Josemaría.

En Camino el término “fe” aparece treinta dos veces, de las cuales aproximadamente la mitad, como era de esperar, están en el capítulo “Fe“.En Surco, cuarenta y cuatro veces: el capítulo con mayor número de referencias es “Alegría” (cinco veces), aunque encontramos una presencia significativa de esta virtud en “Vida interior”, “Audacia”, “Humildad”, “Responsabilidad” y “Propaganda”. De las sesenta y cinco veces que aparece el término en Forja, dieciséis están en el capítulo “Pesimismo“, cuyos puntos están orientados a suscitar la reacción sobrenatural del cristiano en momentos de desánimo espiritual; la presencia del término es menos significativa, pero también real, en los demás capítulos, en particular en “Victoria” y “Resurgir”.

Entre las homilías publicadas, una está explícitamente dedicada a nuestro tema, Vida de fe (1947), pero esta virtud está ampliamente glosada en muchos otros contextos de su predicación. En particular son numerosas las referencias a la fe en las tres homilías recogidas en Es Cristo que pasa,que se centran en el Triduo Sacro: La Eucaristía, misterio de fe y de amor(1960), La muerte de Cristo, vida del cristiano (1960), Cristo presente en los cristianos (1967). Se ofrece también una sugestiva y profunda reflexión sobre la relación entre fe y obediencia inteligente en san José, en la homilíaEn el taller de José (1963). En Hacia la santidad (1967) san Josemaría expone el desarrollo de la vida espiritual del alma que vive de fe, también en los momentos de soledad, en los que Dios llama a una mayor entrega en la fe, mientras que en La Epifanía del Señor (1956) habla del “camino de la fe”, por el que el cristiano, siguiendo la estrella de la vocación, debe afrontar pruebas, reforzar la propia certeza, perseverar en los momentos de claroscuro. Algunos pasajes especialmente dedicados a la fe aparecen en otras homilías: Madre de Dios, madre nuestra (1964, “La Virgen, maestra de fe, de esperanza y de caridad”, AD, 284-288) y Vocación cristiana (1951, “La fe y la inteligencia”, ECP, 10).

En esas homilías y en otros escritos aparece también con frecuencia la referencia a la dimensión eclesial de la fe. Así, por ejemplo, la homilía El fin sobrenatural de la Iglesia (1972) desarrolla la dimensión de la Iglesia, como objeto material y formal de la fe del cristiano, y como una extensión de la propia fe teologal. Recuerda con frecuencia que el cristiano recibe la fe en la participación de la vida de la Iglesia, y en el hogar si ha nacido en una familia cristiana (cfr. ECP, 27-30), así como la necesidad de ser fieles al Magisterio eclesiástico, guía y criterio seguro para la verdad de fe (cfr. ECP, 34)

En las entrevistas recogidas en Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, emerge con frecuencia el tema de la unidad de vida de los fieles laicos, de la necesidad de que éstos, presentes en todas las profesiones y realidades terrenas honradas, manifiesten la propia fe a través de sus obras: “Se trata de formar -declara- con libertad las propias opiniones en todos estos asuntos temporales donde los cristianos son libres, y de asumir la responsabilidad personal de su pensamiento y de su actuación, siendo siempre consecuente con la fe que se profesa” (CONV, 90).

3. La forma específica de la predicación de san Josemaría sobre la virtud de la fe

En el apartado anterior hemos ofrecido una visión panorámica que nos permite ahora examinar de cerca, a modo de ejemplo, algunas de las formas que asumen la enseñanza y la predicación de san Josemaría sobre la fe.

En la homilía Vida de fe, comenta cuatro milagros de curaciones: las de dos ciegos -el ciego de nacimiento de Jerusalén (cfr. Jn 9, 1-41) y Bartimeo en Jericó (cfr. Mc 10, 46-52)-, la curación de la hemorroisa (cfr. Mt 9, 20-22) y la de un joven lunático (cfr. Mc 9, 14-29). Los dos primeros milagros le sirven para subrayar la fe como luz, conocimiento, esplendor, en continuidad con lo que afirma en la introducción de esta virtud en Camino(cfr. C, 575). El tercero y el cuarto le permiten comentar la unión entre fe yhumildad en el contexto de la oración de petición. Ambas perspectivas son el telón de fondo sobre el que se impone progresivamente un tercer tema: la confluencia de la fe en las obras que le son propias, aspecto que aparece también, y con fuerza, en Camino (cfr. C, 577-580, 583-586). Esas obras son “obras de Dios en el cristiano que vive de fe“, porque es de Dios de quien procede la eficacia. “Jesucristo pone esta condición: que vivamos de la fe, porque después seremos capaces de remover los montes. Y hay tantas cosas que remover… en el mundo y, primero, en nuestro corazón. ¡Tantos obstáculos a la gracia! Fe, pues; fe con obras, fe con sacrificio, fe con humildad. Porque la fe nos convierte en criaturas omnipotentes: y todo cuanto pidiereis en la oración, como tengáis fe, lo alcanzaréis (Mt 21, 22)” (AD, 203). No es difícil ver en estas consideraciones implicaciones autobiográficas: la fe es el compromiso personal, pero también luz divina que responde al “Ut videamltantas veces repetido en la prehistoria del Opus Dei y en los primeros años. La fe le movía a una oración incesante, pidiendo a Dios fuerzas y discernimiento para realizar lo que humanamente le superaba; y deseaba, a la vez, que esa misma fe animase las obras de apostolado de los fieles del Opus Dei, y en general, de todos los cristianos. Desde esta perspectiva de fe, se sentía urgido a impulsar, a animar, a exhortar, a despertar del sueño (cfr. S, 1) a todos los cristianos para que, en virtud de su bautismo, actuasen de modo coherente, deseoso de que cada uno se convirtiese en apóstol que ilumina “con la luminaria de tu fe y de tu amor” (C, 1). Pertenece sin duda a las luces fundacionales la convicción de que si todos los cristianos vivieran de acuerdo con su propia fe, causarían una auténtica revolución espiritual, llevando a su cumplimiento, con Cristo, la misión de reconducir el mundo a Dios (cfr. C, 301; S, 945; F, 1; ECP, 183).

La homilía En el taller de José, nos sitúa ante otros elementos significativos de la virtud de la fe. Partiendo de la fe de José -presentado como ejemplo del justo que vive de la fe (cfr. Ha 2, 4; Rm 1, 17; Hb 10, 38)- contempla los vínculos de esa virtud con la obediencia, la inteligencia y elamor, siguiendo una trama que se reproduce en otros lugares de la predicación del fundador del Opus Dei. Según una “estrategia” frecuente en su labor de formación y de catequesis, afirmaba que la fe se manifiesta en obras de una obediencia pronta, activa e inteligente, que debía estar sostenida por la libertad del amor. “No está la justicia en la mera sumisión a una regla: la rectitud debe nacer de dentro, debe ser honda, vital, porqueel justo vive de la fe (Ha 2, 4). Vivir de la fe: esas palabras que fueron luego tantas veces tema de meditación para el apóstol Pablo, se ven realizadas con creces en San José. Su cumplimiento de la voluntad de Dios no es rutinario ni formalista, sino espontáneo y profundo. La ley que vivía todo judío practicante no fue para él un simple código ni una recopilación fría de preceptos, sino expresión de la voluntad de Dios vivo. Por eso supo reconocer la voz del Señor cuando se le manifestó inesperada, sorprendente” (ECP, 41). La imitación de la fe del santo Patriarca se convierte así para el cristiano en un programa de vida: “La fe de José no vacila, su obediencia es siempre estricta y rápida (…). José se abandonó sin reservas en las manos de Dios, pero nunca rehusó reflexionar sobre los acontecimientos, y así pudo alcanzar del Señor ese grado de inteligencia de las obras de Dios, que es la verdadera sabiduría. De este modo, aprendió poco a poco que los designios sobrenaturales tienen una coherencia divina, que está a veces en contradicción con los planes humanos” (ECP, 42).

Todo lo cual nos transmite además una visión implícita de la relación entre la fe y la razón: iluminada por el principio de la Encarnación, que revaloriza todo lo que pertenece a la naturaleza y su capacidad de conocer, la vida de fe se desarrolla en armonía con el saber humano, la prudencia y la competencia. “En las diversas circunstancias de su vida, el Patriarca no renuncia a pensar, ni hace dejación de su responsabilidad. Al contrario: coloca al servicio de la fe toda su experiencia humana (…). Así fue la fe de San José: plena, confiada, íntegra, manifestada en una entrega eficaz a la voluntad de Dios, en una obediencia inteligente” (ECP, 42). Contemplando a san José, el fundador del Opus Dei también recalca que las tres virtudes teologales se reclaman mutuamente, de modo que debe ser siempre la caridad la que informe las obras a las que la fe impulsa: “Su fe se funde con el Amor: con el amor de Dios que estaba cumpliendo las promesas hechas a Abraham, a Jacob, a Moisés; con el cariño de esposo hacia María, y con el cariño de padre hacia Jesús. Fe y amor en la esperanza de la gran misión que Dios, sirviéndose también de él -un carpintero de Galilea-, estaba iniciando en el mundo: le redención de los hombres” (ECP, 43).

Buena parte del itinerario espiritual trazado en la homilía Hacia la santidad presupone un vínculo profundo entre fe, abandono confiado en Dios y filiación divina; un abandono al que san Josemaría exhorta al cristiano para afrontar los momentos de claroscuro y de aparente aridez espiritual. Es, pues, la fe en la providencia de Dios, la fe en un Dios que, en cuanto amor omnipotente, es capaz de sacar bien del mal, la luz que lleva a comprender que los acontecimientos aparentemente adversos revelarán un día su bondad (cfr. AD, 304-305). Una fe manifestada en la serena y amorosa aceptación del omnia in bonum (cfr. ECHEVARRÍA, 2002, pp. 70-83), ejercitada en la certeza de ser hijo de Dios e incluso en una actitud de sana infancia espiritual, reconociendo la presencia de su Padre Dios en todas las circunstancias de la vida: “Necesitamos más fe, ¡más fe!: y, con la fe, la contemplación (…). Cuando la fe flojea, el hombre tiende a figurarse a Dios como si estuviera lejano, sin que apenas se preocupe de sus hijos. Piensa en la religión como en algo yuxtapuesto, para cuando no queda otro remedio; espera, no se explica con qué fundamento, manifestaciones aparatosas, sucesos insólitos. Cuando la fe vibra en el alma, se descubre, en cambio, que los pasos del cristiano no se separan de la misma vida humana corriente y habitual. Y que esta santidad grande, que Dios nos reclama, se encierra aquí y ahora, en las cosas pequeñas de cada jornada” (AD, 312; S, 658).

4. Consideración final

En los textos en que san Josemaría habla de la fe se percibe un claro eco de la doctrina acerca de la fe considerada “conocimiento”, como fides quae, es decir, como contenido de lo que se cree. El contexto en que el fundador del Opus Dei estudia durante sus años de seminario estaba marcado por la comprensión de la fe como virtud que ilumina la inteligencia, como reiteró el Concilio Vaticano I. En los textos de san Josemaría y en los recuerdos y comentarios de quienes lo escucharon aparece a menudo la referencia a la fe como depósito que hay que custodiar, como doctrina que hay que defender, a lo que se une en ocasiones la expresión “intransigencia de la fe”. A primera vista, en una lectura superficial que rompiera la unidad de los textos y aislara algunos pasajes podría parecer que la dimensión personal y subjetiva de la fe es más débil o menos pronunciada. Pero no es así, como muchos de los textos ya citados ponen de manifiesto, y ahora vale la pena comentar.

La acepción de la fe como conocimiento, esencial en la comprensión católica de esa virtud, está, sin duda, muy presente en los escritos de san Josemaría, pero no solo coexiste con otras perspectivas ya señaladas, sino que se dirige a la adquisición de una “mirada filial”, fruto de una relación personal con Dios Padre en Cristo y bajo la acción del Espíritu Santo. La fe nos lleva a acceder a un nuevo orden de conocimiento, el divino, que nos hace participar del conocimiento que Dios tiene de las cosas, y nos muestra en consecuencia el sentido profundo de las situaciones, el valor real de las cosas y de las circunstancias, llevándonos a juzgarlas como las juzgaría un hijo (cfr. C, 279, 575; cfr. ECHEVARRÍA, 2000, p. 174). “Esa certeza que nos da la fe hace que miremos lo que nos rodea con una luz nueva, y que, permaneciendo todo igual, advirtamos que todo es distinto, porque todo es expresión del amor de Dios” (ECP, 144).

No sería difícil encontrar un paralelismo entre esta forma de entender la fe y la comprensión de la fe como “visión católica del mundo”, tal y como lo han expuesto algunos autores, por ejemplo, Romano Guardini (cfr. VomWesen katholischer Weltanschauung, 1923). La fe genera una mirada, la mirada de Cristo, y la capacidad de recibir una forma, la forma de Cristo. Tal forma es la forma filial, que permite ver las cosas bajo un nuevo aspecto: “Si fuéramos consecuentes con nuestra fe, al mirar a nuestro alrededor y contemplar el espectáculo de la historia y del mundo, no podríamos menos de sentir que se elevan en nuestro corazón los mismos sentimientos que animaron el de Jesucristo: al ver aquellas muchedumbres se compadecía de ellas, porque estaban malparadas y abatidas, como ovejas sin pastor (Mt 9, 36)” (ECP, 133). Estamos, por tanto, frente a una comprensión de la fe como conocimiento, pero un conocimiento que es fruto de la identificación con Jesucristo, y que por eso connota la donación, el compromiso de la libertad que implica a toda la persona, en coherencia con las perspectivas teológicas abiertas a partir del Vaticano II, en orden a una compresión de la fe que integra las perspectivas personalistas.

El modo como el fundador del Opus Dei insiste en la estrecha relación entre fe y obras subraya el compromiso de la libertad en la mirada de la fe y por tanto en una comprensión de esta virtud como donación de toda la persona. Conscientes de la presencia de Cristo en nosotros y de nuestra donación a Él, nuestra fe se manifiesta necesariamente con obras, que son las obras de Cristo (cfr. ECP, 113-116). La fe es, en sustancia, expresión de una donación, de un compromiso total y de un amor fiel:Doce me facere voluntatem tuam, quia Deus meus es tu (“Enséñame a cumplir tu Voluntad, porque Tú eres mi Dios”) (Sal 142 [Vg 141], 10). (…) Amada de este modo la Voluntad divina, entenderemos que el valor de la fe no está sólo en la claridad con que se expone, sino en la resolución para defenderla con las obras: y actuaremos en consecuencia” (AD, 198).

Por último, conviene destacar la presencia, en la enseñanza de san Josemaría, de una fuerte conciencia de la dimensión eclesial de la fe,manifestada también en ese contexto, especialmente importante y delicado, que es el constituido por la tentación y la duda. En toda su vida y en los grandes acontecimientos que la caracterizaron, san Josemaría reafirmó siempre su filiación a la Iglesia (cfr. la homilía Lealtad a la Iglesia, en AIG, pp. 13-38), de modo que esa filiación se traducía en una respuesta clara y decidida para alejar la tentación y reforzar la propia fe: “¡Con qué infame lucidez arguye Satanás contra nuestra Fe Católica! Pero, digámosle siempre, sin entrar en discusiones: yo soy hijo de la Iglesia” (C, 576). Heredada probablemente de santa Teresa de Ávila (cfr. CECH, p. 728), esta expresión “soy hijo de la Iglesia” se encuentra repetida muchas veces en sus Apuntes íntimos (cfr. nn. 1621 y 1668: CECH, pp. 727-728). Los diversos contextos evidencian que no se trata de una frase que meramente repite, o a la que acude para cualificar algunos especiales momentos de su concreta lucha ascética, sino que expresa más bien la conciencia de que la virtud de la fe no se sitúa al nivel de los estados de ánimo personales, sino que se recibe y se profesa en la Iglesia, se nutre de la tradición de los santos y de los mártires, y es sostenida por la vida del Cuerpo Místico.

Giuseppe TANZELLA-NITTI

 

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8 comentarios en “La Fe

  1. Hola.D Rafael. Mi mas sentido pésame. Para todos..Ayer mi amiga me lo dijo por wasapa hoy según me e levantado lla tenia las primeras fotos y las palabras del vicario en la 1 misa Entiende porque le digo que tengo que aprender vivir y que siempre estaré unida a esa parte…….Ayer por la noche intente rezar y acordarme del credo no se si lo rece o no me quede dormida…Ánimo adios

  2. Mi amiga e a mandado esto por wasapa esta mañana es una parte ….Acabamos de volver de la Misa que ha celebrado don Fernando a media noche, en el Campus bio medico. Habia centenares de personas. El Padre, revestido con ornamentos morados, yacia al pie del altar. Algunas frases de VB la homilia de don Fernando Ocariz:
    La muerte de nuestro queridisimo Padre nos recuerda las miles de Misas que el Padre ha celebrado en su vida. En medio de la pena estamos contentos de tener otro intercessor en el Cielo. No dire mucho, porque no puedo.
    Las ultimas palabras del Padre… XXX, que lo acompañaba le ha preguntado: Padre, esta rezando? Y con in full de voz el Padre ha respondido “estoy rezando por la fidelidad de todas y todos”
    Sus ultimas palabras pidiendo por la fidelidad a nuestra vocacion cristiana, sea cual sea el camino de cada uno, en la Obra para aquellos que es format parte de esta maravillosa familia. Nuestra fidelidad debe ser fidelidad a Cristo, que se ofrece hasta la muerte. No podemos tener miedo a la muerte. No es el final…es el principio, es un cambio de Casa, como decia nuestro Padre. Nos confiamos a la oracion del Padre que ya esta en el Cielo. Amen. Que asi sea.

  3. Maravillosa su entrada sobre la fe en el blog. Tendré que hacer la oración con ella durante varios días

    «La fe cristiana no es una idea, sino una vida». Comentando la célebre afirmación paulina (Rm 3,28), a este propósito, existe una doble trascendencia: «La fe es un don a los creyentes comunicado a través de la comunidad, la cual, por su parte, es fruto del don de Dios» («Glaube ist Gabe durch die Gemeinschaft; die sich selbst gegeben wird», gs IV, 512). Voy explicar qué entiendo con esa afirmación, teniendo en cuenta naturalmente el hecho que el objetivo es aclarar la teología pastoral y vivificar la experiencia espiritual de los fieles, que somos nosotros.

    Se trata de la cuestión: qué es la fe y cómo se llega a creer. Por un lado, la fe es un contacto profundamente personal con Dios, que me afecta en lo más íntimo y me pone ante el Dios vivo con absoluta inmediatez de modo que puedo hablarle, amarle y entrar en comunión con Él. Pero, al mismo tiempo, esa realidad absolutamente personal tiene que ver inseparablemente con la comunidad: forma parte de la esencia de la fe el hecho de introducirme en el nosotros de los hijos de Dios, en la comunidad peregrina de los hermanos y hermanas. A la vez, el encuentro con Dios significa también que yo mismo me abro, arrancado de mi encerrada soledad y acogido en la comunidad viva de la Iglesia. Esta es también mediadora de mi encuentro con Dios, que, sin embargo, llega a mi corazón de un modo completamente personal.

    La fe deriva de la escucha (fides ex auditu), nos enseña san Pablo. La escucha, a su vez, implica siempre un interlocutor. La fe no es producto de la reflexión ni tampoco un intento de penetrar en la profundidad de mi ser. Ambas cosas pueden estar presentes, pero son insuficientes sin la escucha mediante la cual Dios desde fuera, a partir de una historia creada por Él mismo, me interpela. Para que yo pueda creer necesito testigos que hayan encontrado a Dios y me lo hagan accesible.

    1. Rosa pero si Dios esta en el fondo y en lo más intimo de cada uno y llegamos a el a través de la oración y de la fe ..para que testigos para que mirarse en nadie .si yo con Dios y Dios conmigo a mi manera…adios

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