La santificación del trabajo ordinario

El hombre ha sido creado ut operaretur et custodiret illum (Gn 2, 15), para que trabajara y cuidara la tierra encaminándola a su acabamiento y haciendo brillar las perfecciones de Dios en el mundo. El hombre encuentra así también su propia perfección y se acerca más a Dios. El trabajo es un gran bien del hombre, no un castigo. La obligación de trabajar no ha surgido como una secuela del pecado original, ni se reduce a un hallazgo de los tiempos modernos. Se trata de un medio necesario para que nos ganemos el sustento y recojamos frutos para la vida eterna (cfr. Jn 4, 36): el hombre nace para trabajar, como las aves para volar (Jb 5, 7; cfr. Amigos de Dios, 57).

Durante los años de vida oculta y de trabajo, Jesús estaba redimiendo a la humanidad: su trabajo era tarea divina, labor redentora, camino de salvación (cfr. Surco, 484-487). En aquel trabajo manual, está santificado todo trabajo. “La elocuencia de la vida de Jesús es inequívoca: pertenece al `mundo del trabajo’, tiene reconocimiento y respeto por el trabajo humano; se puede decir incluso más: él mira con amor al trabajo, sus diversas manifestaciones, viendo en cada una de ellas un aspecto particular de la semejanza del hombre con Dios, Creador y Padre” (Juan Pablo II, Enc. Laborem exercens, 26).

películas el hombre que hacia milagros y san Jose … Enrique IV san crispin

Para santificar el trabajo es preciso realizarlo bien, con perfección humana: Jesús tenía ese prestigio: todo lo ha hecho bien (Mc 7, 37; cfr. Surco, 489-495; Camino, 307, 371; Forja, 681, 698, 700); poner las últimas piedras (cfr. Camino, 42; Surco, 488; Forja, 489). Para cumplir este designio divino, hemos de combatir la pereza. Aprovechar el tiempo (cfr. Surco, 505-515, 791). Chapuzas y Nabucodonosor

Conviene no olvidar, por tanto, que esta dignidad del trabajo está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, transcendiendo así lo efímero y lo transitorio. (..) El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor (Es Cristo que pasa, 48).

En el trabajo ejercitamos todas las virtudes, comenzando por las teologales:

  • La fe: al sabernos en presencia de Dios, que nos ve y mira nuestras labores, hemos de realizar el trabajo con sentido sobrenatural y terminarlo bien, para convertirlo en oración; ofrecerlo (cfr. Camino, 359, 866; Forja, 745); rectitud de intención (cfr. Camino, 347, 359, 788, 994; Surco, 502-504; Forja, 49, 611, 704, 730).
  • Ejercitamos la esperanza cuando no desfallecemos y continuamos trabajando a pesar del cansancio, acordándonos de Cristo azotado y coronado de espinas. Nuestro trabajo es cosa de Dios y no es en vano en su presencia (cfr. 1 Co 15, 58).
  • La caridad: todo trabajo es servicio; sensibilidad para descubrir lo que otros necesitan; ayudar sin que se note (cfr.Camino, 440). Es ocasión de un intenso apostolado.
  • Ejercitar también las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

Volvemos a la casa de Nazaret para aprender de Jesús, María y José esta doctrina que San Josemaría nos ha legado con su palabra y ejemplo.

Bibliografía:

Catecismo de la Iglesia Católica, 533; Juan Pablo II, Enc. Laborem exercens, 14-IX-1981; Es Cristo que pasa,homilía En el taller de José; Amigos de Dios, homilía Trabajo de Dios y voces correspondientes. Camino, Surco y Forja (voces correspondientes).

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5 comentarios sobre “La santificación del trabajo ordinario

  1. «El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la Humanidad.

    »Para un cristiano, esas perspectivas se alargan y se amplían. Porque el trabajo aparece como participación en la obra creadora de Dios, que, al crear al hombre, lo bendijo diciéndole: Procread y multiplicaos y henchid la tierra y sojuzgadla, y dominad en los peces del mar, y en las aves del cielo, y en todo animal que se mueve sobre la tierra (Gen 1,28). Porque, además, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora» .

    En estas palabras, se afirman dos aspectos fundamentales esencialmente unidos entre sí, y en los que el Fundador del Opus Dei insistió en innumerables ocasiones. En primer lugar, resulta patente que la dimensión sobrenatural del trabajo no es algo yuxtapuesto a su dimensión humana natural: el orden de la Redención no añade algo extraño a lo que el trabajo es en sí mismo en el orden de la Creación; es la misma realidad del trabajo humano la que es elevada al orden de la gracia; santificar el trabajo no es «hacer algo santo» mientras se trabaja, sino precisamente hacer santo el trabajo mismo. El segundo aspecto, inseparable y, en cierto modo, consecuencia del anterior, es que el trabajo santificado es santificador: el hombre no sólo puede y debe santificarse y cooperar a la santificación de los demás y del mundo mientras trabaja , sino precisamente mediante su trabajo .

    Tenemos así la conocida fórmula breve y densa: « Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo, santificar con el trabajo » ; o esta otra, en la que se señala, además, la necesaria relación entre la santificación del trabajo profesional y la reconciliación del mundo con Dios: «Unir el trabajo profesional con la lucha ascética y con la contemplación –cosa que puede parecer imposible, pero que es necesaria, para contribuir a reconciliar el mundo con Dios–, y convertir ese trabajo ordinario en instrumento de santificación personal y de apostolado. No es éste un ideal noble y grande, por el que vale la pena dar la vida?» .

    De las consideraciones anteriores, resulta ya bastante claro que « santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar con el trabajo no son tres finalidades yuxtapuestas, sino tres dimensiones de un fenómeno unitario. . Comprender esta unidad es imprescindible para alcanzar una precisa delimitación del concepto de santificación del trabajo. Y, para esto, conviene distinguir el trabajo en cuanto acción humana de trabajar (es decir, de emplear la actividad corporal o mental para un fin determinado), y el trabajo en cuanto efecto exterior de esa acción.

    Resulta patente que la santificación del trabajo en cuanto acción humana –supuesta la gracia divina– comporta de modo inmediato la santificación de la persona que realiza esa acción de trabajar y, a través de la comunión de los santos, una directa cooperación en la santificación de los demás hombres: es éste un primer y fundamental significado de la inseparabilidad de «santificar el trabajo», «santificarse en o mediante el trabajo» y «santificar a otros con el trabajo». Por otra parte, la unidad constitutiva entre santificación personal y apostolado (entre amor a Dios y amor a los hombres) comporta también la inseparabilidad entre santificarse mediante el trabajo y santificar con el trabajo, entendiendo ahora esta última expresión en el sentido de hacer del propio trabajo un instrumento de apostolado (con el ejemplo y con la palabra).

    Por lo que se refiere a la santificación del trabajo en cuanto efecto o resultado exterior de la correspondiente acción del hombre, nos encontramos sin duda ante un significado analógico del término «santificación», ya que sólo la persona puede ser «santa» en sentido propio y estricto (partícipe de la naturaleza divina, de la vida íntima de la Santísima Trinidad) .

    Entre las diversas aplicaciones analógicas de los términos «santo», «santificar», etc., al trabajo entendido como efecto externo del trabajar humano, destaca, por su importancia, precisamente aquella que encierra en sí la misión propia y específica de los laicos: la santificación del mundo desde dentro , en la que por mundo , ha de entenderse no el simple mundo de la naturaleza sino éste en cuanto transformado o configurado por las actividades y relaciones humanas. De ahí que pueda considerarse que «esta santificación consiste en volver a poner toda las actividades y relaciones horizontales de la vida bajo la soberana relación vertical a Dios, en Cristo por su Espíritu» . Así, santificar e trabajo, en cuanto efecto exterior de la acción del hombre, significa sobre todo santificar las estructuras profesionales, económicas, sociales, políticas, etc., que son efectos del trabajo de los hombres y condicionan después la prosecución de ese trabajo.

    Esta santificación del trabajo puede designarse como consecratio mundi , pero no ha de entenderse como una «sacralización» de esa estructuras (así como la santificación de los laicos no consiste en hace de ellos personas sagradas); y tampoco ha de entenderse esta santificación del trabajo, del mundo, como su clericalización o pérdida de la propia natural consistencia y legítima autonomía .

    ¿Qué puede significar, entonces, santificar ese mundo configurado por el trabajo humano? Sólo puede tratarse de una «santidad instrumental»; es decir, ese mundo es «santo» en la medida que facilita (ya que producir evidentemente no puede) la santidad de los hombres; y esto será posible cuando esas realidades terrenas estén en sí mismas configuradas según el querer de Dios: que sean eficaces en su propio orden, que faciliten el ejercicio de las virtudes naturales (especialmente de la justicia) y estén informadas por la caridad de Cristo .

    Sin adentrarnos ahora en el amplísimo campo de reflexión teológica que ofrece toda esta temática, para no salirnos del objeto de esta página, preguntémonos si santificar el trabajo, en este sentido objetivo, externo, estructural, es inseparable no sólo de santificar con el trabajo (lo cual es evidente, en el sentido señalado hace un momento), sino también con aquel santificarse en el trabajo que es consecuencia necesaria e inmediata de santificar el trabajo en su aspecto subjetivo (en cuanto acción de la persona). La respuesta es, sin duda, afirmativa.

    Ciertamente, un trabajo subjetivo no santificado puede cooperar a la santificación del mundo, en la medida en que contribuya al establecimiento de unas estructuras sociales, económicas, etc., naturalmente eficaces y justas, lo cual es parte imprescindible de la ordenación según Dios de esas estructuras. Sin embargo, sólo un trabajo subjetivo santificado y, por tanto, santificante de quien lo realiza, coopera necesariamente no sólo a configurar un mundo justo, sino también a informarlo con la caridad de Cristo, a santificarlo. Naturalmente, esta santificación del mundo desde dentro requiere no una sino muchas personas que santifiquen su trabajo y se santifiquen en su trabajo en todas las profesiones.

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  2. Hola….hay una cosa que no entiendo y que e leído ..dice que para ofrecer él trabajo tiene que que ser perfecto .Entonces si solo cuenta el final .él ofrecimiento de obras de por la mañana que algunos hacen lo que se reza mientras se hace un trabajo eso entonces no vale nada si al final por cualquier cosa lo que se hace no acaba perfecto??
    2 preg :él. Trabajo bien hecho incluye que a los trabajadores tengan sus derechos cuando dejan de trabajar por que sino alguien en esto está haciendo trampas Y sí me refiero a lo que está. Pensando….
    3Prg:Desde cuando Josemaría escriba a puesto él trabajo Por delante de la gente ??adios

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  3. Dices que para ofrecer el trabajo tiene que ser perfecto. Es un error. El trabajo es un medio para SANTIFICARNOS y por lo tanto tenemos que hacerlo lo mejor posible.. Debemos ofrecer todas las acciones que hagamos durante el día por la mañana al levantarnos y si queremos antes de empezar un trabajo reiteramos el ofrecimiento. Puede ocurrir que el enfadarte, el ayudar a los demás, el terminar a su debido tiempo…no lo hayas conseguido del todo, pero la buena voluntad y el esfuerzo por realizarlo bien si que le llega a Dios, siempre que exista el propósito de hacerlo mejor..
    Es justo que si tanto la empresa como el trabajador ha pagado a la Seguridad Social, cuando echan a una persona, tiene derecho a cobrar una indemnización por tiempo trabajado e ir al paro.
    San Josemaría Escrivá de Balaguer no ha puesto nunca el trabajo por encima de las personas.
    No se si he contestado a todas tus preguntas, si sigues teniendo alguna duda pregúntame cuanto desees.

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  4. Miércoles de la semana 21 de tiempo ordinario; año impar

    Amar el propio trabajo profesional

    “En aquel tiempo, habló Jesús diciendo: -«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros encalados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos y podredumbre; lo mismo vosotros: por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis repletos de hipocresía y crímenes. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que edificáis sepulcros a los profetas y ornamentáis los mausoleos de los justos, diciendo: “Si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros padres, no habríamos sido cómplices suyos en el asesinato de los profetas”! Con esto atestiguáis en contra vuestra, que sois hijos de los que asesinaron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!» (Mateo 23,27-32).

    I. El trabajo es consecuencia del mandato de dominar la tierra (Génesis 1, 28) dado por Dios a la humanidad. El trabajo es un bien de Dios aunque sea un bien arduum (Santo Tomás); se volvió penoso por el pecado original, pero anteriormente no lo era. El trabajo es un bien útil que corresponde a la dignidad del hombre, un bien que expresa esta dignidad y la aumenta (JUAN PABLO II, Laborem exercens) El trabajo es el medio a través del cual hemos de alcanzar la propia santidad y la de los demás. Por esta razón no se puede entender un trabajo mal hecho, con chapuzas, a medio terminar. San Pablo animaba a trabajar para no serle gravoso a nadie, (1 Tesalonicenses 2, 9) Y más tarde advierte: el que no trabaje, que no coma. Hoy en nuestra oración consideremos que el Señor espera de nosotros que vivamos el mismo espíritu de laboriosidad y de trabajo intenso que vivieron los primeros cristianos.

    II. El Señor nos dio, en sus años de Nazaret, un ejemplo admirable de la importancia del trabajo y de la perfección humana y sobrenatural con que hemos de realizar la tarea profesional. Treinta años de oscuridad pasó Jesús en la tierra trabajando como un artesano. Su predicación indica que conocía muy de cerca el trabajo. En San José también podemos encontrar el ejemplo de una vida corriente como la nuestra, dedicada al trabajo. Él inició a Jesús en su oficio hasta adquirir la maestría de un verdadero profesional. A San José podemos encomendar nuestras tareas profesionales. Jesús llamó solamente a personas habituadas al trabajo. Examinemos hoy la calidad de nuestro trabajo, si lo comenzamos y terminamos con puntualidad, si sacamos por delante lo más fatigoso, si aprovechamos el tiempo sin distraernos en cosas innecesarias, si cuidamos los instrumentos que usamos. Y contemplemos a Jesús en su taller de Nazaret.

    III. Hemos de amar el trabajo, y ha de ser materia de oración, porque, además, el trabajo es uno de los más altos valores humanos, medio con el que cada uno debe contribuir al progreso de la sociedad, y sobre todo, porque es camino de santidad. Los cristianos corrientes no nos santificamos a pesar del trabajo, sino a través del trabajo; Encontramos al Señor en las más variadas incidencias que lo componen, -unas agradables y otras menos,- el campo en el que se ejercitan las virtudes humanas y sobrenaturales. San Pablo se servía de su misma profesión para acercar a otros a Cristo. Así hemos de hacer nosotros, cualquiera que sea nuestro oficio y nuestro lugar en la sociedad. No olvidemos ofrecer por la mañana nuestra jornada de trabajo, y pidamos a San José que nos ayude a trabajar como él lo hizo: en presencia de Jesús.

    Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

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