Los Novísimos

La Iglesia no puede omitir, sin grave mutilación de su mensaje esencial, una catequesis constante sobre lo que en el lenguaje tradicional se designa como los cuatros novísimos del hombre: muerte, juicio (particular y universal), infierno y cielo. En una cultura, que tiende a encerrar al hombre en su vicisitud terrena más o menos lograda, se pide a los Pastores de la Iglesia una catequesis que abra e ilumine con la certeza de la fe el más allá de la vida presente: más allá de las misteriosas puertas de la muerte se perfila una eternidad de alegría en la comunión con Dios o de pena por el alejamiento de Él” (Juan Pablo II, Exhort. ap. Reconciliatio et Paenitentia, 2-XII-1984, 26). La meditación de los novísimos ayuda a rectificar la marcha del caminar terreno, a aprovechar mejor el tiempo, a no permitir que nuestro corazón se apegue a nada de aquí abajo, a fomentar el horror al pecado y a hacer un apostolado constante.

No tenemos aquí ciudad permanente, sino que vamos en busca de la venidera (Hb 13, 14). Estamos de paso, camino hacia la vida eterna (cfr. Camino, 703, 753; Surco, 881). Realidad de la muerte, que ya no es lo último sino lo penúltimo, porque Cristo la ha vencido. Aprovechar el tiempo para la santidad y el apostolado (cfr. Camino, 735-744). Conversión. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? (Mt 16, 26). ¿Qué aprovecha al hombre todo lo que puebla la tierra, todas las ambiciones de la inteligencia y de la voluntad? ¿Qué vale esto, si todo se acaba, si todo se hunde, si son bambalinas de teatro todas las riquezas de este mundo terreno; si después es la eternidad para siempre, para siempre, para siempre? (Amigos de Dios, 200). Conversión que lleva a estar libre de apegamientos terrenos y al compromiso personal en la construcción de un mundo más cristiano. Negociad hasta mi vuelta (Lc 19, 13): hacer fructificar los talentos recibidos; nos acompañarán nuestras buenas obras de servicio al Señor y a las almas.

  • Quien me juzga es el Señor (1 Co 4, 4). No nos debe importar el qué dirán; lo que importa es el juicio de Dios. Mirar las cosas, las personas y los sucesos con ojos de eternidad (Camino, 837; cfr. 297; Surco, 879; Forja, 996). Juicio inmediatamente después de la muerte (Lc 12, 20; 16, 19-31; Camino, 746, 748; Surco, 875, 888, 890). Día del juicio (cfr. Mt 10, 15; 11, 22-24; 24, 36-41). Jesucristo, juez al final del mundo (cfr. Mt 3, 12; 13, 40-43; Camino, 745, 747).
  • Infierno: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno… (Mt 25, 41; cfr. Lc 13, 22-29; Compendio, 212-213.). El único verdadero mal sobre la tierra es el pecado, capaz de privar al alma, por toda la eternidad, de la visión de Dios (cfr. Camino, 386).
  • Purgatorio: “los que mueren en amistad con Dios pero, aunque están seguros de su salvación eterna, necesitan aún de purificación para entrar en la eterna bienaventuranza” (Compendio, 210). Sufragios por los fieles difuntos (cfr. Compendio, 211).
  • Nos espera el Cielo. Sursum corda: poner la esperanza en Dios (cfr. Camino, 139, 428; Surco, 891; Forja, 995, 999) para vencer las dificultades en nuestro camino hacia Él (cfr. Camino, 692, 720; Forja, 993).

La Virgen Santísima, Esperanza nuestra.

Bibliografía: Catecismo y de la Iglesia Católica, 988-1050; Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 207-216; Camino, Surco y Forja (voces correspondientes).

Voy a poner aquí los enlaces que sobre este tema he encontrado en el blog. 

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5 comentarios en “Los Novísimos

  1. Benedicto XVI, durante un encuentro con los sacerdotes de la Diócesis de Roma el 7 de febrero del 08 dijo que las prédicas sobre la realidad del Cielo y del infierno deberían retomarse para bien de los fieles.
    Palabras del Papa: “quizá hoy en la Iglesia se habla demasiado poco del pecado, del Paraíso y del Infierno”. “También por este motivo, he querido tocar el tema del Juicio Universal en la encíclica Spe salvi. Quien no conoce el Juicio definitivo no conoce la posibilidad del fracaso y la necesidad de la redención. Quien no trabaja buscando el Paraíso, no trabaja siquiera para el bien de los hombres en la tierra”. “El nazismo y el comunismo afirmaron que solo querían cambiar el mundo y sin embargo lo destruyeron”.

    Juan Pablo II
    La Vida Eterna: ¿Todavía existe? ¿Estamos perdidos?
    Así se titula uno de los capítulos del libro del Papa Juan Pablo II, “Cruzando el Umbral de la Esperanza”.
    Las prédicas antes del Concilio solían recordar nuestro futuro después de la muerte: “Acuérdate de que al fin te presentarás ante Dios con toda tu vida, que ante Su tribunal te harás responsable de todos tus actos, que serás juzgado no sólo por tus actos y palabras, sino también por tus pensamientos, incluso los más secretos”. Según Juan Pablo II, “Se puede decir que tales prédicas, perfectamente adecuadas al contenido de la Revelación del Antiguo y del Nuevo Testamento, penetraban profundamente en el mundo íntimo del hombre. Sacudían su conciencia, le hacían caer de rodillas, le llevaban al confesionario, producían en él una profunda acción salvífica” (JP II, Cruzando el Umbral de la Esperanza, 1994).
    “El hombre en una cierta medida está perdido, se han perdido también los predicadores, los catequistas, los educadores, porque han perdido el coraje de ‘amenazar con el infierno’. Y quizá hasta quien los escuche haya dejado de tenerle miedo”. (JP II, Cruzando el Umbral de la Esperanza, 1994).

    Con todo lo expuesto a lo largo de estos capítulos, hemos tratado de dar a nuestra vida en la tierra su justa significación y su justa medida para no “estar perdidos” ni en el tiempo, ni en el espacio. Decíamos en uno de los capítulos iniciales que los hombres y mujeres de hoy parecemos andar por esta vida sin rumbo y sin medida del tiempo, ya que no sabemos hacia dónde vamos al final de esta vida en la tierra y, además, no sabemos medir el tiempo de aquí con reloj de eternidad.

    En efecto, la vida en la tierra es sólo una preparación para la otra Vida, la que nos espera después. Y esa preparación es muy corta, cortísima, si la comparamos con la medida de la eternidad, la cual es infinita. Y como preparación que es esta vida, debe servirnos justamente para eso: para prepararnos. Y estar preparados significa, como decía San Francisco de Sales: vivir cada día como si fuera el último día de nuestra vida en la tierra. Pensar que en cualquier momento de cualquier día, puede sobrevenirnos el final: el momento de presentarnos ante Dios a dar cuenta de los pensamientos, palabras, obras y omisiones que tuvimos durante nuestra vida aquí en la tierra.

    Nuestra esperanza es llegar al Cielo y a la resurrección para la Vida, prometida por Cristo para aquéllos que le amen y hagan la Voluntad del Padre. Debemos, entonces, vivir cada día haciéndonos merecedores de esa esperanza de Cielo y de resurrección, de manera que cuando nos llegue el día más importante de nuestra vida -aquél de nuestro encuentro definitivo con el Señor- podamos ser contados entre sus elegidos. Que así sea.

    Entre los predicadores de las cosas últimas han habido muchos Santos.
    Por ejemplo:
    San Vicente Ferrer, a fines del siglo XIX tomó el tema del Juicio Final como centro de su predicación y con ello conmovió a Europa entera.
    San Roberto Belarmino, Doctor de la Iglesia, a mediados del siglo XVI predicaba también en Europa sobre el final y sus predicaciones fueron recogidas por escrito en un libro titulado “Las últimas cuatro cosas: muerte, juicio, cielo e infierno”.
    San Alfonso María de Ligorio, libro: Preparación para la Muerte: “Mas ya comienza el Juicio, se abren los procesos, que serán la conciencia de cada uno. Sentóse a juzgar -dice Daniel- y se abrieron los libros (Dn. 7, 10) … Testigo será, finalmente el mismo Juez, que ha presenciado todos los ultrajes que le ha hecho el pecador. Yo soy Juez y también testigo, dice el Señor (Jer. 29, 23). Y San Pablo añade que el Señor en aquel momento sacará a la luz las cosas escondidas en las tinieblas (1 Cor. 4, 5). Hará público delante de todos los hombres los pecados de los condenados, aun los más secretos y vergonzosos … Descubriré tus infamias ante tu misma cara (Nah. 3, 5). Opina el Maestro de las Sentencias (Pedro Lombardo, siglo XII) y con él otros teólogos, que los pecados de los elegidos no serán entonces declarados, sino que permanecerán ocultos, como dice David: “Bienaventurados aquéllos cuyas iniquidades han sido perdonadas y cuyos pecados han sido encubiertos (Sal. 31, 1)”.
    El autor de Imitación de Cristo trata así el tema del Juicio: “Mira al fin en todas las cosas, y de qué suerte estarás delante de aquel Juez justísimo, al cual no hay cosa encubierta, ni se amansa con dádivas, ni admite excusas, sino que juzgará justísimamente. ¡Oh ignorante y miserable pecador! ¿Qué responderás a Dios, que sabe todas tus maldades?”.
    El Concilio Vaticano II (1960-1965) no se queda atrás al tocar las realidades últimas. La cita del Concilio que el Papa menciona a Messori se titula “Indole Escatológica de la Iglesia Peregrinante y su unión con la Iglesia Celestial” (LG 48). De este capítulo extraemos algunas líneas: “La Iglesia … no alcanzará su consumada plenitud sino en la gloria celeste, cuando llegue el tiempo de la restauración de todas las cosas (cr. Hech. 3, 21) y cuando, junto con el género humano, también la creación entera … será perfectamente renovada en Cristo (cf. Ef. 1, 10; Col. 1, 20; 2 Pe. 3, 10-13) … Y como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según la amonestación del Señor que velemos constantemente, para que, terminado el único plazo de nuestra vida terrena (cf. Heb. 9, 27), merezcamos entrar con El a las bodas y ser contados entre los elegidos (cf. Mt. 25, 31-46), y no se nos mande, como a siervos malos y perezosos (cf. Mt. 25, 26), ir al fuego eterno (cf. Mt. 25, 41) a las tinieblas exteriores, donde habrá llanto y rechinar de dientes (Mt. 22, 13 y 25, 30). Pues antes de reinar con Cristo glorioso, todos debemos comparecer ante el Tribunal de Cristo para dar cuenta cada uno de las obras buenas o malas que haya hecho en su vida mortal (2 Cor. 5, 10); y al fin del mundo saldrán los que obraron el bien para la resurrección de vida; los que obraron mal para la resurrección de condenación (Jn. 5, 29; cf. t. 25, 46)”.

    Sin embargo, a pesar de lo claro que ha sido el último Concilio con respecto de las cosas últimas, el Papa Juan Pablo II no duda en afirmar lo siguiente: “El hombre de la civilización actual se ha hecho poco sensible a las ‘cosas últimas’ … La escatología se ha convertido, en cierto modo, en algo extraño al hombre contemporáneo”.

  2. Isabel, sí, hoy es sábado, día especialmente dedicado a Santa María. Cuando he visto el tema que hoy ha puesto D. Rafael, no he `podido por menos que decir: De momento sigo aquí. Acabo de cometer una imprudencia que podía haberme costado caro. He querido poner en el Nacimiento una campana. Me parecía original. Bueno, pues me he querido subir a una silla porque no llegaba ya que estaba en alto y casi acabo con la rotura de las dos caderas. A esto yo lo llamo falta de responsabilidad y prudencia; ya he pedido perdón por ello. Con esto quiero comentarte, que a veces no somos del todo conscientes de nuestras actuaciones y ponemos nuestro cuerpo ¿alma? en peligro. Esta vez me cogió mi ángel de la guarda en sus brazos, pero hay que tomar precauciones tanto en el alma como en el cuerpo para no caer.
    Que tengas un hermoso día. Un abrazo.

  3. Hola espero que no te hayas hecho daño ..A eso se le llama pereza por no usar una escalera. …….Difuntos en esta época mi yo …. Me esperaba.algo de música …se pensará que huele a muerta?? Adiós y cuidado

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