Los insultos causan dolorosas heridas difíciles de sanar, y a veces no sanan nunca.

ira.jpgA muchos los ha llevado al cielo una palabra de aliento. Tal vez muchas almas perdidas y privadas de la visión de Dios brillarían bajo su sepultura si hubiera habido alguien que les dedicara una palabra amable en el momento justo, o si alguien hubiese callado una palabra cruel.
La forma más común que adoptan los pecados de ira son las palabras ásperas o destempladas que pronunciamos a gritos. Pecas de ira si empleas palabras coléricas cada vez que alzas la voz cuando te molesta algo que se hace o se dice para herir tus sentimientos; cuando hablas con acritud y resentimiento sin pararte a pensar en lo que estás diciendo; cuando llevado por la ira utilizas un lenguaje blasfemo, grosero e incluso obsceno con intención de ofender o agraviar a quien te contradice; cuando acusas a otro sabiendo que no tienes derecho a hacerlo; y cuando eres rencoroso.

Las palabras airadas son más hirientes y perversas si van unidas al insulto. Con la lengua bendecimos al Señor y con la lengua maldecimos a los hombres, hechos a semejanza de Dios. Insultar es un pecado contra la reverencia debida al nombre de Dios. Pero existe otro motivo para evitar hacerlo, y es que despierta un rencor especial en el corazón de la víctima. A nadie le gusta recibir insultos: son una ofensa a la dignidad del hombre, y las personas sensibles se sienten profundamente dolidas.
Estas palabras causan dolorosas heridas difíciles de sanar, y a veces no sanan nunca. Son como cuchilladas en el corazón. Puede que con demasiada frecuencia, llevado por una ira irreflexiva o un espíritu mezquino o envidioso, te desahogues pronunciando palabras que quizá algún día tengas que lamentar amargamente.
Tan fácil es decir una palabra amable como una airada, o incluso más fácil, porque a la primera la acompaña la conciencia de su valor y del bien que hará; en cambio, junto a las palabras ásperas y desabridas va la conciencia de su cobardía y su maldad, y del enorme daño que hacen.
Con tus palabras iracundas escribes en el alma de los hombres algo que es imposible borrar. Un comentario cruel hacia tu madre quedará grabado en su corazón y la hará sufrir: se sentirá dolida cada vez que piense en él. No dedicar una palabra amable al amigo afligido puede arrasar su corazón, y no hay posibilidad de borrar ese recuerdo.
El mejor remedio contra las palabras duras y airadas es el silencio. Debes aprender a callar cuando sabes que cualquier cosa que digas herirá a alguien. Si sientes la tentación de la ira, acostúmbrate a guardar silencio durante treinta segundos y pídele a Dios paciencia: así tratarás a los demás con serenidad y eficacia. (L. G. Lovasik en “El poder oculto de la amabilidad”)

5 comentarios en “Los insultos causan dolorosas heridas difíciles de sanar, y a veces no sanan nunca.

  1. Un día cualquiera sube un viajero en un autobús. Un hombre de edad madura, elegante y de porte distinguido. Busca en sus bolsillos el ticket que precisa para viajar, pero no sólo no lo encuentra, sino que apercibe que no lleva moneda alguna; sólo la tarjeta Visa. Habla con el conductor, quien le explica que el reglamento de la compañía de autobuses no acepta la tarjeta para pagar. La conversación va subiendo de tono y comienzan a crisparse.
    Los viajeros restantes observan —unos a hurtadillas, otros abiertamente—. Pero ninguno hace el más modesto gesto por encontrar solución al conflicto. Algunos, los más jóvenes y curiosos, se aproximan un poco.

    De repente, en la acalorada discusión, el viajero increpa al conductor con una pregunta, enfáticamente airada: «¿Sabe usted con quién está hablando?». El conductor no responde: pone la señal intermitente, detiene el autobús en mitad de la calle y ordena al viajero sin billete que se apee. La circulación queda en parte bloqueada, las luces de otros vehículos se encienden y apagan y suenan claxons de protesta.

    El conductor se pone en pie y como ampliando la discusión exclama ante los viajeros: «Este señor dice que si yo sé con quién estoy hablando. La verdad, no lo sé, ni me hace falta saberlo, porque lo que sí sé es que intenta colarse y no pagar su billete. ¿Alguno de ustedes sabe quién es la persona con quién estamos hablando?».
    Se oye un murmullo, sin que se produzca respuesta alguna. El conductor se encara con el viajero y le espeta: «Ya ve usted que nadie le conoce, que nadie sabe quién es usted. ¡Usted es un don nadie, y ahora mismo se apea de este autobús!».
    El resto de los pasajeros grita entonces a coro: «Fuera. ¡Que se baje, que se baje!» El hombre elegante enseña su Visa al público, hace un gesto destemplado y se apea. El autobús cierra las puertas y se pone en marcha; una salva de aplausos de los impacientes viajeros pone fin al conflicto.
    Todo ha sucedido con tanta rapidez que la mayoría no se ha percatado de lo sucedido. En realidad, el conductor y los viajeros no han conocido a la persona que motivó el conflicto. Esta tampoco al conductor con el que discutió, ni a los viajeros que le increparon. Ni unos ni otros han tomado conciencia de lo que sucedía.

    En principio, no es cierto que esa persona quisiera colarse. Estaba allí su Visa como muestra de sus buenas intenciones. Aunque una demostración inútil, puesto que no fue aceptada para ese pago de menor cuantía.
    Todos, a su manera, han participado en el problema; pero ninguno ha intentado resolverlo. Las palabras han servido más para confundir que para poner un poco de claridad.
    Es probable que el hombre de edad madura, modifique, después de esto, el concepto que tenía de sí mismo y es probable que también cambie el concepto que, en general, tiene de las personas. Ha sido alcanzado por la desaprobación y exclusión social; incluso, injustamente vejado y expulsado del vehículo.

    Esta anécdota no tiene más pretensión que ejemplarizar algunas cosas que pasan, y poner en evidencia la facilidad con que los seres humanos no nos escuchamos unos a otros. Aunque los datos estén a veces en mi contra, desearía que no fuera verdad la vieja afirmación de Machado: «En España de cada diez cabezas, una sola piensa, las nueve restantes envisten».
    Con el furor de la discusión todos han quedado confundidos. ¡Con lo fácil que hubiera sido que uno solo hubiera prestado su billete o abonado al conductor el precio del viaje del distinguido caballero!
    Los personajes que intervienen en la historia incurrieron en la misma conducta: la indignación ante la injusticia sufrida. Todos se sintieron indignados, porque sobre todos recayó, aparentemente, la injusticia, al menos así lo creyeron.
    En primer lugar, el caballero de edad madura por las razones aludidas. En segundo, el conductor del vehículo, puesto que su responsabilidad es vigilar que los viajeros paguen su billete, y este caballero no sólo no tenía para pagar —al menos, según las normas establecidas por la compañía—, sino que además trató de intimidarle al atribuir a su propia personalidad un excesivo reconocimiento social, que al instante sería desmentido por los otros pasajeros.
    A los restantes pasajeros se les hizo un flaco servicio al detenerse el autobús en mitad de la vía pública con las puertas abiertas, causándoles la injusticia de llegar con retraso a sus destinos y hacerles perder el tiempo. En cuarto y último lugar, a los restantes conductores, que ignoraban lo que sucedía y sufrieron el atasco de circulación.
    Todos se comportaron como personas que sufren una injusticia, causada probablemente por una falta de información en un usuario del transporte público.

    De acuerdo con la aparente injusticia sufrida, la indignación hizo presa, de inmediato, en cada persona. Pero, ¿es suficiente la mera percepción de la injusticia para que algo sea realmente injusto? ¿Acaso no pueden engañarse los sentidos en lo que perciben o las cogniciones en lo que atribuyen a lo percibido? Veremos eso más adelante, por el momento nos detendremos en el fenómeno de la indignación.
    La indignación comienza con el enojo y, con frecuencia, acaba en la ira. Lo propio de la indignación es la vehemencia que siempre se dirige contra algo o alguien. De ordinario, lo que indigna es el modo en que se comportan otras personas. Pero de los comportamientos es fácil remontarse a las personas que así se conducen.
    La vehemente indignación se dirige casi siempre contra la otra persona o incluso contra sí mismo. La persona enojada, mientras esté presa o sea transportada por esa fulgurante pasión, no se compadecerá de los otros, tampoco de sí misma.
    La queja es una cierta desazón o destemple del estado de ánimo —a causa del dolor, pena o sentimiento por el mal padecido— que abandonada a sí misma se transforma en resentimiento. La persona resentida se cuece en los sentimientos del pasado, de los que es rehén, poco importa que en la actualidad tengan o no acomodo en la realidad.
    El resentimiento trabaja en la memoria, en la que busca una y otra vez lo referente a los eventos negativos. Tal vez por eso, la persona resentida se olvida del presente y del futuro. Más aún: los convierte en residuos del pasado.
    Lo que mantiene la queja en el ser es el recuerdo. Mientras se pueda rememorar, reiterar y repetir una misma escena, siempre habrá quejas. Y así —sin pausa y con prisa— la persona airada se conduce hasta que encuentra un juez que la escuche y sancione al culpable.

    «La capacidad de enojarse —escribe Santo Tomás en De malo— es la verdadera fuerza de resistencia del alma». Pero si no es ordenada, si no está sometida a la razón, la ira tiene un efecto cegador sobre la persona. En ese caso, la ira desmedida que se manifiesta en las explosiones de indignación, el rencor y el deseo de venganza atentan tres veces contra la templanza, en especial cuando no se dispone de una justa motivación para ello.

  2. Hola yo me se otro refrán o dicho popular que dice..de las vacas mansas libreme Dios que de las bravas me libro yo……a mi gusta la gente que se ve venir de frente que te dice claro lo que ppiensa.Me da pavor la gente que te la clava por detras hay gente que desde sus peanas que se creen que tienen la verdad absoluta en todo que llevan la bandera de Dios en todo lo alto que se permiten dar consejo a los demás sin conocerlo que en nombre de Dios se pueden decir autenticas barbaridades auAyer lei en un blog con un link unido a este..”que algunos hombres se pueden volver iracundos agresivos etc porque su mujer no era capaz de satisfacerlo sexualmente cono diciendo que las mujeres son culpables de que sus maridos se vuelvan agresivos……Hoy cuando vea a mi sobrinos que ll son mayores y lo pueden entender se lo boy a decir porque igual asi entiandan porque su padre tiene una orden de alejamiento desde hace cinco años porque asi entienda porque a pasado en la carcel tres años .Porque así entienda que tengan proteccion de la guardia civil se deba simplemente.Aque su madre no supo darle satisfacción sexual y al pobrecito se le fue la olla….por eso llevo días enfadada e llegado a pensar que si Dios piensa que un matrimonio es eso que las mujeres esta sólo para ser alfombra del hombre prefiero ser a tea..Cada vez que lo pienso me enfado más y la ira crece Espero Que DRafael no piense igual ..Asique si no quuero que nadie con una mentalidad rancia que n se queda en que las mujeres temenos que aguantar de todo.Cuesta aceptar un consejo

  3. Isabel: “Comprometámonos a orar los unos por los otros para que las obras de misericordia corporales y espirituales se conviertan siempre más en el estilo de nuestra vida”, con estas palabras el Papa Francisco explicó en la Audiencia General del último miércoles de noviembre, el significado de dos Obras de Misericordia: rogar por vivos y difuntos y enterrar a los muertos.

    Concluyendo su ciclo de catequesis sobre la misericordia en la Sagrada Escritura, el Obispo de Roma señaló que, “las catequesis terminan, pero la misericordia debe continuar. Agradezcamos al Señor por todo esto y conservémoslo en el corazón como consolación y fortaleza”.

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