¿Y cuales son las condiciones que legitiman violar un secreto?

secretos.jpgHay ocasiones en que el derecho a la confidencialidad se supedita a los derechos prevalentes de otros: por ejemplo, cuando quienes mantienen una conversación abusan de ese derecho tramando un daño contra alguien. Para que el empleo de medios que permitan escuchar una conversación ajena esté justificado, tiene que existir constancia de la probabilidad real o de la certeza de que se esté planeando algún daño, y que dicho daño sea grave; y, además, la escucha se debe llevar a cabo con la aprobación de la autoridad legítima.
Existen ciertas causas que justifican la violación de un secreto: hay ocasiones en que está permitido descubrirlo, hacer uso de él y revelarlo. En primer lugar, se debe contar con el consentimiento del propietario del secreto, quien puede querer compartirlo con determinadas personas, a menos que existan razones concretas para no hacerlo. A veces es posible presumir su consentimiento, si es que no se puede acudir a él para obtener su aprobación y uno juzga en conciencia que la obtendría en caso de solicitarla. Cuanto más importante sea la materia y más probable el daño derivado contra dicha persona, más difícil será dar por hecho legítimamente su consentimiento.

En segundo lugar, una vez que un secreto se ha hecho de conocimiento público —mediante su publicación en un periódico, por ejemplo—, la obligación de confidencialidad deja de existir, aunque ni uno mismo ni la otra persona lo hayan leído. No obstante, el hecho de haberse dado a conocer públicamente no siempre autoriza a hacer uso de él. La publicación de un secreto en una localidad no otorga necesariamente el derecho a hacerlo público en otros lugares. Puede que un hombre haya perdido su reputación en determinada comunidad y más adelante compense su falta con una vida respetable en otra distinta. La persona que lo conociera de antes no tiene derecho a publicar su pasado, destruyendo de ese modo la buena fama que lleva años labrándose.
En tercer lugar, los superiores religiosos y civiles tienen derecho al conocimiento necesario para cumplir con su deber. Cuando preguntan legítimamente a quienes les están sujetos, estos tienen la obligación de responder, pues en ese caso prevalece el derecho del superior. Por lo general, los superiores carecen del derecho a ordenar que se revelen secretos confiados o profesionales, los cuales suelen ser más importantes que la obligación de obedecer.
En cuarto lugar, puedes estar eximido de la obligación de confidencialidad cuando es necesario revelar un secreto para evitar un daño contra el bienestar social, contra el poseedor del secreto o contra un tercero inocente. Santo Tomás dice: «No es lícito recibir ningún secreto contra el bien común». Puesto que el bien común prevalece sobre el interés personal, estamos obligados a revelar un secreto cuando el bienestar común así lo exige.
Sí está permitido revelar un secreto para evitarle un daño a quien lo ha confiado, solo si antes se le ha intentado convencer de que lo dé a conocer para poder recibir consejo y ayuda. De no ser así, se le puede revelar a alguien con capacidad de prestarle ayuda.
En el caso del secreto natural o prometido, una simple promesa no exige que lo guardes si conlleva un grave daño contra ti o contra la ley de la caridad. Si se trata de un secreto profesional, puedes revelarlo si su poseedor ha hecho recaer deliberadamente sospechas sobre ti, con el fin de protegerte de una agresión injusta.
En todos los casos mencionados existe una razón que exime de la confidencialidad. No obstante, debemos tener en cuenta las siguientes condiciones: el secreto solo se puede revelar, en primer lugar, en caso de que sea necesario, y, en segundo lugar, solo a quienes tienen derecho a esa información; y, en tercer lugar, aquellos a quienes les es revelado deben asumir la obligación de confidencialidad, y emplearlo o revelarlo solo si fuera necesario.
Si eres consciente de tu derecho a la confidencialidad y te sientes agraviado cuando alguien lo viola, sé también consciente y cuidadoso con los derechos de los demás, porque tanto en este aspecto como en cuantos se refieren a las relaciones humanas, debemos observar la «regla de oro» del Señor: «Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos». (L. G. Lovasik en El poder oculto de la amabilidad)

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