ESCATOLOGÍA-NOVÍSIMOS

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Estamos en noviembre, mes que la Iglesia  suele dedicar a los temas que trata esta entrada (cfr. Diccionario de san Josemaría) sobre la escatología y los novísimos o postrimerias. Aunque un poco largo aquí os lo dejo.

  1. Muerte.
  2. Vida eterna y vida terrena.
  3. Juicio y retribución (cielo, purgatorio, infierno).
  4. Retorno y reinado de Cristo.
  5. Resurrección de los muertos.

Para los hijos de Dios, la muerte es vida” (AD, 79). Esta frase de san Josemaría resume bien su concepción del destino final del hombre en cuanto individuo y en cuanto miembro de la familia de Dios. Si bien su enseñanza escatológica se halla plenamente inserta en la Tradición de la Iglesia, contiene acentos de especial interés: su modo positivo, amoroso y filial de comprender la muerte y el juicio divino; su percepción de la conexión sustancial entre la comunión transfiguradora con la Trinidad que experimenta el hombre en gracia, y la vida eterna; así como la ligazón entre el reinar de Cristo en la historia y su reinado al fin de los tiempos. A continuación trataremos estos puntos con mayor detenimiento.

  1. Muerte

“¿Has visto, en una tarde triste de otoño, caer las hojas muertas? Así caen cada día las almas en la eternidad: un día, la hoja caída serás tú” (C, 736). San Josemaríameditaba frecuentemente sobre la muerte, en cuanto realidad humana tan inexorable como el pasar del tiempo. La perspectiva de la muerte -tanto la suya como la de otras personas- le movía a la oración y a la acción. “Me hizo meditar aquella noticia: cincuenta y un millones de personas fallecen al año; noventa y siete al minuto (…): díselo también a otros” (S, 897). En parte, la consideración del tema fue provocada por su experiencia -tres de sus hermanas fallecieron siendo él muy pequeño- y por su intensa labor pastoral: entre sus escritos hay muchos relatos de sucesos ocurridos en torno al lecho de muerte: del gitano moribundo en un hospital en Madrid, que hace un bello acto de contrición (cfr. VC, III Estación); de una mujer que veía en su larga y penosa enfermedad la bendición de Dios (cfr. F, 1034); o de un doctor en Derecho y Filosofía, cuya brillante carrera quedaba truncada con la muerte en una sencilla pensión (cfr. S, 877). San Josemaría pudo constatar de primera mano actitudes muy divergentes ante la muerte, desde la alegría (incluso la serena impaciencia, cfr. S, 893) hasta el sobrecogimiento (cfr. C, 738) y la tristeza (cfr. S, 879).

Él tenía una visión eminentemente positiva de la muerte, como expresa un punto de Surco, en el que da la vuelta a un dicho popular: “Todo se arregla, menos la muerte… Y la muerte lo arregla todo” (S, 878). Pensaba así, porque para él la muerte no significaba el punto final. En el mensaje de san Josemaría aparece una formulación paradójica, del estrecho vínculo entre la muerte y la Vida (con mayúscula). “¿No has oído con qué tono de tristeza se lamentan los mundanos de que «cada día que pasa es morir un poco»? Pues, yo te digo: alégrate, alma de apóstol, porque cada día que pasa te aproxima a la Vida” (C, 737). “Si me comunicaran: «ha llegado la hora de morir», con qué gusto contestaría: «ha llegado la hora de Vivir»” (F, 1036). Tales afirmaciones se mueven en dos niveles: por un lado, el físico, biológico o terrenal, en el cual la vida queda visiblemente truncada por la muerte; por otro, el trascendente y sobrenatural, en el cual la vida se trueca en Vida (con mayúscula), un Vivir más pleno, allende la muerte. Este Vivir tiene contenido específico: el encuentro definitivo y amoroso con Dios, la reunión del hijo con su Padre (cfr. S, 885; F, 1034; S, 881; C 735), y con Jesucristo, María, José, los ángeles y los santos (cfr. AD, 220). Desde este punto de vista, el morir no puede entenderse como una tragedia, sino como un alegre llegar a casa: “Cara a la muerte, ¡sereno! -Así te quiero. -No con el estoicismo frío del pagano; sino con el fervor del hijo de Dios, que sabe que la vida se muda, no se quita. -¿Morir? -¡Vivir!” (S, 876; cfr. C, 744).

  1. Vida eterna y vida terrena

Puede afirmarse que el pensamiento de san Josemaría sobre la muerte se encuadra dentro de una visión más amplia: la biografía de un hijo de Dios, con la nota predominante de amorosa aceptación de la voluntad del Padre en cada instante. “La santidad consiste precisamente en esto: en luchar, por ser fieles, durante la vida; y en aceptar gozosamente la Voluntad de Dios, a la hora de la muerte” (F, 990; cfr. S, 883). En este horizonte, la muerte forma parte del gran itinerario espiritual de identificación progresiva con Cristo. Al igual que el Hijo hecho hombre obedeció al Padre en todo hasta la muerte en la Cruz y fue luego resucitado y glorificado (cfr. F, 1022,1020), el cristiano ha de cumplir y amar la voluntad del Padre, viviendo y muriendo con los mismos sentimientos que Cristo. Con la actitud de absoluta entrega al Padre, el cristiano puede vivir sus días “sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte” (AD, 141; cfr. F, 987). Su propia muerte, aceptada con amor, sería el coronamiento de una vida de entrega filial (cfr. C, 739).

Toda la existencia terrena del hombre, en cuanto período de maduración de una entrega filial, está transida de una tensión que puede denominarse escatológica:El tiempo es nuestro tesoro, el «dinero» para comprar la eternidad” (S, 882; cfr. C, 355). Nos hallamos ante otra formulación paradójica mediante la que san Josemaría, siguiendo la fe católica, vincula el tiempo terreno con la eternidad. No se trata de dos conceptos meramente yuxtapuestos, sino de dos realidades existenciales que él percibe como verdaderamente compenetradas, en la vida del cristiano y en los planes divinos. Gastarse uno en la tierra sirviendo a Dios y a los demás equivale realmente a adentrarse en un misterio de comunión divina (cfr. AD, 208).

Esta dimensión escatológica de la vida ordinaria provoca en el cristiano un sentido de urgencia y responsabilidad. “Entiendo muy bien aquella exclamación que San Pablo escribe a los de Corinto: «tempus breve est!» (1 Co 7, 29), ¡qué breve es la duración de nuestro paso por la tierra! Estas palabras, para un cristiano coherente, suenan en lo más íntimo de su corazón como un reproche ante la falta de generosidad, y como una invitación constante para ser leal. Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar” (AD, 39). El tiempo no debe ser desperdiciado: es vida (cfr. S, 963), es gloria (cfr. C, 355); un hijo de Dios, durante su corta existencia terrenal, ha de emplearse a fondo en el cumplimiento de la voluntad del Padre, normalmente en los quehaceres ordinarios: “Porque fuiste «in paucafidelis», fiel en lo poco, entra en el gozo de tu Señor. Son palabras de Cristo. «In pauca fidelis»… ¿Desdeñarás ahora las cosas pequeñas si se promete la gloria a quienes las guardan?” (C, 819; cfr. F, 1008).

La dimensión escatológica de la vida terrena mueve, además, a desprenderse de lo que parece felicidad pero, en realidad, es falsedad“¿Por qué abocarte a beber en las charcas de los consuelos mundanos si puedes saciar tu sed en aguas que saltan hasta la vida eterna?” (C, 148). Aquí san Josemaría retoma las categorías de tiempo y eternidad para subrayar el contraste entre el vivir superficial y el Vivir auténtico. La referencia a Dios dota a todo el existir de un valor auténtico. En Dios y desde Dios, el amor humano, el trabajo, la virtud, el servicio a los demás, la alegría de la convivencia, se presentan como anticipo de la plenitud de vida a la que Dios finalmente destina. Por el contrario, los placeres, los amoríos, las vanidades y las grandezas mundanas se poseen por un corto espacio de tiempo, para luego desvanecerse (cfr. C, 753, 741, 601, 742). Son en sentido estricto “temporales”, en contraste con Vivir “para siempre”: “Mienten los hombres cuando dicen «para siempre» en cosas temporales. Sólo es verdad, con una verdad total, el «para siempre» de la eternidad” (F, 999; cfr. C, 752; F, 1021). Por esta razón, el creyente no debe permitir que la atracción de las cosas que no son de Dios le detenga en el camino (cfr. F, 1042; C, 29).

Encontramos en este punto otra tensión en el alma de san Josemaría, muchas veces expresada, y que evoca la inquietud de san Pablo (cfr. Flp 1, 21 -26): entre el deseo ardiente de contemplar la faz de Dios, y la voluntad de seguir trabajando por Dios en la tierra. La actitud de san Josemaría representa un interesante equilibrio, que él mismo formula de este modo: “Para nosotros la muerte es Vida. Pero hay que morirse viejos. Morirse joven es antieconómico. Cuando lo hayamos dado todo, entonces moriremos. Mientras, a trabajar mucho y muchos años. Estamos dispuestos a ir al encuentro del Señor cuando Él quiera, pero le pedimos que sea tarde. Hemos de desear vivir, para trabajar por nuestro Señor y para querer bien a todas las almas… En tiempos de santa Teresa, los enamorados -tanto los místicos como los que cantaban el amor humano- solían exclamar, para demostrar la intensidad de su amor: «que muero, porque no muero…». Yo disiento de esta manera de pensar, y digo lo contrario: que vivo porque no vivo, que es Cristo quien vive en mí (cfr. Ga 2, 20). Tengo ya muchos años y no deseo morir; aunque, cuando el Señor quiera, iré a su encuentro encantado: «in domum Domini ibimus!» (Sal 121 [Vg 120], 1), con su misericordia, iremos a la casa del Señor” (Notas de una meditación predicada en Roma en 1962: CECH, p. 695; cfr. F, 1037; 1039; 1040). En definitiva, lo importante para un hijo de Dios no es ver pronto colmados sus propios anhelos, sino hacer lo que el Padre disponga.

  1. Juicio y retribución (cielo, purgatorio, infierno)

La misma actitud sobrenatural de confianza se encuentra en el pensamiento de san Josemaría acerca del juicio divino, respecto al cual, sin desconocer el carácter dramático del momento (cfr., por ejemplo, C, 754 y 747), recalca que el tempus breve en la tierra desemboca en un encuentro con la Trinidad (cfr. S, 881). San Josemaría describe este encuentro poniendo a veces a Dios Padre en primer término y otras veces a Jesús. “¿No brilla en tu alma el deseo de que tu Padre-Dios se ponga contento cuando te tenga que juzgar?” (C, 746). “«Me hizo gracia que hable usted de la «cuenta» que le pedirá Nuestro Señor. No, para ustedes no será Juez en el sentido austero de la palabra sino simplemente Jesús». Esta frase, escrita por un Obispo santo, que ha consolado más de un corazón atribulado, bien puede consolar el tuyo” (C, 168).Quien muere habiendo vivido de fe llega a un escenario “familiar”, un ambiente rebosante de Amor y Misericordia. Este motivo -teológico- constituye la razón principal por la que un creyente puede mirar hacia el juicio con ojos esperanzados. Además, el saber que uno ha vivido en gracia y correspondido al Amor de Dios es otro fundamento -digamos “antropológico”- de confianza ante la perspectiva del juicio (cfr. S, 890, 875).

Cielo

Para quien ha vivido santamente el acontecer presente, el “más allá” no es sino el perfeccionamiento de su relación de amor con Dios y las criaturas. Nos encontramos aquí con dos principios que, en coherencia con la Tradición católica, rigen la concepción de san Josemaría sobre la Vida eterna:

  • Un principio de unidad, según el cual hay una esencial continuidad en la vivencia de la criatura humana antes y después de la muerte. “Después de la muerte, os recibirá el Amor. Y en el amor de Dios encontraréis, además, todos los amores limpios que habéis tenido en la tierra. El Señor ha dispuesto que pasemos esta breve jornada de nuestra existencia trabajando y, como su Unigénito, haciendo el bien. Entretanto, hemos de estar alerta, a la escucha de aquellas llamadas que San Ignacio de Antioquía notaba en su alma, al acercarse la hora del martirio: «ven al Padre» (SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Ep. ad Romanos, 7), ven hacia tu Padre, que te espera ansioso” (AD, 221).
  • Un principio de superación o superabundancia, según el cual toda experiencia terrena de amor y felicidad se queda corta en comparación con la vida eterna. “El cielo: «ni ojo alguno vio, ni oreja oyó, ni pasaron a hombre por pensamiento las cosas que tiene Dios preparadas para aquellos que le aman» (1 Co 2, 9). ¿No te empujan a luchar esas revelaciones del apóstol?” (C, 751). “¿Qué será ese Cielo que nos espera, cuando toda la hermosura y la grandeza, toda la felicidad y el Amor infinitos de Dios se viertan en el pobre vaso de barro que es la criatura humana, y la sacien eternamente, siempre con la novedad de una dicha nueva?” (S, 891).

Es de notar, en cualquier caso, que tanto en la vida terrena como en la vida bienaventurada son los mismos protagonistas los que están en relación -Dios por una parte y la criatura humana por otra-, y en la misma relación esencial: el Amor. “Un gran Amor te espera en el Cielo: sin traiciones, sin engaños: ¡todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia…! Y sin empalago: te saciará sin saciar” (F, 995; cfr. F, 1030; AD, 209). “Tú y yo tenemos que obrar y vivir como enamorados, y «viviremos así eternamente»” (F, 988). De modo que el cristiano, de hecho, vive anticipadamente el cielo en la tierra: “En esta tierra, la contemplación de las realidades sobrenaturales, la acción de la gracia en nuestras almas, el amor al prójimo como fruto sabroso del amor a Dios, suponen ya un anticipo del Cielo, una incoación destinada a crecer día a día. No soportamos los cristianos una doble vida: mantenemos una unidad de vida, sencilla y fuerte en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones” (ECP, 126). La intimidad con Dios en la tierra, aunque parcial e imperfecta, es una primicia de la bienaventuranza: “Cada vez estoy más persuadido: la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra” (F, 1005, 1006; C, 255).

La comunión feliz con Dios, que se incoa en la tierra y se consuma en el Cielo, posee entraña trinitaria: “No estamos destinados a una felicidad cualquiera, porque hemos sido llamados a penetrar en la intimidad divina, a conocer y amar a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo y, en la Trinidad y en la Unidad de Dios, a todos los ángeles y a todos los hombres” (ECP, 133). A lo largo de la vida terrenal la inhabitación y acción del Espíritu Santo ya va formando “la imagen de Cristo cada vez más en nosotros”, “acercándonos cada día más a Dios Padre” (cfr. ECP, 135 y 136). Este trabajo del Espíritu se encamina hacia la configuración definitiva de las criaturas como hijos de Dios: “Si tenemos relación asidua con el Espíritu Santo, nos haremos también nosotros espirituales, nos sentiremos hermanos de Cristo e hijos de Dios, a quien no dudaremos en invocar como Padre que es nuestro” (ECP, 136). La bienaventuranza celestial consiste, entonces, en hallarse sumergido en “el eterno abrazo de Amor de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo y de Santa María” (F, 1012).

Purgatorio

Dentro de la visión de Dios-Amor, se encuadra la concepción de san Josemaría de los otros dos estados escatológicos en que el difunto podría hallarse tras la muerte: el purgatorio y el infierno. “El purgatorio es una misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que desean identificarse con Él” (S, 889). Seguimos dentro de la lógica del amor, que implica identificación y compenetración, y que exige, en el caso de una criatura con disposiciones imperfectas, un proceso de enderezamiento o purificación. Tal criatura es ya amiga de Dios, no está lejos de la faz de Dios -“¡pueden tanto delante de Dios!”, dice san Josemaría, (C, 571)-; y por la misericordia de Dios -removido por los sufragios de los vivos (cfr. C, 571)- tal alma posee la certeza de llegar a la plena comunión con la Trinidad.

En realidad, san Josemaría, al referirse a las ánimas del purgatorio -“mis buenas amigas las almas del purgatorio” (C, 571)-, las sitúa dentro de un vasto cuadro de solidaridad: ellas son parte de una familia sobrenatural compuesta por la Trinidad, los ángeles, los santos y los viadores, que tiene un pie en la historia y otro en la eternidad: “En la Santa Iglesia los católicos encontramos… el sentido de la fraternidad, la comunión con todos los hermanos que ya desaparecieron y que se purifican en el Purgatorio -Iglesia purgante-, o con los que gozan ya -Iglesia triunfante- de la visión beatífica, amando eternamente al Dios tres veces Santo. Es la Iglesia que permanece aquí y, al mismo tiempo, transciende la historia” (AIG, pp. 42-43).

Infierno

De este gran misterio de comunión sólo quedarán fuera aquellas criaturas libres -los demonios y los hombres que mueran sin arrepentimiento de sus pecados graves- que se empeñen en rechazar el Amor. “Si amo, para mí no habrá infierno” (F, 1047), asevera san Josemaría. No se refiere él aquí a un amor sólo profesado con los labios o mantenido como deseo vago; se refiere, al igual que Jesús, al amor operante: “Alma de apóstol: primero, tú. Ha dicho el Señor, por San Mateo: «Muchos me dirán en el día del juicio: ¡Señor, Señor!, ¿pues no hemos profetizado en tu nombre y lanzado en tu nombre los demonios y hecho muchos milagros? Entonces yo les protestaré: jamás os he conocido por míos; apartaos de mí, operarios de la maldad». No suceda, dice San Pablo, que habiendo predicado a los otros, yo vaya a ser reprobado” (C, 930; cfr. S, 888 y C, 754).

Así, pues, como contrapunto a la gran melodía del Amor de Dios que preside la historia de la salvación, san Josemaría percibe la posibilidad real de la libertad disonante de criaturas libres. Es indudable que Dios es misericordioso y siempre dispuesto a perdonar; pero también es cierto que ha otorgado irrevocablemente el don de la libertad a los hombres (cfr. AD, 36), y que este don puede ser utilizado por “almas mundanas” para “seguir adelante en sus desvarios” (C, 747; cfr. C, 749), colocándose fuera del alcance de la misericordia divina. Esta terrible posibilidad mueve a san Josemaría a insistir en el apostolado, entendido en sentido profundo como ayuda a la salvación de otros: “De ti depende también que muchos no permanezcan en las tinieblas, y caminen por senderos que llevan hasta la vida eterna” (F, 1011).

Retorno y reinado de Cristo

Volviendo a las relaciones entre tiempo-historia y eternidad en las enseñanzas de san Josemaría, podemos afirmar que, a la par que invita al creyente a tener los pies firmemente plantados en el suelo -participando de lleno en la ordenación de las realidades terrenas según la voluntad divina-, insta a no perder de vista la meta de la historia: el Reino de Dios, cuya plenitud será instaurada por Cristo el día de su retorno. Hay en esta visión una tensión en la que conviven el realismo del presente con la esperanza escatológica. Por un lado, afirma san Josemaría, “la perfección del reino -el juicio definitivo de salvación o de condenación- no se dará en la tierra. Ahora el reino es como una siembra, como el crecimiento del grano de mostaza; su fin será como la pesca con la red barredera, de la que -traída a la arena- serán extraídos, para suertes distintas, los que obraron la justicia y los que ejecutaron la iniquidad. Pero, mientras vivimos aquí, el reino se asemeja a la levadura que cogió una mujer y la mezcló con tres celemines de harina, hasta que toda la masa quedó fermentada” (ECP, 180). Por otro lado, este Reino que crece discretamente en la historia está destinado a alcanzar, en el día de la parusía, una forma acabada, que perdurará eternamente (cfr. ibidem).

Si hemos hablado de una tensión escatológica en las enseñanzas de san Josemaría referidas a la vida del creyente en sentido individual, cabe hablar también de una dimensión escatológica en su visión de la marcha de la historia general de la humanidad. Este aspecto es expresado frecuentemente en términos del reinado o reino de Cristo. Este reinado, asevera san Josemaría, es ya una realidad: “no es un modo de decir, ni una imagen retórica (…). Verdad y justicia; paz y gozo en el Espíritu Santo. Ese es el reino de Cristo: la acción divina que salva a los hombres y que culminará cuando la historia acabe, y el Señor, que se sienta en lo más alto del paraíso, venga a juzgar definitivamente a los hombres” (ibidem).

El Reino incoado en la historia es en primer lugar el poder de Dios que se ejerce efectivamente para operar la conversión y salvación de los hombres; incluye también la colaboración de los hombres en orden a difundir el régimen divino de salvación. “En la historia, en el tiempo, se edifica el Reino de Dios. El Señor os ha confiado a todos esa tarea” (ECP, 158). “Mientras esperamos el retorno del Señor, que volverá a tomar posesión plena de su reino, no podemos estar cruzados de brazos” (ECP, 121).

¿En qué consiste específicamente la colaboración humana en la extensión del Reino? Las ideas de san Josemaría se encuentran condensadas en dos frases de raíces evangélicas, que él utilizó como lemas: “Et ego, si exaitatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum” (Jn 12, 32); y “Regnare Christum volumus (cfr. Lc 19,14 y 1 Co 15, 25). En primer lugar, los seguidores de Cristo deben empeñarse en realizar la voluntad de Dios en su vida personal: “Jesucristo recuerda a todos: (…) si vosotros me colocáis en la cumbre de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño, omnia traham ad meipsum, todo lo atraeré hacia mí. ¡Mi reino entre vosotros será una realidad!” (ECP, 183; cfr. F, 678). Pero no se trata tan sólo de que cada uno cumpla su deber cara a Dios -como si fuera una pieza aislada-, sino de involucrar al resto de la humanidad en un gran movimiento de sometimiento gustoso y filial -junto con Cristo (cfr. S, 608)- al Padre, anticipando de esta manera el misterio de una humanidad renovada al final de los tiempos: “Urge (…) llevar a todos los estratos de esta humanidad nuestra el sentido sobrenatural, de modo que unos y otros nos empeñemos en elevar al orden de la gracia el quehacer diario, la profesión u oficio. De esta forma, todas las ocupaciones humanas se iluminan con una esperanza nueva, que trasciende el tiempo y la caducidad de lo mundano” (AD, 210).

Hay aquí dos pasos: desde dentro (de uno mismo), hacia fuera; y desde unos pocos, a muchos. Cada uno ha de permitir, primero, que Cristo reine efectivamente en su mente y voluntad, en sus actos y su conducta exterior; después, los que son así divinamente regidos -al igual que piedras caídas en un lago, que provocan ondas concéntricas de creciente amplitud (cfr. C, 831)- deben actuar como instrumentos para extender el reinado divino a más y más corazones (cfr. S, 608) y ámbitos (cfr. AD, 210), hasta abarcar todo -“El mundo…. -«¡Esto es lo nuestro!»… -¡queremos que Él reine sobre esta tierra suya!” (S, 292; cfr. S, 608)-. El cristiano es, según esto, depositario de una misión, la de facilitar la llegada de la acción divina, purificadora y transformadora, a todo lo creado, para convertirlo en trasunto del Reino escatológico. “Esta es tu tarea de ciudadano cristiano: contribuir a que el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna: la cultura y la economía, el trabajo y el descanso, la vida de familia y la convivencia social” (S, 302). En la medida en que el espíritu cristiano impregne los diversos ámbitos de la existencia humana, se harán perceptibles ya en la historia los frutos del Reinado de Cristo: la paz (cfr. C, 301), el amor (cfr. ECP, 183) y la justicia (cfr. S, 303).

De nuevo, es notable aquí el “principio de unidad”, tan presente en el mensaje de san Josemaría. De modo análogo a como la vida de amor de cada hijo de Dios se prolonga y se perpetúa más allá de la muerte, los trabajos que los hombres realizan según la voluntad de Dios son auténticas semillas del campo cuajado que se espera al final de los tiempos: el Reino escatológico. Por esta razón, “los hijos de Dios no debemos desentendernos de las actividades terrenas” (AD, 210).

Resurrección de los muertos

El “principio de unidad”, finalmente, halla su aplicación a la condición humana al fin de la historia. Según la fe cristiana, el hombre salvado -carne y espíritu elevados por la gracia- está destinado a ser transfigurado -como lo fue Cristo- por la resurrección gloriosa. San Josemaría reitera con fuerza: “La fe nos dice que el hombre, en estado de gracia, está endiosado. Somos hombres y mujeres, no ángeles. Seres de carne y hueso, con corazón y con pasiones, con tristezas y con alegrías. Pero la divinización redunda en todo el hombre como un anticipo de la resurrección gloriosa. Cristo ha resucitado de entre los muertos y ha venido a ser como las primicias de los difuntos” (ECP, 103). Hay una ligazón misteriosa entre la vida mortal del creyente y la vida gloriosa tras la resurrección.

La participación en la vida del Resucitado comienza ya en esta vida, en esta tierra, con el Bautismo, y de modo especial con la Eucaristía: “se nos ha dado un principio nuevo de energía, una raíz poderosa, injertada en el Señor” (ECP, 155). San Josemaría asegura que “si obedecemos a la voluntad de Dios (…) se cumplirá en nosotros, paso por paso, la vida de Cristo (…). Y cuando venga la muerte, que vendrá inexorable, la esperaremos con júbilo como he visto que han sabido esperarla tantas personas santas, en medio de su existencia ordinaria. Con alegría: porque, si hemos imitado a Cristo en hacer el bien -en obedecer y en llevar la Cruz, a pesar de nuestras miserias-, resucitaremos como Cristo: «surrexit Dominus vere!» (Lc 24, 34), que resucitó de verdad” (ECP, 21).

Esta vida, vivida santamente -tanto en sus aspectos más materiales como en sus aspectos más espirituales (cfr. CONV, 114)- constituye la semilla de la vida resucitada. Con un sano “materialismo cristiano” (cfr. CONV, 115), el creyente sabe valorar y aprovechar las ocasiones para realizar con espíritu de santidad las actividades más normales -comer, beber, etc. (cfr. 1 Co 10, 31)-, sabiendo que todo forma parte “de un movimiento ascendente que el Espíritu Santo, difundido en nuestros corazones, quiere provocar en el mundo: desde la tierra, hasta la gloria del Señor” (CONV, 115): un movimiento doxológico que culminará en el último día, cuando todo lo creado estará sometido a Cristo, y él lo presentará entero al Padre (cfr. 1 Co 15, 28).

 

3 comentarios en “ESCATOLOGÍA-NOVÍSIMOS

  1. Completísima su entrada.
    La voluntad de vivir para siempre es profunda en el hombre, como manifiestan los filósofos, los literatos, los artistas, los poetas y, de modo eminente, los que se aman. El hombre ansía perdurar; y tal deseo se manifiesta de múltiples modos: en los proyectos humanos, en la voluntad de tener hijos, en el deseo de influir sobre la vida de otras personas, de ser reconocido y recordado; en todo ello, se puede adivinar la tensión humana hacia la eternidad. Hay quien piensa en la inmortalidad del alma; hay quien entiende la inmortalidad como reencarnación; hay, en fin, quien ante el hecho cierto de la muerte decide poner todos los medios por conseguir el bienestar material o el reconocimiento social: bienes que nunca serán suficientes, porque no sacian, porque no dependen sólo de la propia voluntad. En esto el cristiano es realista, pues sabe que la muerte es el término de todos los sueños vanos del hombre.

    En medio del dilema de la muerte y de la inmortalidad, el poder recreador de Dios se hace presente en la vida, pasión y Resurrección de Jesucristo. El creyente cristiano, unido con Él por el Bautismo y con los demás sacramentos, reproduce los hitos principales del paso del Señor por la tierra. Como escribe San Pablo a los Romanos, «fuimos sepultados juntamente con Él mediante el bautismo para unirnos a su muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva. Porque si hemos sido injertados en Él con una muerte como la suya, también lo seremos con una resurrección como la suya» (Rm 6,4-5).

    En efecto, el cristiano tiene la certeza de que Dios le ha dado la vida creándolo a su imagen y semejanza (Gn 1,27). Sabe que cuando experimenta la angustia de la muerte que se acerca, Cristo actúa en él, convirtiendo sus penas y su muerte en fuerza corredentora. Y está seguro de que el mismo Jesús, al que ha servido, imitado, y amado, le recibirá en el cielo, llenándolo de gloria después de su muerte. La grande y gozosa verdad de la fe cristiana es que, por la fe en Cristo, el hombre puede superar con creces el «último enemigo» (1 Cor 15,26), la muerte, abriéndose a la visión perpetua de Dios y a la resurrección del cuerpo al final de los tiempos, cuando todas las cosas se hayan cumplido en Cristo.

    La vida no termina aquí; estamos seguros de que el sacrificio escondido y la entrega generosa tienen un sentido y un premio que, por la misericordia magnánima de Dios, van más allá de lo que el hombre podría esperar con las propias fuerzas. «Si alguna vez te intranquiliza el pensamiento de nuestra hermana la muerte, porque ¡te ves tan poca cosa!, anímate y considera: ¿qué será ese Cielo que nos espera, cuando toda la hermosura y la grandeza, toda la felicidad y el Amor infinitos de Dios se viertan en el pobre vaso de barro que es la criatura humana, y la sacien eternamente, siempre con la novedad de una dicha nueva?»

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