El “aprendizaje del fracaso”: vacuna contra la búsqueda exclusiva del éxito

alegriaNadie alardea de ser tonto, deficiente o limitado en sus horizontes. Sin embargo, entre esos miles de líderes en ciernes, producto inútil de las enseñanzas sobre la excelencia, ¿cuántos serán capaces de gobernarse a sí mismos? Por grande que sea el liderazgo en el terreno político, artístico, social o financiero, no se deja de ser mortal ni de estar a merced de un vaso de agua contaminada o de la mala caída en una escalera. La sabiduría popular enseña que no hay gran hombre para su mayordomo.
Las dificultades repentinas, y quizá luego recurrentes, en el terreno de la pureza suelen ir unidas a lo que el mundo llama «fracaso» escolar, universitario, profesional o afectivo, como haciendo eco a una carencia educativa: justamente la del “aprendizaje del fracaso”, vacuna contra lo que Benedicto XVI llamaba la «búsqueda en exclusiva del éxito». Con demasiada frecuencia olvidamos lo que decía Newman sobre su propósito de no hacer carrera: los hombres más útiles no han sido los mejor situados (lo que no suponía –como bien entiende quien conoce al beato inglés– una incitación a la mediocridad). En este sentido, comprendo el recuerdo que un testigo directo me ha transmitido de un original deseo formulado por san Josemaría cuando, en 1941, predicaba un retiro espiritual en Madrid: «Me gustaría tener en el bolsillo cien o doscientos fracasos para repartirlos por tus ambiciones». (G. Derville en Amor y desamor. La pureza liberadora)

7 comentarios en “El “aprendizaje del fracaso”: vacuna contra la búsqueda exclusiva del éxito

  1. Los jóvenes necesitan ser educados en la belleza, la verdad y la bondad, algo que todo buen maestro sabe transmitir con la materia que enseña

    Doy por sentado que la educación es una tarea tan importante como difícil, y que escuela y familia, padres y profesores, pueden mejorar mucho. Dicho esto, debo añadir que Educación: guía para perplejos (Inger Enkvist, Ediciones Encuentro, 2014), es una mina de información, experiencia y sentido común. Una lectura, por tanto, altamente recomendable a padres y profesores.

    Inger Enkvist, catedrática de Español en Suecia, describe la politización de las reformas educativas en muchos países occidentales; analiza los errores de la llamada nueva pedagogía, nacida con la revolución de mayo del 68; destaca, entre esos errores, el haber confundido la igualdad de derechos con el derecho a no ser evaluado negativamente; explica que esa premisa equivocada lleva a sustituir el aprendizaje por la mera escolarización, suficiente para conseguir su triple ideal: autonomía, tecnología y facilidad.

    El igualitarismo −nadie puede ser mejor ni peor− lleva consigo la devaluación de contenidos, la sustitución de los exámenes difíciles por los trabajos fáciles, y el paso de las calificaciones objetivas a la ambigüedad del “progresa adecuadamente”.

    En la raíz de la nueva pedagogía encontramos también a Rousseau. Su romántico buenismo, al poner el énfasis educativo en los sentimientos y la motivación, ha desprestigiado la autoridad del profesor y el esfuerzo de la voluntad. Por eso, cada vez hay más “escuelas en donde no se lleva a cabo ningún tipo de educación, ni intelectual ni moral”. Al buenismo le cuesta digerir el aumento de vandalismo y de acoso escolar, pues en la escuela lúdica y divertida no debería existir la violencia. Pero los hechos demuestran lo contrario: que, si la familia y la escuela no exigen el cumplimiento de ciertas normas, ellas mismas pagan las consecuencias, y después la sociedad entera.

    Frente a la facilidad como ideal, toda educación de calidad ofrece programas de estudio exigentes, para que los jóvenes sientan su tarea como un reto que puede ser gratificante. Esa calidad implica fijar umbrales para acceder a los diferentes cursos, pues de lo contrario se forman bolsas de fracaso escolar que tienden a colapsar el sistema y llevan a un fracaso vital más amplio. En la evaluación internacional PISA, los países con mejores resultados son los que centran la educación en el aprendizaje esforzado, no los que prefieren la autonomía del alumno. Es la diferencia, por ejemplo, entre Finlandia y Suecia. En Finlandia no ha entrado la nueva pedagogía, la selección del profesorado es exigente y su retribución económica es alta, igual que su reconocimiento social.

    Además, la falta de estudio y de lectura produce ignorancia conformista y esquemas mentales muy limitados. Exigir esfuerzo a los alumnos es mostrarles respeto. “De ninguna manera los adultos, y menos los profesores, deben respetar la cultura de la incultura”
    (Basado en un tema de Almudi)

  2. Creo que a nadie le gusta fracasar todos queremos ser triunfitos cada uno en lo suyo los sacesdotes santos y ser venerados los demás ricos da igual como se consiga al final del fracaso y fracasado todo él. Mundo escapa.hasta en lo espiritual

  3. Hoy contesto a tu comentario. Es mi manera de ver las cosas.
    A veces, los fracasos son un modo de aprender y, en cambio, los éxitos nos hacen acomodarnos en una mediocre complacencia

    Thomas Alva Edison nació en 1847. Era el séptimo hijo de una familia humilde recientemente establecida en Ohio y que había pasado por numerosas penalidades. A los ocho años, el pequeño Thomas acudió por primera vez a la escuela. Después de tres meses de asistencia a clase, un día regresó a su casa llorando: el maestro lo había calificado de alumno “perezoso e inútil”.

    Su madre logró que el chico fuera readmitido en la escuela y aquello supuso un gran respaldo para él: “Descubrí que una madre es algo maravilloso. Fue la defensora más entusiasta que hubiera podido tener cualquier niño, y fue precisamente entonces cuando tomé la decisión de que sería digno de ella y le demostraría que no estaba equivocada”.

    Un error, una enseñanza

    A los doce años trabajaba vendiendo periódicos en el tren matutino que iba de Port Huron a Detroit. En la ciudad de destino el tren hacia una parada de seis horas, que el pequeño Edison aprovechaba para ir a una biblioteca pública donde empezaba por el primer libro del panel inferior y seguía por orden con los demás hasta terminar con toda la estantería.

    No se conformaba con leer insaciablemente, sino que probaba diferentes experimentos basándose en lo que leía. Utilizaba un vagón vacío como taller y laboratorio, y pronto comenzó a editar el Grand Trunk Herald, un sencillo semanario del que tiraba cuatrocientos ejemplares.

    A los dieciséis años empezó a trabajar como telegrafista. A los dieciocho, obtuvo un empleo en la Western Union y se trasladó a Cincinnati y luego a Boston. Edison ideó a los veintiún años un instrumento muy simple para el recuento mecánico de votos. Al año siguiente, en 1869, consiguió en Nueva York un empleo de condiciones muy ventajosas, después de haber resuelto una grave avería en un indicador telegráfico que señalaba los precios del oro en la Bolsa.

    A veces, los fracasos son un modo de aprender y, en cambio,
    los éxitos nos hacen acomodarnos en una mediocre complacencia.

    A los treinta años llevó a cabo uno de sus primeros inventos importantes, el fonógrafo. A continuación, se propuso encontrar un material que permitiera construir una bombilla incandescente. Al fin, consiguió un filamento de bambú carbonatado que alcanzaba la incandescencia sin fundirse. El 21 de octubre de 1879 Edison realizó la primera demostración pública ante más de tres mil personas reunidas en Menlo Park (California), con una bombilla que lució ininterrumpidamente durante 48 horas. Edison logró comercializar un primer prototipo viable de bombilla eléctrica que llegaba a funcionar 1200 horas.

    Hubo muchos más inventos, bastantes de los cuales fueron la base para el avance de la industria eléctrica, la electrónica y el cine. Cuando Edison falleció en Nueva Jersey en 1931, era ya considerado como uno de los más importantes inventores de la historia, con más de mil trescientas patentes en los más diversos ámbitos.

    El fracaso

    De todos aquellos logros, quizá el de la bombilla incandescente requirió de él un particular esfuerzo. Durante ochocientos días, con bastantes de sus noches, apoyado por sus colaboradores, tuvo la paciencia de ensayar con más de mil fibras diferentes, tanto vegetales como minerales y animales. Se cuenta que, durante las últimas semanas, uno de sus colaboradores le preguntó por qué persistía de esa forma en aquel empeño, tras casi mil intentos sin haber conseguido otra cosa que fracasos. Edison le respondió con sencillez: “No son fracasos. En cada experimento he descubierto un motivo por el que la bombilla no funcionaba. Gracias a eso, he logrado saber ya mil formas de cómo no se debe hacer una bombilla”.

    Cada error trae consigo una enseñanza, aunque sólo sea un simple detalle que corregir y mejorar. Hay muchas cosas que no nos salen bien, y a lo mejor llevamos tiempo aparentemente sin avanzar, pero, si seguimos buscando pequeños detalles en que mejorar, sin desalentarnos, quizá ya hemos aprendido mucho y nos falta poco para llegar a un buen resultado. Se ha dicho que “una persona inteligente se recupera enseguida de un fracaso, pero una persona mediocre tarda mucho en recuperarse de un triunfo”. A veces, los fracasos son un modo de aprender y, en cambio, los éxitos nos hacen acomodarnos en una mediocre complacencia.

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