No prestes oídos a la maledicencia

maledicencia.jpgEscuchar voluntariamente cómo se habla mal de otro o animar a quien lo hace es compartir con este su pecado. No habría tantas personas que hablaran de los defectos ajenos si no fuera porque hay otras tantas dispuestas a escucharlos. Quien habla convierte a quien escucha en portador del mensaje del mal, y quien escucha induce al que habla prestándole oídos. Esto explica las palabras de san Bernardo: «Es difícil decir qué es peor: ofender a otro de palabra o escuchar al que ofende».
La peculiar naturaleza del pecado de maledicencia hace que muchos de los que evitan con sumo cuidado todos los demás pecados adopten ante este una actitud despreocupada e inconsciente. Por lo general uno no percibe sus consecuencias. En el caso de otros pecados, como la lujuria, la embriaguez o el robo, sus efectos quedan patentes ante nosotros, o bien los notamos en el alma, que nos abre los ojos y alerta nuestra conciencia. Con las palabras contrarias a la caridad no ocurre lo mismo: su sonido muere enseguida y el que las pronuncia las olvida pronto. No vemos cómo se transmite a otros, obrando el mal y haciendo daño. Por otra parte, a veces aparece disfrazada de virtud y de lealtad al deber. Dice san Francisco de Sales: «El que sea capaz de desterrar del mundo la maledicencia, habrá desterrado de él buena parte de sus pecados e iniquidades». (L. G. Lovasik en El poder oculto de la amabilidad)

6 comentarios en “No prestes oídos a la maledicencia

    1. Gracias Galicia por apuntarte al blog. Espero que te guste lo que se va poniendo. Es muy humano casi todo lo que se pone, pero siempre con cariño y de fondo procuro que esté Él, y aunque aveces pase desapercibido, es el motivo último sí que es Él. Ánimo Galicia!!

  1. . San Josemaría nos confiaba: me atrevo a decir que, cuando las circunstancias sociales parecen haber despejado de un ambiente la miseria, la pobreza o el dolor, precisamente entonces se hace más urgente esta agudeza de la caridad cristiana, que sabe adivinar dónde hay necesidad de consuelo, en medio del aparente bienestar general.

    Pensemos que los gestos de amor al prójimo no se limitan a una aportación material, por necesaria que ésta sea. El Romano Pontífice lamenta que «la peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual». La Iglesia se ha caracterizado a lo largo de su historia por la promoción de las obras de misericordia espirituales, tan reales y actuales siempre: «Dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia a las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos».

    ¡Qué delicada resulta esta caridad espiritual! ¡Y qué imprescindible es en estos momentos, cuando tantos y tantas sufren la soledad, la incomprensión, las persecuciones, las maledicencias y calumnias; o bien se debaten en la duda, sin conocer la senda que conduce al Cielo! Porque la generalización de los remedios sociales contra las plagas del sufrimiento o de la indigencia −que hacen posible hoy alcanzar resultados humanitarios, que en otros tiempos ni se soñaban−, no podrá suplantar nunca, porque esos remedios sociales están en otro plano, la ternura eficaz −humana y sobrenatural− de este contacto inmediato, personal, con el prójimo: con aquel pobre de un barrio cercano, con aquel otro enfermo que vive su dolor en un hospital inmenso; o con aquella otra persona −rica, quizá− que necesita un rato de afectuosa conversación, una amistad cristiana para su soledad, un amparo espiritual que remedie sus dudas y sus escepticismos.

  2. Galicia, me encantaría tenerte como amiga. Quiero que sepas que leyendo este blog encontrarás compañía, amistad y no te aburrirás. Siempre se nos da un motivo para mejorar y a la vez todos podemos expresarnos y contar nuestras experiencias porque obtendremos una respuesta adecuada. Te espero mañana.

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