La esperanza de ser santos

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su gran misericordia nos ha engendrado de nuevo -mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos- a una esperanza viva (1 P 1, 3). “La esperanza es la virtud teologal por la que deseamos y esperamos de Dios la vida eterna como nuestra felicidad, confiando en las promesas de Cristo, y apoyándonos en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo, para merecerlaperseverar hasta el fin de nuestra vida terrena(Compendio CIC, 387).

Cfr. Cielo

El objeto de la esperanza es un bien inmenso: Dios mismo.

Y por ser un bien tan desmesurado -la santidad, la comunión eterna con la Trinidad Beatísima-, no hay fuerza humana que pueda lograrla: la esperanza es virtud teologal infundida por Dios en el alma. Sólo Dios mismo, dándosenos, puede hacer que le alcancemos. Nuestra esperanza se apoya en su auxilio (cfr. S. Th. II-II, q. 17, a. 1 c). Es propio de un poder infinito conducirnos a un bien igualmente infinito (cfr. ibid., a. 2 c).

El Señor nos llama a la santidad y nos da la esperanza para alcanzarla. Pero la santidad es lucha: el que piense estar en pie, que tenga cuidado de no caer (1 Co 10, 12); trabajad por vuestra salvación con temor y temblor (Flp 2, 12).

Por eso la esperanza es la virtud propia del caminante: cuando se enfría, el alma no anda. Comenzar y recomenzar a lo largo del camino que conduce a la unión con Dios (cfr. Surco, 126, 129, 130):

reponer las energías; apartar los primeros síntomas de la tibieza (cfr. Camino, 325-331; Surco, 146); acudir a los sacramentos, de modo especial a la Confesión frecuente y a la Eucaristía.

Cfr. ¡Corre!

San Pablo enseña que es la caridad, el amor de Dios, el origen en nosotros de la esperanza: la caridad todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (1 Co 13, 7).

Salvaremos los obstáculos amando la Cruz, que es prenda de salvación: superar con presteza los reveses y fracasos; apartar la tristeza, que origina la muerte, y la tristeza del corazón consume el vigor (Si 38, 19). Alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación; constantes en la oración(Rm 12, 12).

Hacer continuos actos de esperanza y para ello fomentar más la presencia de Dios, que es su fundamento. Renovar el afán de santidad pensando en la ayuda que Dios nos da. Luchar contra la desesperanza y contra su extremo opuesto, la presunción.

Pedir el don de la perseverancia final: el que persevere hasta el fin, ése se salvará (Mt 24, 13). Reemprender el camino real de seguir a Cristo para iluminar también las ocupaciones humanas con una esperanza nueva (cfr. Amigos de Dios, 210 y 212).

El Acordaos: la Virgen, esperanza nuestra.

Un comentario en “La esperanza de ser santos

  1. .”La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Señor, por los siglos de los siglos” (Ap 7,12).
    Con actitud de profunda adoración a la Santísima Trinidad nos unimos a todos los santos que celebran perennemente la liturgia celestial para repetir con ellos la acción de gracias a nuestro Dios por las maravillas que ha realizado en la historia de la salvación.

    Alabanza y acción de gracias a Dios por haber suscitado en la Iglesia una multitud inmensa de santos, que nadie puede contar (cf. Ap 7, 9). Una multitud inmensa: no sólo lo santos y los beatos que festejamos durante el año litúrgico, sino también los santos anónimos, que solamente Dios conoce. Madres y padres de familia que, con su dedicación diaria a sus hijos, han contribuido eficazmente al crecimiento de la Iglesia y a la construcción de la sociedad; sacerdotes, religiosas y laicos que, como velas encendidas ante el altar del Señor, se han consumido en el servicio al prójimo necesitado de ayuda material y espiritual; misioneros y misioneras, que lo han dejado todo por llevar el anuncio evangélico a todo el mundo. Y la lista podría continuar.

    ¡Alabanza y acción de gracias a Dios, de modo particular, por la más santa de entre todas las criaturas, María, amada por el Padre, bendecida a causa de Jesús, fruto de su seno, y santificada y hecha nueva criatura por el Espíritu Santo! Modelo de santidad por haber puesto su vida a disposición del Altísimo, “precede con su luz al peregrinante pueblo de Dios como signo de esperanza cierta y de consuelo” (Lumen gentium, 68).

    Toda la liturgia de hoy habla de santidad. Pero para saber cuál es el camino de la santidad, debemos subir con los Apóstoles a la montaña de las bienaventuranzas, acercarnos a Jesús y ponernos a la escucha de las palabras de vida que salen de sus labios. También hoy nos repite: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. El Maestro divino proclama “bienaventurados” y, podríamos decir, “canoniza” ante todo a los pobres de espíritu, es decir, a quienes tienen el corazón libre de prejuicios y condicionamientos y, por tanto, están dispuestos a cumplir en todo la voluntad divina. La adhesión total y confiada a Dios supone el desprendimiento y el desapego coherente de sí mismo.

    Los santos se tomaron en serio estas palabras de Jesús. Creyeron que su “felicidad” vendría de traducirlas concretamente en su existencia. Y comprobaron su verdad en la confrontación diaria con la experiencia: a pesar de las pruebas, las sombras y los fracasos gozaron ya en la tierra de la alegría profunda de la comunión con Cristo.

    Esto lo descubrió, de modo particular, María santísima, que vivió una comunión única con el Verbo encarnado, entregándose sin reservas a su designio salvífico. Por esta razón se le concedió escuchar, con anticipación respecto al “sermón de la montaña”, la bienaventuranza que resume todas las demás: “¡Bienaventurada tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!” (Lc 1, 45).

    La profunda fe de la Virgen en las palabras de Dios se refleja con nitidez en el cántico del Magnificat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor; se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava” (Lc 1, 46-48).

    Con este canto María muestra lo que constituyó el fundamento de su santidad: su profunda humildad. Podríamos preguntarnos en qué consistía esa humildad. A este respecto, es muy significativa la “turbación” que le causó el saludo del ángel: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28). Ante el misterio de la gracia, ante la experiencia de una presencia particular de Dios que fijó su mirada en ella, María experimenta un impulso natural de humildad (literalmente de “humillación”). Es la reacción de la persona que tiene plena conciencia de su pequeñez ante la grandeza de Dios. María se contempla en la verdad a sí misma, a los demás y el mundo.
    Bienaventurada eres tú, María, elevada al cielo en cuerpo y alma. El Papa Pío XII definió esta verdad “para gloria de Dios omnipotente (…), para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte, para aumento de la gloria de la misma augusta Madre, y gozo y regocijo de toda la Iglesia” (Munificentissimus Deus: AAS 42 [1950] 770).

    Y nosotros nos regocijamos, en la contemplación de tu persona glorificada y, en Cristo resucitado, convertida en colaboradora del Espíritu Santo para la comunicación de la vida divina a los hombres. En ti vemos la meta de la santidad a la que Dios llama a todos los miembros de la Iglesia. En tu vida de fe vemos la clara indicación del camino hacia la madurez espiritual y la santidad cristiana.

    Contigo y con todos los santos glorificamos a Dios trino, que sostiene nuestra peregrinación terrena y vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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