Motivos para las “acciones de gracias”

agradecimientoHay una máxima que dice: “Es de bien nacidos el ser agradecidos”. Pero no es sólo una muestra de cortesía, es, además, prueba de tener gran corazón y de humildad, y de tantas cosas más. Este agradecimiento ha de ser con todos, pero muy especialmente con Dios, de Quien proceden todos los bienes: “en verdad es justo y necesario (…) darte gracias siempre y en todo lugar…“, decimos en el Prefacio de la Misa.

El Maestro nos ha enseñado con su vida y sus palabras que debemos ser agradecidos: Padre, te doy gracias…(Jn 11,41; cfr. Mt 15,36). En la Ultima Cena también le dio gracias (cfr. Mt 26,26.27), dejándonos así claro el fin eucarístico de lo que estaba haciendo. Tras la curación de los diez leprosos se lamenta: … «¿No eran diez los que quedaron sanos? ¿Por qué sólo este extranjero volvió para dar gracias a Dios?» (Lc 17,17-18). Por eso san Pablo escribe que los cristianos hemos de dar gracias a Dios siempre: Y todo lo que hagan o digan, háganlo como verdaderos seguidores del Señor Jesucristo, y denle gracias a Dios el Padre por lo que Cristo ha hecho por ustedes (Col 3,17).

    ¡Señor!, le asegurabas, me gusta ser agradecido; quiero serlo siempre con todos.
    —Pues, mira: no eres una piedra…, ni un alcornoque…, ni un mulo. No perteneces a esos seres, que cumplen su fin aquí abajo. Y esto, porque Dios quiso hacerte hombre o mujer —hijo suyo—…, y te ama “in caritate perpetua” —con amor eterno.
    —¿Te gusta ser agradecido?: ¿vas a hacer una excepción con el Señor? —Procura que tu hacimiento de gracias, diario, salga impetuoso de tu corazón (Forja, n. 866)

Tu y yo vamos a procurar tener una conciencia más clara de nuestra obligación de ser agradecidos con Dios: -Por lo mucho que hemos recibido: la vida, la familia en que hemos nacido, la fe, la llamada que nos ha hecho, tantas gracias de Dios, incluso muchas ayudas divinas que ni siquiera conocemos (etiam ignotis). Agradecidos también porque no hay ningún mérito previo por nuestra parte. ¿Qué tienes que no hayas recibido? (…) ¿Por qué te glorías como si no lo hubieses recibido? (1 Cor 4,7).
Procuraremos cultivar una actitud espiritual en el que predomine la acción de gracias … Pero una gratitud que sea también operativa: esforzándonos por hacer bien las cosas como señal de agradecimiento al Señor. El Señor premiará esta actitud con más gracias, como ocurrió cuando volvió agradecido el leproso tras su curación: Jesús le dijo al hombre: «¡Levántate y vete! Has quedado sano porque confiaste en mí.» (Lc 17,19). 

Agradecimiento a Dios también con obras de apostolado:

Muchas veces te preguntas por qué almas, que han tenido la dicha de conocer al verdadero Jesús desde niños, vacilan tanto en corresponder con lo mejor que poseen: su vida, su familia, sus ilusiones.
Mira: tú, precisamente porque has recibido “todo” de golpe, estás obligado a mostrarte muy agradecido al Señor; como reaccionaría un ciego que recobrara la vista de repente, mientras a los demás ni siquiera se les ocurre que han de dar gracias porque ven.
Pero… no es suficiente. A diario, has de ayudar a los que te rodean, para que se comporten con gratitud por su condición de hijos de Dios. Si no, no me digas que eres agradecido.(Surco, n. 4).

San Josemaría era muy, pero que “muy” agradecido. Por ejemplo, solía rezar con frecuencia esta oración en latín: “Gratias tibi, Deus, gratias tibi, pro universis beneficiis tuis etiam ignotis!” (Te doy gracias, Señor, por todos tus dones, también por los beneficios que me concedes y que no conozco). Y sin hacer alardes ni cosas raras, era habitual en él acompañar las frases más corrientes con un “gracias, hijo mío” (o, “hija mía”). Y, de verdad, se sentía totalmente agradecido por el más pequeño servicio recibido. Decía de modo gráfico que “si a Teresa de Jesús -según testimonio de ella misma- se la ganaban con una sardina, a mí me compran ¡con la raspa de una sardina!”. Otro ejemplo, cuando falleció repentinamente su padre, aún no era sacerdote y estaba absolutamente sin medios económicos par sufragar los gastos del entierro. Un sacerdote amigo le adelantó el dinero para que pudiera salir del paso. Le estuvo muy agradecido siempre y -aparte de que le devolvió el dinero en cuanto pudo- le encomendó a diario en la Santa Misa, primero en el “memento” de vivos y, después de su muerte, en el “memento” de difuntos.

Santa Teresa de Jesús solía quedarse después de comulgar un buen rato dando gracias al Señor que estaba en ella. Y comentaba al respecto:

No suele Su Majestad pagar mal la posada
si le hacen buen hospedaje… 
Estaos con El de  buena gana; 
no perdáis tan buena ocasión de negociar, como
es la hora después de haber comulgado. 
A continuación copio algunos enlaces que pueden ser de interés a esta entrada:
  1. Acciones de gracias. Un texto sobre las “acciones de gracias”, de Catherine Dean, extraído del Diccionario de san Josemaría Escrivá de Balaguer.
  2. Recuerda agradecido la misericordia que Dios tiene contigo. Más que el recuerdo de los pecados, reconforta el recuerdo de la misericordia divina, pues gracias a ella hemos sido purificados (cf. 2 P 1, 9).

  3. La actitud de escucha. Hace un tiempo leí que una de las decisiones más importantes en la vida de una persona, y que más condicionan el resultado global de su existencia, y que todos acabamos tomando, casi sin darnos demasiada cuenta es esta: si centramos nuestra vida en nosotros mismos o en los demás.

  4. “El gran medio de la oración”, de san Alfonso María de Ligorio. Vamos a ir poniendo poco a poco parte de este gran librito sobre la oración. Su autor, san Alfonso María de Ligorio, obispo italiano y fundador de los Redentoristas, fue proclamado «Doctor de la Iglesia» en 1871, es el patrono de los abogados católicos, de los moralistas y de los confesores.

Un comentario en “Motivos para las “acciones de gracias”

  1. La gratitud es una de esas pequeñas cosas que, cuando falta, hace que la convivencia chirríe penosamente como un engranaje de ruedas dentadas que se ha quedado sin aceite

    Estas dos palabras que están escritas en el corazón de todos los seres humanos tienen equivalentes en todas las lenguas. Así lo hacía notar el poeta Octavio Paz al inicio de su discurso en Estocolmo cuando recibía el premio Nobel de Literatura en diciembre de 1990: “Comienzo con una palabra que todos los hombres, desde que el hombre es hombre, han proferido: gracias”. Así es. El agradecimiento es una conducta universal de los seres humanos, de todos los tiempos y de todas las culturas. Damos gracias a Dios, a nuestros padres, a quienes nos salvan de grandes peligros, pero también a quienes nos hacen los pequeños servicios de los que está llena la vida diaria: desde ceder el paso al atravesar una puerta, servir el agua en la comida o recoger algo que inadvertidamente se nos ha caído, hasta ceder un espacio donde aparcar el coche, hacer un regalo o cualquier otra cosa.

    La gratitud es una de esas pequeñas cosas que, cuando falta, hace que la convivencia chirríe penosamente como un engranaje de ruedas dentadas que se ha quedado sin aceite. Al principio el ruido molesto no parece de gran importancia, pero al poco tiempo hace insoportable la vida en común. Y es que −como escribió el filósofo alemán Robert Spaemann− “lo racional es la forma de vida regida por la benevolencia” y una de las formas supremas de la benevolencia es el agradecimiento.

    Hay quienes dicen que dar las gracias por mera cortesía no vale nada: lo importante −afirman− es agradecer de corazón y hacérselo sentir así a la otra persona. Quienes piensan de esta manera, en el fondo, desprecian el dar las gracias porque lo consideran un convencionalismo social vacío de contenido y privilegian en cambio una supuesta empatía profunda entre los corazones. “El reto es −escribía hace algún tiempo un experto− ¿cómo podemos hacer sentir al otro que le estamos agradecidos de verdad? Es necesario encontrar nuevas formas de mostrar a las personas el sentimiento de agradecimiento auténtico”.

    En un primer momento, esta tesis podría parecer atractiva, pero si se piensa un poco se descubre que es una manera desenfocada de abordar este asunto vitalmente tan importante. ¿Por qué los padres de todo el mundo se empeñan en que sus hijos aprendan a dar las gracias? No lo hacen meramente para que sus hijos aprendan un formalismo social, sino que lo hacen para que aprendan a ser agradecidos, esto es, para que a base de agradecer a los demás los servicios, atenciones o regalos que reciban, lleguen a ser mejores personas. Las fórmulas corteses, acompañadas si es posible de una sonrisa, son el camino que tenemos los seres humanos para adquirir el agradecimiento de corazón.

    La gente joven −al menos en mi experiencia personal− es muy agradecida. Su gratitud nunca me parece algo postizo o artificial, sino que es siempre un sentimiento verdadero que brota quizá de la conciencia de su inexperiencia. Me impresionaba lo que me decía una valiosa estudiante al despedirse cada vez que venía a visitarme: “Muchas gracias por tu tiempo”. Siempre pensé que era más bien yo quien debía estarle agradecido a ella por la atención inteligente que me había prestado.

    Me contaba hace unos pocos días una estudiante de Farmacia, al regreso de una estancia como cooperante farmacéutica en una clínica peruana en Abancay en lo alto de los Andes, que se sentía verdaderamente pagada cuando al terminar su servicio aquellas mujeres y aquellos hombres −ya mayores y a menudo de rostro taciturno− le decían con una sonrisa: “¡Gracias, doctorita!” o “¡Gracias, mamasita!”.

    De tarde en tarde el agradecimiento de los estudiantes se traduce en regalos. Puede ir desde unas hermosas hojas secas del otoño recogidas en el campus hasta una pluma de lujo con un texto grabado “Gracias,”, pasando por regalos que se comen o se beben, por libros, fotografías, cuadros, etc., que han ido llenando las paredes de mi despacho. Me emocionan todas esas muestras de gratitud que quieren dar permanencia a la expresión del agradecimiento. Siempre pienso que los seres humanos damos gracias no tanto porque nos hayan hecho un favor o un servicio, sino en última instancia porque nos sentimos queridos. Esto es siempre lo más importante.

    Un filósofo norteamericano aseguraba, basado en su experiencia vital, que dar las gracias es el mejor antídoto contra la depresión: ayuda más a quien las da que a quien las recibe, porque lleva a la persuasión de que todo es un regalo, incluida la propia vida y la vida de los demás. En este sentido, puede decirse que quien da las gracias, aunque sea empleando las fórmulas más habituales, se lleva siempre el premio, pues su corazón se ensancha hasta llenar de un hondo sentido comunicativo los convencionalismos sociales. Vivimos en red, no solo nos necesitamos unos a otros, sino que al querernos y agradecernos lo que hacemos habitualmente unos por otros, llegamos a ser mejores personas. Por eso, la mejor forma de expresarnos mutuamente la gratitud es diciéndonos con más frecuencia unos a otros en lo grande y en lo pequeño: “¡Muchas gracias!”.

    Y, por supuesto, muchas gracias de todo corazón por haber leído hasta aquí.

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