La castidad es «la humildad de la carne, que se somete al espíritu»

serenidad paciencia.jpgEl orgullo encierra a la persona dentro de sí, en el amor a su propia excelencia y en su sumisión al placer. Origina dificultades interpersonales y aleja del prójimo, pues las relaciones quedan falseadas por el interés o el temor; en definitiva, por un comportamiento fundado en la mentira. En esas condiciones, la persona resbala fácilmente y navega en su mundo artificial. Cuando piensa en salir de sí, se produce todo lo contrario, como en aquella caricaturesca conversación entre dos autores: «Ya hemos hablado bastante de mí, hablemos ahora un poco de usted: ¿ha leído mi último libro?». Y al contrario, el amor verdadero hunde sus raíces en la humildad: el humilde se conoce, y conoce más fácilmente a los demás; aprender a interesarse por ellos olvidándose de uno mismo; esto supone respetar y apreciar la dignidad de cada persona, una dignidad en cierto modo sagrada.

La humildad nos lleva a descubrir nuestro lugar, y a ocuparlo. Nos ayuda a desempeñar nuestro papel y a dejar que los demás ocupen el espacio que les corresponde. Controla tanto la estima que debemos tener por nosotros mismos, como el deseo natural de ser aceptados por los demás. Las personas dotadas de una personalidad rica y profunda, sin artificio, saben desaparecer y hacer que brillen los demás; no necesitan afirmarse aupándose sobre los otros. Al mismo tiempo, la madurez lleva a aceptar que las cosas pueden salir mal, y esto enriquece la personalidad: muchas cosas no acaban como queremos, nos toca reconocer pacíficamente esa realidad. Es bueno aprender a perder, a equivocarse, vivir un poco al día si uno tiende demasiado a estar en alerta, y convivir con los propios defectos sabiendo medir todo desde el metro de la caridad, y aprender a reírse de sí mismo desde la humildad.
San Agustín advierte que el orgullo puede ser el ladrón que robe el bien de la virginidad. «Ese don nadie lo guarda mejor que Dios, pues Él mismo lo concedió; y Dios es caridad. Por lo tanto, la guardiana de la virginidad es la caridad, pero el castillo de tal guardiana es la humildad».
A imagen de la humildad del espíritu que no trata de dominar a los demás, la castidad es «la humildad de la carne, que se somete al espíritu» [6]. Y al contrario, la impureza, como el orgullo, nubla el entendimiento e incita a ocultar la verdad. La Carta a los Efesios muestra claramente la oposición fundamental entre pureza y mentira: «Tienen el entendimiento oscurecido, ajenos a la vida de Dios a causa de la ignorancia en que están por la ceguera de sus corazones. Indolentes, se dieron a la perversión, para obrar con avidez toda impureza. Pero vosotros, […] apartándoos de la mentira, que cada uno diga la verdad a su prójimo» (Ef 4, 18-20.25). (G. Derville en Amor y desamor. La pureza liberadora).

2 comentarios en “La castidad es «la humildad de la carne, que se somete al espíritu»

  1. “Humildad”
    “Vamos a hablar de humildad, porque ésa es la virtud que nos ayuda a conocer, simultáneamente, nuestra miseria y nuestra grandeza” (San Josemaría, Amigos de Dios, 94).
    Textos escogidos de san Josemaría Escrivá

    Jesucristo, Señor Nuestro, con mucha frecuencia nos propone en su predicación el ejemplo de su humildad: aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón (Mt 11, 29). Para que tú y yo sepamos que no hay otro camino, que sólo el conocimiento sincero de nuestra nada encierra la fuerza de atraer hacia nosotros la divina gracia. Por nosotros, Jesús vino a padecer hambre y a alimentar, vino a sentir sed y a dar de beber, vino a vestirse de nuestra mortalidad y a vestir de inmortalidad, vino pobre para hacer ricos (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos, 49, 19).

    Amigos de Dios, 97

    “La oración” es la humildad del hombre que reconoce su profunda miseria y la grandeza de Dios, a quien se dirige y adora, de manera que todo lo espera de El y nada de sí mismo.
    “La fe” es la humildad de la razón, que renuncia a su propio criterio y se postra ante los juicios y la autoridad de la Iglesia.
    “La obediencia” es la humildad de la voluntad, que se sujeta al querer ajeno, por Dios.
    “La castidad” es la humildad de la carne, que se somete al espíritu.
    “La mortificación” exterior es la humildad de los sentidos.
    “La penitencia” es la humildad de todas las pasiones, inmoladas al Señor.
    —La humildad es la verdad en el camino de la lucha ascética.

    Surco, 259

    Dios resiste a los soberbios, pero a los humildes da su gracia (1 Pet 5, 5), enseña el Apóstol San Pedro. En cualquier época, en cualquier situación humana, no existe más camino —para vivir vida divina— que el de la humildad. ¿Es que el Señor se goza acaso en nuestra humillación? No. ¿Qué alcanzaría con nuestro abatimiento el que ha creado todo, y mantiene y gobierna cuanto existe? Dios únicamente desea nuestra humildad, que nos vaciemos de nosotros mismos, para poder llenarnos; pretende que no le pongamos obstáculos, para que —hablando al modo humano— quepa más gracia suya en nuestro pobre corazón. Porque el Dios que nos inspira ser humildes es el mismo que transformará el cuerpo de nuestra humildad y le hará conforme al suyo glorioso, con la misma virtud eficaz con que puede también sujetar a su imperio todas las cosas (Fp 3, 21). Nuestro Señor nos hace suyos, nos endiosa con un endiosamiento bueno.

    Amigos de Dios, 103

    Cuanto más grande seas, humíllate más y hallarás gracia ante el Señor (Ecles 3, 20). Si somos humildes, Dios no os abandonará nunca. El humilla la altivez del soberbio, pero salva a los humildes. El libera al inocente, que por la pureza de sus manos será rescatado. La infinita misericordia del Señor no tarda en acudir en socorro del que lo llama desde la humildad. Y entonces actúa como quien es: como Dios Omnipotente. Aunque haya muchos peligros, aunque el alma parezca acosada, aunque se encuentre cercada por todas partes por los enemigos de su salvación, no perecerá. Y esto no es sólo tradición de otros tiempos: sigue sucediendo ahora.

    Amigos de Dios, 104

    Os recuerdo que si sois sinceros, si os mostráis como sois, si os endiosáis, a base de humildad, no de soberbia, vosotros y yo permaneceremos seguros en cualquier ambiente: podremos hablar siempre de victorias, y nos llamaremos vencedores. Con esas íntimas victorias del amor de Dios, que traen la serenidad, la felicidad del alma, la comprensión.

    Amigos de Dios, 106

    ¿Quieres vivir la audacia santa, para conseguir que Dios actúe a través de ti? —Recurre a María, y Ella te acompañará por el camino de la humildad, de modo que, ante los imposibles para la mente humana, sepas responder con un «fiat!» —¡hágase!, que una la tierra al Cielo.

    Surco, 124

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