La vocación de tu vida consiste en cumplir bien tu tarea

equipo.jpgDios nos dota de unos dones, unos talentos y unos deberes no solo para nuestro propio bien y felicidad, sino para que también se beneficien de ellos quienes los comparten con nosotros. Nadie se basta a sí mismo. Solo un hombre omnipotente podría vivir sin ayuda de los talentos ajenos. Puesto que nos necesitamos unos a otros y necesitamos el trabajo los unos de los otros, esa necesidad debe unirnos aún más.
No todos los miembros de la familia de Dios pueden ser sacerdotes o religiosos. No todos pueden casarse. No todos poseen un don especial del que valerse para servir en celibato a Dios y a los hombres. Sin embargo, sacerdotes, religiosos, casados y solteros, todos son necesarios en la familia de Dios: una familia que necesita hombres que piensen, que tracen proyectos y que dirijan, pero también hombres que lleven a cabo el trabajo físico. Esta necesidad mutua debe llevarnos a sentir agradecimiento y aprecio por el trabajo de todos aquellos de los que dependemos. Esta es la razón de las palabras del salmista: «Ved qué bueno y qué gozoso es convivir los hermanos unidos».

En el fondo, todos tenemos una sola vocación. San Pablo lo expresa así: «Pido también que seáis puros y sin falta hasta el día de Cristo, llenos de los frutos de justicia que proceden de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios». Este es el fin de toda criatura. La vocación de tu vida consiste en cumplir bien tu tarea. Una vez hayamos aprendido a ver la voluntad de Dios en su designio, seremos conscientes de que la ofrenda de la vida de una mecanógrafa puede ser tan grata a Dios como la de un médico o un sacerdote.
Las buenas acciones de los demás son tuyas a ojos de Dios si, cuando te percatas de ellas, se las ofreces a Él con una oración y con buenos deseos. Cooperas a la obra de Dios cuando deseas el bien del prójimo, cuando imploras la bendición de Dios sobre su trabajo, y te alegras de los éxitos ajenos y das gracias por ellos. Comprenderás lo ciego que has sido al no entender hasta dónde llegan las consecuencias de una palabra de aliento, de una mirada amistosa o un detalle de amabilidad. El bien que hagas de este modo recibirá más recompensa que ningún otro, porque es totalmente desinteresado.
Aunque no te sea posible llevar a cabo determinadas obras de caridad, tu alma es un jardín en el que puedes plantar las hermosas flores de los pensamientos amables. Especialmente en la oración, donde la gracia actúa con más eficacia en ayuda de tus esfuerzos, intenta arrancar cualquier recuerdo amargo, cualquier juicio temerario, sospecha o pensamiento de rencor e ira, y planta en su lugar, en el fértil suelo de tu alma, nobles sentimientos de caridad. Acaricia con esmero estos pensamientos y cuida de ellos para que puedan crecer e impregnar tu día con su aroma. Intenta llenar con ellos toda la vida presente, y no solo harás el bien a quienes te rodean, sino que compartirás el que hacen los demás.
Colabora con tus colegas. En todas las relaciones que mantengas deben destacar tus buenos principios y tu justicia. Como los modos y los medios para alcanzar un fin son variados, prescinde de tu opinión, allí donde no se viole la ley, por deferencia hacia la de los demás: eso es una renuncia heroica. Mediante tu amable interés por el trabajo de los otros y tu generosa colaboración con ellos, te asocias a sus obras y las compartes en la comunión del Cuerpo Místico de Cristo.
La unión con Dios y con el prójimo trae paz, porque poseer la caridad significa que todos tus deseos e inclinaciones están dirigidos a Él. En tu corazón no existe el resquemor de los conflictos domésticos, ni ninguna falta de armonía consciente que perturbe el sosiego de la paz. Entre Dios y tú hay una unidad de voluntades que te preserva de las discordias de este mundo. Pero sigue habiendo cabida para ese santo temor que te lleva a huir del pecado y del juicio divino. Ese temor no quita la paz. Y el amor que te ata al prójimo por amor a Dios es garantía de una armoniosa colaboración en la búsqueda del bien.
Vivir en paz con tus semejantes es consecuencia de la caridad, la prueba de que amas al prójimo como a ti mismo, de que respetas su voluntad tanto como la tuya y estás dispuesto a unir las dos aun a costa de la autorrenuncia. De este modo, no solo preservas la paz de tu vida, sino que trazas con claridad el camino hacia la paz en el corazón de los demás. Tú puedes ser uno de los promotores de la paz a los que se refiere Cristo cuando dice: «Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios». San Pablo exhortaba a los primeros cristianos a estar «continuamente dispuestos a conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz». Y decía también: «Vivid en paz, y el Dios de la caridad y de la paz estará con vosotros». (L. G. Lovasik en El poder oculto de la amabilidad).

3 comentarios en “La vocación de tu vida consiste en cumplir bien tu tarea

  1. CITAS:
    Gal 1, 15: Llamada (vocación) por la gracia de Cristo.
    Gal 4, 9: Dios nos conoce antes de conocerle nosotros.
    Gal 5, 8: El que nos llama no nos contradice.
    Gal 5, 13: Vocación a la libertas que es caridad.
    1 Cor 1, 1-2: Vocación al apostolado y a la santidad por voluntad de Dios.
    1 Cor 1, 9: Llamada a la unión con Cristo el Señor.
    1 Cor 1, 24-31: La vocación se fundamenta en la fuerza y sabiduría de Dios.
    1 Cor 7, 17-24: Vivir tal como Dios le ha llamado a cada uno. Vivir en paz.
    Rom 1, 1: Pablo, apóstol por vocación.
    Rom 1, 6-7: Los llamados de Cristo, santo pos vocación.
    Rom 4, 17: Vocación a la vida y a la existencia.
    Rom 8, 28-30: Los llamados están ordenados a la gloria de Cristo, según el plan de
    Dios.
    Rom 9, 12: La elección de Dios es gratuita, no depende de las obras.
    Rom 9, 24-26: Dios llama de entre los judíos y gentiles gratuitamente.
    Rom 11, 28-29: Irrevocabilidad y gratuidad de la vocación de Dios.
    Fil 3, 7-17: la Gracia de la vocación es celestial.
    Col 1, 24-29: Es DIOSi quien da el ministerio a Pablo. Misión en orden a los demás.
    Col 3, 15: Llamados a la paz de Cristo.
    Ef 1, 4-6: Elegidos antes de la creación.
    Ef 1, 18: Llamados a la esperanza de la Salud.
    Ef 4, 1-4: Mostrarse digno de esta gracia de la vocación. Una es la esperanza.
    1 Tim 1, 2-17: Pablo y su vocación.
    2 Tim 1, 9: Llamados a la vocación por la gracia y según el plan realizado en Cristo.
    Heb 2, 11: El santificador y los santificados tienen el mismo origen.
    Heb 3, 1: Partícipes de una vocación celestial.
    Heb 5, 4: Dignidad del llamado por Dios al Sumo Sacerdocio.
    Heb 9, 15: Todos los cristianos son llamados a la vida eterna por el mediador de la
    nueva alianza.
    Heb 11, 8: Dios llama a Abraham dentro de la historia de la salvación.
    Heb 11, 16: El Dios de los llamados les ha preparado una ciudad celestial.

  2. La criatura humana es un ser moral y libre con un destino eterno. Su fin último es la felicidad de gozar de Dios en el cielo para siempre. Durante la vida terrena debe elegir continuamente entre el bien y el mal, hasta llegar al Termino de su camino. Es decir, ha de optar voluntariamente y muchas veces a lo largo de su existencia. Cada opción es respuesta positiva o negativa a una llamada divina. La persona es por lo tanto un ser buscado por Dios y atraído por una vocación de lo alto. Este es el factor más determinante de la existencia y el destino del hombre.

    La Biblia narra una historia -historia de salvación- cuyo argumento principal es el diálogo nunca interrumpido entre Dios e Israel, el pueblo de la promesa. “Tú eres un pueblo consagrado a Yahveh tu Dios. Él te ha elegido a ti para que seas el pueblo de su propiedad personal entre todos los pueblos que hay sobre la faz de la tierra” (Dt 7, 6).

    La llamada de Israel se asocia estrechamente a un conjunto de llamamientos personales que se remontan hasta la creación del primer ser humano. En la Biblia no es principalmente el hombre el que busca a Dios, sino Dios el que busca y alcanza al hombre. Dios crea las cosas por la fuerza omnipotente de su Palabra, pero al hombre lo llama. Adán no es un ser que primero existe en sí y que en un momento posterior comienza a relacionarse con Dios. El inicio mismo de su existencia se produce ya como relación al Creador. El hecho de que Dios haya creado y llamado a Adán mediante la Palabra supone que el Creador espera de él una respuesta. Enseña el Concilio Vaticano II: “La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios” (Gaudium et Spes, 19).

    Dios dirige en Adán una primera llamada a todos y cada uno de los hombres, hijos del primer Hombre, que componen la humanidad a lo largo de los siglos. De este modo el género humano no resulta una simple cadena de eslabones vivos intercambiables, sino un conjunto, contado y medido, de personas distintas e irrepetibles.

    La llamada amorosa y llena de misterio que Dios hace al hombre es una llamada a la salvación. “Los que han sido llamados reciben la herencia eterna prometida (Heb 9, 15). La vocación dice en efecto relación directa al destino del hombre, que es llegar a la patria definitiva después de haber participado y a en la tierra de un adelanto de bienes divinos. La vocación implica también una invitación a la santidad, porque solamente los santos pueden ver a Dios cara a cara. Solo los santos pueden ver al Santo.

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