Los pensamientos amables nunca dejan de traer alegría

alegriaEs posible que tus obras sean excelentes, pero no hallarás la felicidad a menos que estén inspiradas por el amor. Un solo pensamiento de amor puede dispersar las nubes del abatimiento, la infelicidad o la tristeza; pero, si tus pensamientos son amables, eres sin duda una persona feliz. 
Los pensamientos amables comunican luz y alegría a los demás: primero te llenan de alegría a ti y luego a quienes te rodean. Nadie deja de notar su presencia. Puede que los demás los lean en tu rostro, que los vean en tu mirada o los escuchen en tu tono de voz, y sean capaces de sentir y reconocer la amabilidad que alegra sus corazones.

Para transmitir la alegría a otros, antes tienes que poseerla tú. En el corazón de Jesús reinó una honda y santa alegría, a pesar de la tragedia y la tristeza que marcaron su paso por el mundo. La víspera de su muerte dijo: «Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa»… Tu religión, la auténtica religión de la alegría, te ayuda a proporcionar ese gozo. Dios es la fuente de toda alegría. A través de la oración y los sacramentos te acercas a Él. Obtén tu alegría del corazón de Dios y luego transmítela desde tu corazón al de tus colegas en el trabajo diario. Cuando entres en la eternidad, te sorprenderá comprobar el maravilloso reino de alegría que puedes haber instaurado en la tierra en torno a ti gracias a simples minucias.
Y si sucediera que nadie advierte las perlas de pensamientos amables que encierra tu corazón, si sucediera que nadie se regocija con ellos, Dios, que lo sabe todo y que es en sí mismo un pensamiento eterno de amor, sí los ve y se goza en ellos. Cuando acaricias un pensamiento amable, es como si Él viera reflejado su propio Ser en una silenciosa y sagrada semejanza, igual que se reflejan las estrellas en un estanque cristalino.
La esencia del amor se fundamenta en la unidad, y la unión con Dios y con el prójimo trae consigo la alegría. El amor de Dios es una fuente incomparable de gozo. Toda la belleza del mundo es un don con el que busca hacernos gozar. El sentimiento de la cercanía de Dios no es más que un regalo que concede a sus criaturas. El amor de Dios y el amor humano son bendiciones derramadas sobre el mundo para llenarlo de un anticipo del Cielo.
Suele costar muy poco llevar alegría al corazón de otro. Solo se requiere algo de buena voluntad, un esfuerzo insignificante por el bien del prójimo, un regalo hecho con afecto, unas pocas palabras y, a veces, tan solo una sonrisa. El amigo se alegra con la presencia del amigo, pero el amor es capaz de trascender el tiempo y el espacio, y producir una cercanía espiritual cuando no existe esa presencia física. El corazón que ama a Dios disfruta de la alegría ya en esta vida. Dios lleva su amor al alma en una íntima unión plena de gozo. En la Visión Beatífica ese gozo será lo que «ni ojo vio, ni oído oyó».

4 comentarios en “Los pensamientos amables nunca dejan de traer alegría

  1. Sonreír porque Dios sonríe, sonreír porque con mis defectos soy cómico, sonreír porque los demás lo necesitan. Son las tres sonrisas que deben caracterizar a un cristiano

    “No se puede anunciar el Evangelio con cara de funeral”. La provocación de Papa Francisco no es una broma casual, y la idea de que los cristianos no deben mostrarse tristes no es nueva: “¡Deberían cantarme cantos mejores, para que yo me decida a creer en su Salvador! ¡Sería necesario que sus discípulos tuvieran más aspecto de gente salvada!”, decía Nietzsche.

    Pero ¿cómo ser capaces de sonreír cuando las preocupaciones, el trabajo, los pequeños contratiempos y los grandes dolores son tan frecuentes en la vida?

    La primera sonrisa es la fundamental: “Sonríe el que está en los Cielos”, dice la Biblia. Y aún: “La alegría del Señor es vuestra fuerza”. Es la sonrisa de Dios. La alegría con la cual el Creador contempla a cada una de sus criaturas debe ser el fundamento sólido de la serenidad y de la paz de cada uno de nosotros.

    ¿Pero no puede ser irreverente pensar que Dios, el Señor del Universo, sonría? “Dios debe amarnos tanto más cuanto más le hagamos reír”, dice un personaje creado por Ray Bradbury. “Nunca había pensado al Señor como a un humorista”, le responde alguien. La respuesta es inmediata: “¿El Creador del ornitorrinco, del camello, del avestruz y del hombre? ¡Oh, venga ya!”.

    La segunda sonrisa es aquella con la cual me miro a mí mismo. Sin perder de vista mi humanidad, mis límites, que no son necesariamente defectos y no deben ser tomados demasiado en serio. Mi Creador me quiere así, como soy, porque si me hubiera querido diferente, me hubiera hecho diferente.

    “Saber ver el aspecto divertido de la vida y su dimensión alegre, sin tomarse todo de forma trágica −dijo una vez Benedicto XVI−, es algo muy importante, diría que necesario, para mi ministerio. Un escritor dijo que los ángeles pueden volar porque no se toman demasiado en serio. Y nosotros quizá podríamos volar un poco más si no nos diéramos tanta importancia”.

    Sonreír es un acto de humildad, quiere decir que me acepto a mí mismo y a mi modo de ser, permaneciendo allí donde estoy con santa paz. Sin tomarme muy en serio, porque “la seriedad no es una virtud. Quizá sea una herejía decir que la seriedad es un vicio, pero al menos es una herejía inteligente. Hay realmente una tendencia (una especie de decadencia) natural a tomarse en serio, porque es la actitud más fácil de vivir. La solemnidad es propia de los hombres que no se quieren esforzar; en cambio, una carcajada exige entusiasmo. Es fácil ser tristes, y es difícil ser sencillos. Satanás cayó por la fuerza de la gravedad” (Chesterton).

    La tercera sonrisa es consecuencia de las dos anteriores. Es la sonrisa con la cual acojo a las demás personas, especialmente a aquellas con las que vivo y trabajo. Mostrándoles afecto y sin dar demasiada importancia a posibles errores o roces. Con rostro alegre, Madre Teresa de Calcuta, al recibir el Premio Nobel sorprendió al público al hacerles esta sugerencia: “Sonreíd unos a los otros, dedicad tiempo para estar junto a vuestras familias. Sonreíros mutuamente”.

    “El vestido, la sonrisa y el modo de caminar revelan cómo es cada hombre”, dice el libro de la Sabiduría.

    La sonrisa puede ser verdaderamente ese signo que permita a los demás reconocer a un cristiano.

    Carlo de Marchi

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