La fuerza de la carne del Señor se manifiesta en el don de la Eucaristía

calma«Expurgad la levadura vieja, para que seáis masa nueva, ya que sois ázimos. Porque Cristo, nuestro Cordero pascual, fue inmolado. Por tanto, celebremos la fiesta, no con levadura vieja ni con levadura de malicia y perversidad, sino con ázimos de sinceridad y de verdad» (1 Cor 5, 7-8). En estos versículos de san Pablo, con evidentes reminiscencias pascuales veterotestamentarias, el cordero inmolado prefigura a Cristo, y el pan se convierte en símbolo de la existencia cristiana.


Al pie del Monte de las Bienaventuranzas, donde Jesús había proclamado bienaventurados a los limpios de corazón, se encuentra Cafarnaúm. En la sinagoga de la ciudad maldita por el Señor (cf. Mt 11, 23), Cristo pronunció sus palabras sobre el Pan de Vida; muchos de los habitantes, que habían sido testigos de numerosos milagros, rehusaron creer en Aquel que les había sido enviado: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?» (Jn 6, 52). El abandono de muchos de sus discípulos tuvo que suponer un cruel sufrimiento para Cristo, pero el Evangelio se salvó también ese mismo día en que no le dejaron los Doce. Las «palabras de vida eterna» (Jn 6, 68), remitiéndonos a la frase de san Pedro, son duras, especialmente las que se refieren a la pureza y a la Eucaristía (cf. Mt 19, 10; Jn 6, 60). Nos vemos tentados a preguntar, como los discípulos tras el diálogo con el joven rico: «Entonces, ¿quién puede salvarse?». Sentimos entonces posarse en nosotros la mirada de Jesús, que nos dice: «Para el hombre esto es imposible; para Dios, sin embargo, todo es posible» (Mt 19, 25-26). San Elredo de Rieval, que deseaba solamente «amar y ser amado», después de haber considerado la misericordia de Dios concluía: «Para aprender a amar, que no se deje el hombre arrastrar por los impulsos de la carne. Y para que no le prenda la concupiscencia, que ponga todo su afecto en la dulce paciencia de la carne del Señor». Esta fuerza de la carne del Señor se manifiesta en el don misericordioso de la Eucaristía. (G. Derville en Amor y desamor. La pureza liberadora).

2 comentarios en “La fuerza de la carne del Señor se manifiesta en el don de la Eucaristía

  1. LA Última Cena de Jesús no fue una de tantas comidas de las que Él mantuvo con publicanos y pecadores, sino que Él mismo la sometió al esquema rígido de la Pascua que supone que debe celebrarse en el ámbito de la comunidad familiar, y así Él la hizo con su nueva familia, con los Doce, con aquellos a los que había lavado los pies. De ahí que desde el principio la celebración de la Eucaristía va precedida de cierta capacidad de discernimiento. Como señala san Pablo: «Así pues, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, por tanto, cada uno a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz, porque el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación» (1 Co 11, 27–29). Y la Didaché, uno de los testimonios más antiguos posteriores al Nuevo Testamento recoge, a comienzos del siglo II, esa tradición apostólica y hace decir al sacerdote antes de repartir el Cuerpo de Cristo: «¡Si alguno es santo, venga!; ¡El que no lo sea, que se convierta!».

    Al mismo tiempo la Eucaristía, como recuerda el Papa Francisco con la Tradición de la Iglesia, «si bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles».

    Por eso el Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda, hablando de los frutos de la comunión, que ésta nos separa del pecado, es decir, borra los pecados veniales y preserva de futuros pecados mortales.

    Así pues, la Eucaristía es el sacramento de quienes se han dejado reconciliar por el Señor, forman parte de su familia, y así se ponen en sus manos; por eso exige unas condiciones para participar en ella, presupone que ya se ha dado la incorporación al misterio de Jesús. No es el sacramento de la reconciliación, sino que es el sacramento de los reconciliados y al mismo tiempo es antídoto pues «no puede unirnos a Cristo sin purificarnos de los pecados cometidos y preservarnos de futuros pecados». Esta dialéctica, este doble punto de vista es el que nos presenta también la liturgia en sus oraciones.

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