Existe un nexo entre eucaristía, castidad y resurrección del cuerpo

pensamientos amables.jpgFrançois Mauriac había comprendido que la posesión de Dios se relacionaba con la pureza del corazón, y había visto el nexo que une el respeto al cuerpo, la encarnación de Cristo y la fracción del pan eucarístico. La comunión exige en efecto una cierta pureza: así lo ilustra una hermosa oración de comunión espiritual, donde se unen humildad, pureza y piedad: «Yo quisiera, Señor, recibiros, con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos». Un preámbulo necesario para la comunión es la absolución de los pecados graves por medio del sacramento de la penitencia: «Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor» (1 Cor 11, 27).

En cambio, la Eucaristía fortalece la pureza: comer la carne del Hijo de Dios es hacerse uno con Él, es llegar a ser puro. La unión con Cristo es prenda de resurrección eterna: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día» (Jn 6, 54). Lo mismo que el pan se ha convertido en el Cuerpo de Cristo, nuestros cuerpos, al participar en la Eucaristía, ya no son corruptibles, pues tienen la esperanza de la resurrección, como explica san Ireneo. Vivir en la tierra en Cristo resucitado (cf. Flp 3, 20) lleva consigo la exigencia del respeto hacia nuestro propio cuerpo y hacia el del prójimo: «El cuerpo es para el Señor, y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, también nos resucitará a nosotros por su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? […] No os pertenecéis […]. Glorificad a Dios en vuestro cuerpo». San Juan Pablo II ha insistido en que «en el horizonte de las palabras sobre la continencia voluntaria» permanece esencialmente la «futura antropología de la resurrección». La continencia por el Reino de los Cielos refleja el amor con el que Cristo se entrega a sí mismo en el misterio de su Pascua y en la Eucaristía. (G. Derville en Amor y desamor. La pureza liberadora)

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