La pureza es la gloria de Dios en el cuerpo humano

pureza-y-gloria-de-diosLa piedad del cristiano culmina en la adoración eucarística y se manifiesta de modo particular a través de los gestos del cuerpo, como la genuflexión. Es significativo que san Juan Pablo II ponga de relieve el nexo entre el don de piedad y la virtud de la pureza, sabiendo que el cuerpo humano es «templo del Espíritu Santo» (1 Cor 6, 19) y «miembro de Cristo» (1 Cor 6, 15): «El Espíritu Santo que, según las palabras del Apóstol, entra en el cuerpo humano como en el propio “templo”, habita en él y actúa con sus dones espirituales. Entre estos dones, conocidos en la historia de la espiritualidad como los siete dones del Espíritu Santo (cf Is 11, 2, según los Setenta y la Vulgata), el más cercano a la virtud de la pureza parece ser el “don de la piedad” (“eusebeía”, “donum pietatis”). Si la pureza dispone al hombre a “mantener el propio cuerpo en santidad y respeto”, como leemos en 1 Tes 4, 3-5, la piedad, que es don del Espíritu Santo, parece servir de un modo particular a la pureza, sensibilizando al sujeto humano sobre esa dignidad que es propia del cuerpo humano en virtud del misterio de la creación y de la redención.
»Gracias al don de piedad, las palabras de Pablo: “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros… y que no os pertenecéis?” (1 Cor 6, 19), adquieren la elocuencia de la experiencia y se hacen verdad viva y vivida en las acciones. Estas palabras, por lo tanto, dejan plenamente abierto el acceso a la experiencia del significado esponsal del cuerpo y de la libertad del don que va unida con él y en la que se revela el rostro profundo de la pureza y su vínculo orgánico con el amor».

San Juan Pablo II indica que en la época greco-romana la «eusebeía» o «pietas» «se refería generalmente a la veneración de los dioses (como “devoción”), pero conservaba todavía el sentido primitivo más amplio del respeto hacia las estructuras vitales. La eusebeía definía el comportamiento recíproco entre consanguíneos, las relaciones entre los cónyuges, y también la debida actitud de las legiones hacia César y de los esclavos hacia los señores». El don de piedad es «el don del respeto a lo sagrado», el reconocimiento de la creación en lo que se refiere al matrimonio, que incluye la percepción de «los dos significados inseparables del acto conyugal».
La Eucaristía es, aquí abajo, la anticipación más elevada de la gloria del Cielo. Pues bien, san Juan Pablo II enseña que «la pureza como virtud, o sea, capacidad de “mantener el propio cuerpo en santidad y respeto”, aliada con el don de la piedad como fruto de la morada del Espíritu Santo en el “templo” del cuerpo, confiere a este cuerpo una tal plenitud de dignidad en las relaciones interpersonales que Dios mismo es glorificado en él. La pureza es la gloria del cuerpo humano ante Dios. Es la gloria de Dios en el cuerpo humano, a través del cual se manifiestan la masculinidad y la feminidad». El cristiano es templo de Dios de modo particularmente misterioso e inefable cuando recibe al Señor real y sustancialmente presente en la Sagrada Eucaristía. (G. Derville en Amor y desamor. La pureza liberadora)

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