Algunos “entrenamientos” para ganar en paciencia

pacienciaNo podemos pensar ni pensamos todos de la misma manera. La sensatez humana debe hacerte comprender que es más fácil y más fructífero sobrellevar pacientemente a los demás que esperar que cambien costumbres adquiridas durante años para adaptarse a ti. Tu experiencia personal tiene que llevarte a entender que los demás lamentan sinceramente estar sujetos a defectos irritantes. ¿Por qué no ser paciente y perdonar?
Las sugerencias que siguen quizá te sean de ayuda para practicar la paciencia:

—Busca o presume causas eximentes. Aunque nunca se debe aprobar lo que está mal hecho, intenta encontrar o suponer motivos de disculpa, porque puede que la persona que yerra haya sucumbido a una fuerte tentación, o que carezca del necesario conocimiento de la gravedad de sus actos. Debes mantener los ojos abiertos a toda la verdad, no sea que tus juicios precipitados o tus prejuicios solo te dejen ver parte de ella. Este fue el espíritu del Salvador en la cruz cuando oró así: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen».
Es una simple cuestión de humanidad no hacer un recuento demasiado severo de las ofensas ajenas para que, a su vez, los demás tengan paciencia contigo. Si cada uno de nosotros se arroga el derecho a escarbar en los fallos de otros, no saldrá nada adelante: solo habrá motivos para riñas y disputas. Por otra parte, donde hay paciencia, contención y una carga recíproca de los pesos de la vida, esta resulta más ligera.
Tu inclinación natural a juzgar temerariamente a los demás y a tratarlos con severidad es una incoherencia por tu parte, porque cuando eres tú el que fallas haces distinciones sutiles y amables consideraciones que te niegas a utilizar con los actos de otros.
Si empleas la medida que el Señor debe aplicar contigo, descubrirás tus graves deficiencias en multitud de aspectos. La mayoría de nosotros tenemos mucho que barrer en nuestras propias casas como para ocuparnos de las migajas de la ajena. San Pablo nos exhorta con estas palabras: «...sobrellevándoos unos a otros con caridad».
Juzgar con indulgencia y compasivamente la debilidad y la probable ignorancia de otros puede evitar la repetición de un acto o una palabra inconvenientes. Debe animarte un auténtico espíritu de caridad, que no es sino el espíritu de perdón y expiación de los pecados de Cristo.
—Perdona las ofensas. La conducta divina con respecto a ti se rige por tu conducta con respecto al prójimo: «Porque con el juicio con que juzguéis se os juzgará, y con la medida con que midáis se os medirá», dice el Señor.
Jesús es aún más concreto al hablar de que el Padre perdonará tus pecados solo si tú perdonas las ofensas que han cometido contra ti. Si no muestras misericordia, no puedes esperar más que un juicio sin misericordia. Si no quieres ser juzgado y condenado, no juzgues ni condenes. Si quieres que Dios sea benévolo contigo, sé benévolo con el prójimo. «Dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante».
El deber de perdonar es tan necesario que el Señor ha dicho: «Si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda».
La principal ofrenda que debes presentar a Dios es un corazón libre de todo resentimiento hacia los demás. No te preguntes si la persona en cuestión está más equivocada que tú, o si tendría que ser ella quien diera el primer paso. Aclara cualquier malentendido lo antes posible mediante una sincera explicación. Si es el otro el que se adelanta a ofrecer excusas, perdónale enseguida, porque el Señor ha dicho: «Porque si les perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados».
Si quieres obtener de Dios el perdón por los pecados que has cometido contra Él, debes perdonar de corazón a quienes te han ofendido a ti. Es más, debes rezar por ellos, como hizo Jesús: esa es la mayor obra de caridad.
—Soporta con paciencia la injusticia. Cuando es voluntad de Dios permitir que sufras a la sombra de una falsa sospecha, de un juicio errado, de la calumnia o de la maledicencia, procura recordar las siguientes indicaciones:
—Intenta comprender que es Dios quien permite lo que sucede. San Francisco de Sales nos proporciona este consejo: «Hay que tener paciencia no solo para estar enfermo, sino también para tener la enfermedad que Dios quiere, donde quiere, entre las personas que quiere y con las incomodidades que quiere». Procura no pensar en el agravio. «La caridad es paciente». Concentrarnos en el mal que nos han hecho suele grabar más profundamente esos hechos indeseables en nuestra memoria y no elimina el mal. Abandónate plenamente en Dios y confía en que su Providencia obrará del modo más provechoso para tu alma.
No hables del tema con otros si no es para que te ayuden a hacer de la necesidad virtud. Los demás no suelen interpretarlo del modo debido. Dice san Ignacio de Loyola: «Si no sentimos en nosotros una paciencia perfecta, tenemos una buena razón para quejarnos de la sensualidad de nuestra carne, de no ser mortificados y no morir a las cosas de este mundo, como es nuestro deber, en lugar de acusar a quienes nos cubren de insultos e ignominia». Junto a Cristo en el patio de Herodes, aprende a soportar honrosamente los desaires, las contrariedades y las lenguas afiladas. La justicia prevalecerá. Dios enderezará lo torcido, si no en esta vida, en el Juicio Final.
—Que la cruz sirva a tu alma de fuente de santificación y no de tormento. Ofrece el dolor que hayas de sufrir en expiación por los pecados —los tuyos y los de otros— y en beneficio de quienes han sido injustos contigo.
—Encuentra fortaleza y consuelo en la oración. Necesitas la gracia de Dios para convertir cualquier dificultad en un medio de mayor santidad personal. La oración te asegura esa gracia: con ella puedes conquistar cualquier cosa, y nada sin ella. No hace falta que tu oración sea larga, sino breve y concreta. Dedica tiempo a rezar por lo que conviene a Cristo y a su Iglesia, hoy perseguida en tantos países. Reza para contrarrestar los males morales que predominan incluso entre los católicos.
—Pide la gracia de la conversión para quienes yerran. Quienes están en el error, a no ser que se obstinen irremediablemente en él o permanezcan totalmente ciegos, serán llevados, por la gracia de Dios, a una saludable comprensión de sus malas obras gracias a tu paciencia.
—Practica la devoción de reparación al Sagrado Corazón. Pídele a Jesús, paciente y sufrido Salvador, un espíritu tolerante para con las obras de los demás. Pídele la fuerza para influir en ellos, ante todo a través del ejemplo, de modo que abandonen sus malos hábitos. Pídele la gracia de recordar lo pacientes que son otros contigo. Y, sobre todo, pide a Jesús crucificado una comprensión —con obras y más perfecta— de su gran ejemplo de perdón que te permita aprender a tener paciencia con los demás. (L. G. Lovasik en El poder oculto de la amabilidad)

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2 comentarios en “Algunos “entrenamientos” para ganar en paciencia

  1. Paciencia, paciencia, paciencia… Paciencia ante el atasco de veinte minutos a primera hora de la mañana. Paciencia ante el lloro desconsolado e intenso de bebé que no deja dormir ni tres horas seguidas. Paciencia cuando las cosas van mal. Y más paciencia… ante la cola interminable de atención al viajero por retrasos en el tren o ante la promesa de que el final de la crisis económica está a la vuelta de la esquina. Más allá de cómo se reaccione o deje de reaccionar ante tales circunstancias, los expertos están de acuerdo en la necesidad de conquistar una buena dosis de paciencia para no sucumbir a los accesos de ira o de rabia que pueda provocar tales situaciones. Hasta aquí nada que objetar, salvo que no es tan fácil adquirir esta paciencia. ¿Cómo se consigue ser realmente más paciente?

    No siempre es suficiente contar hasta diez. “Para aprender a tener más paciencia hemos de ver las situaciones externas como una escuela de aprendizaje, como un entrenamiento”, apunta Assumpció Salat, psicóloga, directora del centro de psicología Àgape y autora de El desarrollo de la conciencia (Uno editorial). Maria Mercè Conangla, psicóloga, cofundadora de la Fundació Àmbit, añade que la paciencia es un valor humano que supone el cultivo del respeto y aceptación de que las cosas suceden con un ritmo distinto al que se espera o desea. Y no es tan fácil “porque parte de la comprensión de que todo tiene su tiempo; no se pueden acelerar los procesos de la persona y la naturaleza porque si se intenta se está creando de alguna manera u otra tensión y violencia al querer forzar una circunstancia según nuestro criterio”. Juan Cruz, psicólogo clínico y fundador de Diotocio.com (desarrollo integral de ocio y tiempo y libre), lanza una pregunta: “¿Tengo motivos para sentirme impaciente? Si la respuesta es afirmativa, es lógico que sientas impaciencia, pero también es oportuno preguntarse por las consecuencias de esta impaciencia”. ¿Somos más resolutivos mostrando impaciencia o mejor cultivar la paciencia? Si se puede incidir en las circunstancias, la impaciencia puede ser un combustible que hay que saber emplearlo. Pero si las circunstancias son inamovibles (un atasco, un hecho traumático), tal vez es más productivo cultivar esta paciencia. Aunque sea por salud.

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