Los más valientes son los que mejor aguantan las imperfecciones de los demás

pacienciaLa ley de Cristo no es solamente la ley de la caridad: lo es también del sacrificio de uno mismo: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga». San Pablo lo expresa bien cuando afirma: «Llevad los unos las cargas de los otros… Así cumpliréis la ley de Cristo». Lo que el apóstol llama «carga» Cristo lo describe como «cruz». Puesto que es Dios mismo quien deliberadamente coloca a tu lado al prójimo, y puesto que es también Él quien hace recaer el peso de esa cruz sobre ti, debes ver en la carga del otro «tu cruz» y llevarla como si fuera tuya. Que el Señor sea tu ejemplo. Las cargas de los otros fueron su cruz. «Cargó con nuestros dolores», dice el profeta.

Todos somos a veces una carga para Dios. ¿Qué sería de ti si despertaras en su Corazón un sentimiento de rechazo? ¿Qué sería de ti si perdiera la paciencia contigo?
Una antigua leyenda oriental cuenta la historia de un forastero a quien un hombre hospedó en su tienda. En mitad de la noche, el forastero se levantó y, nervioso porque no conseguía conciliar el sueño, blasfemó contra Dios. Su blasfemia despertó al dueño de la tienda, que, escandalizado, lo echó de allí. Dicen que, por la mañana, se le apareció un ángel que le dijo: «Te envié un forastero para que lo alojaras. ¿Dónde está?». «No le dejé quedarse», explicó el hombre, «porque blasfemó contra Dios». «Dios lleva cuarenta años siendo paciente con él», contestó el ángel, «¿y tú no has podido serlo ni una noche?».
Ten por seguro que Dios no dejará nunca de tener paciencia contigo. Agradece al Señor que lleve sobre sí tus cargas, tus pecados y lo irritante que eres. Levántate y carga con una pequeña parte de la cruz: sé paciente con las debilidades de quienes te rodean y acompaña así, como Simón de Cirene, al divino portador de la cruz cumpliendo su mandato: «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros». Solo si cumples la ley que el Señor nos ha dejado con su ejemplo y te haces como Cristo en el amor al prójimo, podrás llamarte con justicia cristiano.
La práctica de la mutua paciencia, pasar por alto los defectos ajenos y llevar las cargas unos de otros es la condición más elemental de toda la actividad del hombre en la familia, en el trabajo y en las relaciones sociales. San Francisco de Sales dice: «Los hombres deben ser pacientes unos con otros, y los más valientes son los que mejor aguantan las imperfecciones del prójimo». A la pobre naturaleza humana le cuesta lograr el arte de llevar las cargas de los demás, pero una vez alcanzado, produce mucha paz de espíritu y de corazón, tanto en uno mismo como en los otros. Este arte exige mucha humildad y una probada lealtad a Cristo. (L. G. Lovasik en El poder oculto de la amabilidad)

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3 comentarios en “Los más valientes son los que mejor aguantan las imperfecciones de los demás

  1. «Soportar con paciencia los defectos del prójimo». Esta es una de las obras de misericordia espirituales propuestas por la Iglesia.
    Quien vive esto en grado máximo es Dios, que es un Padre que soporta con paciencia nuestros fallos, porque Él conoce nuestra condición, se acuerda de que somos polvo (cf. Sal 103).
    Podemos pensar también en las muchas personas que a lo largo de nuestra vida nos han soportado: padres, hermanos, hijos, maestros, jefes, subalternos… Sería interminable la lista de personas que, soportando nuestros defectos, han dado consuelo a nuestro corazón, especialmente en los momentos de dificultad, cuando pareciera que nuestros defectos brotan naturalmente.

    Estamos viviendo un año jubilar dedicado a la misericordia, en el que la Iglesia nos invita a vivir a fondo el Evangelio, haciéndolo carne con nuestras obras. «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (cf. Lc 6,36).

    Lo primero que hay que decir es que ésta, como todas las demás obras de misericordia, nace de un corazón que ha hecho esa experiencia. «Estamos llamados a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia» (cf. Papa Francisco, Misericordiae Vultus, n. 9). Por tanto, hay que empezar por cultivar en nuestro corazón una sincera gratitud a Dios y a las personas que en nuestra vida nos han soportado con paciencia.

    Una vez hecho esto, en la práctica hay dos formas de vivir esta obra, una externa y otra interna. La externa consistirá en cosas como sonreír cuando alguno nos importuna, responder de buena forma cuando quisiéramos mostrar enojo, ser pacientes con los molestos… Esto será ya un gran paso, pero para vivir a fondo esta obra, deberemos dar el paso a una vivencia más perfecta, es decir, interna.

    Se trata de formar un corazón compasivo y misericordioso, que sabe no sólo soportar, sino hacerlo con verdadera paciencia. Un corazón que no se indigna ante los defectos de los demás, sino que sabe soportar desde dentro y aguantar, porque es consciente de que todos somos débiles y de que nadie es perfecto. Un corazón así hace vida lo que San Pablo escribía en el himno a la caridad: «El amor es paciente, es bondadoso» (cf. 1 Co 13, 4).

    Aprovechemos este tiempo en que Dios nos ofrece una gracia especial para vivir la misericordia. Confiemos en que su promesa se cumplirá: «Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia» (cf. Mt 5,7).

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