Te vuelves puro, no por ti mismo, sino por Él, que viene a habitar en ti

purezaEl diálogo de Cristo con la samaritana sobrepasa y trasciende la rivalidad entre los dos templos, el de Jerusalén y el del monte Garizim. En efecto, Jesús explica que «llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre». Anteriormente, cuando Cristo expulsó a los vendedores del Templo (cf. Jn 2, 13-22), respondió a una pregunta de los judíos: «Destruid este Templo y en tres días lo levantaré». Juan explica que Jesús «se refería al Templo de su cuerpo» y que los discípulos lo recordaron después de la resurrección. El mismo episodio que fortaleció la fe de los discípulos serviría como causa de la condena del Señor. En efecto, Juan termina diciendo que al volver a su memoria este diálogo «creyeron en la Escritura y en las palabras que había pronunciado Jesús» (Jn 2, 22), mientras que cuando Jesús compareció ante el Sanedrín, su profecía fue interpretada en sentido contrario, partiendo de una cita falseada: «Nosotros le hemos oído decir: “Yo destruiré este Templo hecho por mano de hombre, y en tres días edificaré otro no hecho por mano de hombre”» (Mc 14, 58). Jesús hablaba del Templo de su Cuerpo, del Templo escatológico, de la Iglesia. La tipología del templo presenta un punto de encuentro entre culto y castidad. La idolatría es contraria a la adoración en espíritu y en verdad, no respeta el verdadero templo de Dios que puede ser cada persona, lo mismo que la falta de castidad deteriora su plena unidad, su armonía interior. Cuando el cuerpo y el alma están sometidos a la razón, la persona se convierte en morada de Dios. Y dice san Agustín: «Te vuelves puro, no por ti mismo, sino por el que viene a habitar en ti». (G. Derville en Amor y desamor. La pureza liberadora)

2 comentarios en “Te vuelves puro, no por ti mismo, sino por Él, que viene a habitar en ti

  1. La esencia del mensaje cristiano es de sobra conocida: Jesús ajusticiado de forma cruel por obra y gracia de las autoridades judías y el ejército romano, no terminó aniquilado inicuamente en un sepulcro. Nada de eso. Dios Padre, a quien tanto apelaba Jesús, dio la cara por esta víctima inocente, aplastada por el sufrimiento y procediendo como dador de la vida y juez insobornable, lo rescató de las vendas y la oscuridad del sepulcro y por pura gracia lo hizo participar de su gloria y su plenitud. Nunca más sería barrido por la fragilidad. Jesús es el viviente, y eso no significa otra cosa, sino patentar a los cuatro vientos que cuantos vivan como Él vivió, no serán consumidos por la mortalidad, sino serán participes de la fiesta que no termina. De ahí la urgencia de abandonar la levadura del paso y vivir como masa nueva, como panes expurgados de la levadura del pecado.

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