La pureza convierte la existencia misma en culto a Dios

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Nos recuerda san Pablo: «¿No sabéis que un poco de levadura hace fermentar la masa? Expurgad la levadura vieja para que seáis masa nueva, ya que sois ázimos. Porque Cristo, nuestro Cordero pascual, fue inmolado. Por tanto, celebremos la fiesta, no con levadura vieja ni con levadura de malicia y de perversidad, sino con ázimos de sinceridad y de verdad» (1 Cor 5, 6-8). Joseph Ratzinger apunta a esta elevación del culto formal: «La antigua categoría cultual de la pureza se convierte ahora en una categoría de vida: no se piensa en purificaciones rituales, sino en la apertura a una nueva vida». La existencia misma se hace culto.

Así como el Señor no acepta un culto formal sino que espera una nueva conversión de todo nuestro ser, también la castidad implica una actitud interior auténtica. El culto que los cananeos rendían a sus ídolos estaba considerado como prostitución a causa de sus prácticas de prostitución sagrada (cf. Ex 34, 15). La relación entre culto y castidad se desprende de la lectura de Oseas, Jeremías y luego Ezequiel. En efecto, esos profetas consideran el falso culto, la idolatría, como un adulterio; y comparan al pueblo de Dios con una prostituta. Oseas afirma que Dios ama a su pueblo como Oseas a la mujer infiel (cf. Os 3, 1). Pero Dios, fiel y misericordioso, perdona siempre: la alianza con Israel se compara al compromiso exclusivo y estable del amor conyugal. Jeremías, por su parte, se lamenta de la infidelidad que ha llevado a Israel a la esclavitud y a la idolatría. Presenta el lazo entre Dios y su pueblo como un amor nupcial, y la alianza rota se transformará en una nueva alianza establecida en el corazón del hombre (cf. Jr 31, 31): «Pondré mi Ley en su pecho y la escribiré en su corazón» (Jr 31, 33). Por último, Ezequiel denuncia la idolatría de Jerusalén insistiendo en la acusación de prostitución y de adulterio (cf. Ez 16 y 23), para terminar llamando al arrepentimiento y asegurando el perdón de Dios.
El sexto y el noveno mandamientos se refieren directamente a la castidad: «No cometerás adulterio» y «no desearás a la mujer de tu prójimo». Estos dos mandamientos son indisociables del primero: «No tendrás otro dios fuera de Mí» (Ex 20, 3). En el capítulo 17 del Apocalipsis encontramos de nuevo la relación que los profetas establecen entre adulterio e idolatría. En ese sentido, es comprensible que san Jerónimo comente así la parábola de las vírgenes prudentes y las vírgenes necias (cf. Mt 25), aplicando la virginidad a quienes creen en Dios: «Todos ellos son llamados vírgenes porque se glorían del Dios único y su espíritu no ha sido violado por múltiples idolatrías». (G. Derville en Amor y desamor. La pureza liberadora)

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2 comentarios en “La pureza convierte la existencia misma en culto a Dios

  1. La verdadera pureza que trae el cristianismo va más allá de una mera “pureza ritual”, y también de una mera exigencia para la voluntad (una suprema exigencia moral). La verdadera pureza es la del amor a Dios y a los demás, en identificación con Cristo, y por tanto vivido en la Iglesia con todas las consecuencias. Entre ellas está la santificación del propio cuerpo y de las demás nobles realidades humanas, para que ahí se encarne la vida divina, que la recibimos para darla.

    Pues bien, esto se realiza concretamente gracias al el sacramento del Bautismo, y por ese segundo bautismo que es la Confesión de los pecados (cf. 1 Jn 8, ss; St 5, 16): «En la confesión el Señor vuelve a lavar siempre nuestros pies sucios y nos prepara para la comunión de mesa con Él»

    Durante la JMJ de Madrid 2011, Benedicto XVI aconsejó a los jóvenes que hicieran crecer la vida en plenitud por medio de la gracia divina. Que se plantearan la santidad generosamente y sin mediocridad. Y que tuvieran presente que «ante nuestras flaquezas, que a veces nos abruman, contamos también con la misericordia del Señor, siempre dispuesto a darnos de nuevo la mano, y que nos ofrece el perdón en el sacramento de la Penitencia» (Discurso en la plaza de Cibeles, 18-VIII-2011).

    De hecho hubo esos días muchos miles de confesiones, y sigue habiéndolas, porque la verdadera pureza de corazón sólo se alcanza dejándose sumergir en el Cuerpo de Cristo, para vivir con Él por los demás.

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