Nuestra identidad es esencialmente la de hijos de Dios, de ahí la necesidad de la pureza

senza-nome-true-color-02«¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? […] ¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en vosotros y habéis recibido de Dios y que no os pertenecéis? Habéis sido comprados mediante un gran precio. Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo» (1 Cor 6; 15, 19-20). Para el bautizado, la pureza está íntimamente ligada a la corriente trinitaria de Amor de Dios. La pureza es la virtud de un hijo de Dios. San Josemaría afirma: «El que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de los que aman al Señor por encima de todas las cosas».

¿Qué relación tiene la filiación divina con la pureza?

Es fundamental, pues solamente a partir de la verdad sobre sí mismo, el hombre puede situarse y establecer relaciones auténticas con los demás. Nuestra identidad es esencialmente la de hijos de Dios. Quien es consciente de su filiación divina sabe que no se pertenece; sabe que está en el Verbo encarnado, Hijo del Padre celestial; que ha recibido el Espíritu Santo; que su cuerpo, formado en el seno de su madre, participa en la dignidad de «imagen de Dios», y que está animado por un alma espiritual [Cf. CCE, 364]: la persona humana está destinada a ser, en el Cuerpo de Cristo, templo del Espíritu. La castidad encuentra así su significado profundo en la progresiva divinización del hombre. Por medio de la pureza, el hombre se une a Dios, le glorifica, le rinde en espíritu y en verdad el culto que Jesús anunciaba a la samaritana (cf. Jn 4, 23-24), una adoración que, por el ofrecimiento de sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo, tiene su término último en la unión con Dios misericordioso [Cf. 1 P 2, 5-10; Os 2, 25.]. La condición de hijo de Dios es esencial, porque está íntimamente unida al verdadero amor, sin el cual la castidad es imposible. En efecto, Jesucristo ofrece un aspecto innovador del precepto de la caridad uniéndolo a la filiación: «Amad a vuestros enemigos […] para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5, 44-45).

Toda nuestra vida está esencialmente consagrada a rendir culto a Dios: está orientada a la gloria de Dios Padre, que desde toda la eternidad engendra virginalmente a su Palabra, el Verbo; y el vínculo de amor entre esas dos personas divinas es el Espíritu Santo. El Verbo se encarna en el seno virginal de María; su humanidad es el instrumento de nuestra salvación. En esta perspectiva, la pureza es una virtud que no puede quedar aislada de la vida de Cristo muerto y resucitado. (Fuente. G. Derville en Amor y desamor. La pureza liberadora)

 

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2 comentarios en “Nuestra identidad es esencialmente la de hijos de Dios, de ahí la necesidad de la pureza

  1. El fin último de nuestro camino es el reino de Dios; pero nuestro blanco, nuestro objetivo inmediato es la pureza del corazón. Sin ella es imposible alcanzar ese fin (CASIANO, Colaciones, 1, 4).

    Oísteis que fue dicho a los antiguos: No adulteraras. Pues yo os digo que todo aquel que pusiese los ojos en una mujer para codiciarla, ya cometió adulterio en su corazón con ella. La justicia menor prohíbe cometer adulterio mediante la unión de los cuerpos; mas la justicia mas perfecta del reino de los cielos prohíbe cometerlo en el corazón. Y quien no comete adulterio en el corazón, mucho mas fácilmente cuida de no cometerlo con el cuerpo (SAN AGUSTÍN, Sobre el Sermón de la Montaña, 1, 23).

    No se alcanza de golpe la perfección por solo desprenderse y renunciar a todas las riquezas y despreciar los honores, si no se añade esta caridad que el Apóstol describe en sus diversos aspectos. En efecto, ella consiste en la pureza de corazón. Porque el no actuar con frivolidad, ni buscar el propio interés, ni alegrarse con la injusticia, ni tener en cuenta el mal, y todo lo demás, ¿qué otra cosa es sino ofrecer continuamente a Dios un corazón perfecto y purísimo, y guardarlo intacto de toda conmoción de las pasiones? (CASIANO, Première Conférence, 6-7. En “Sources chretiennes”, 42, Le Cerf, 1955, p. 84).

    No es pequeño el corazón del hombre capaz de abarcar tantas cosas. Si no es pequeño y si puede abarcar tantas cosas, se puede preparar en él un camino al Señor y trazar una senda derecha por donde camine la Palabra, la Sabiduría de Dios. Prepara un camino al Señor por medio de una buena conciencia, allana la senda para que el Verbo de Dios marche por ti sin tropiezos y te conceda el conocimiento de sus misterios y de su venida (ORÍGENES, Hom. 21 sobre S. Lucas

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