El arquetipo de la virginidad está en Dios

pureza2.jpgGregorio Nacianceno no duda en afirmar que «la primera virgen es la Trinidad Inmaculada». Al estar la virginidad íntimamente unida a lo divino, es coherente, según Gregorio de Nisa, que Jesús nazca de una Madre Virgen: «Pienso que la razón por la que Nuestro Señor Jesucristo, fuente de la incorrupción, no vino a este mundo a través de la obra de las bodas, es esta: para mostrar este gran misterio por el modo de su humanización (“enanthropeseos”, literalmente: el hecho de hacerse humano, humanizarse), es decir, para mostrar que solo la pureza es capaz de acoger la manifestación y venida de Dios». El arquetipo de la virginidad está en Dios: la virginidad originaria de Adán y Eva en el paraíso terrenal, refleja en la creación la virginidad de Dios. El amor de Dios por los hombres se expresa así, no solo por la encarnación sino también por la virginidad que Dios concede a quien Él quiere.

Por otra parte, es cierto que el concepto de virginidad en Gregorio suele superar al de castidad para referirse a esa virginidad interior que, de algún modo, es el fruto de la vida espiritual, la imitación de Dios a cuya imagen hemos sido creados: es la pureza en todos los aspectos de la vida. El Verbo viene a habitar en el alma y, por lo tanto, con Él el Padre al que el Verbo nos ha dado a conocer. Nosotros participamos de su pureza. La virginidad para san Gregorio llega a englobar el matrimonio, y es sobre todo una grandeza de alma, la unión con Dios en el seguimiento de Cristo. La castidad se convierte en una identificación con Cristo en el don de uno mismo como ofrenda sacrificial del cristiano [6]. Ciertamente, Gregorio de Nisa, junto a esas sugerentes consideraciones sobre la Trinidad, la encarnación y el designio divino, proporciona unos conceptos antropológicos ampliamente superados por la enseñanza cristiana, pues la unión del hombre y la mujer no entra, según él, en el plan primitivo de Dios, aunque defiende la legitimidad del matrimonio cristiano advirtiendo que ciertos rigoristas lo califican de abominable, a pesar de haber nacido de él.

2 comentarios en “El arquetipo de la virginidad está en Dios

  1. Al ángel, que le anuncia la concepción y el nacimiento de Jesús, María le dirige una pregunta: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» (Lc 1,34). Esa pregunta resulta, por lo menos, sorprendente si recordamos los relatos bíblicos que refieren el anuncio de un nacimiento extraordinario a una mujer estéril. En esos casos se trata de mujeres casadas, naturalmente estériles, a las que Dios ofrece el don del hijo a través de la vida conyugal normal (cf. 1 S 1,19-20), como respuesta a oraciones conmovedoras (cf. Gn 15,2; 30,22-23; 1 S 1,10; Lc 1,13).

    Es diversa la situación en que María recibe el anuncio del ángel. No es una mujer casada que tenga problemas de esterilidad; por elección voluntaria quiere permanecer virgen. Por consiguiente, su propósito de virginidad, fruto de amor al Señor, constituye, al parecer, un obstáculo a la maternidad anunciada.

    A primera vista, las palabras de María parecen expresar solamente su estado actual de virginidad: María afirmaría que no «conoce» varón, es decir, que es virgen. Sin embargo, el contexto en el que plantea la pregunta «¿cómo será eso?» y la afirmación siguiente: «no conozco varón», ponen de relieve tanto la virginidad actual de María como su propósito de permanecer virgen. La expresión que usa, con la forma verbal en presente, deja traslucir la permanencia y la continuidad de su estado.

    . María, al presentar esta dificultad, lejos de oponerse al proyecto divino, manifiesta la intención de aceptarlo totalmente. Por lo demás, la joven de Nazaret vivió siempre en plena sintonía con la voluntad divina y optó por una vida virginal con el deseo de agradar al Señor. En realidad, su propósito de virginidad la disponía a acoger la voluntad divina «con todo su yo, humano, femenino, y en esta respuesta de fe estaban contenidas una cooperación perfecta con la gracia de Dios que previene y socorre y una disponibilidad perfecta a la acción del Espíritu Santo» (Redemptoris Mater, 13).

    A algunos, las palabras e intenciones de María les parecen inverosímiles, teniendo presente que en el ambiente judío la virginidad no se consideraba un valor ni un ideal. Los mismos escritos del Antiguo Testamento lo confirman en varios episodios y expresiones conocidos. El libro de los Jueces refiere, por ejemplo, que la hija de Jefté, teniendo que afrontar la muerte siendo aún joven núbil, llora su virginidad, es decir, se lamenta de no haber podido casarse (cf. Jc 11,38). Además, en virtud del mandato divino: «Sed fecundos y multiplicaos» (Gn 1,28), el matrimonio es considerado la vocación natural de la mujer, que conlleva las alegrías y los sufrimientos propios de la maternidad.

    . Así pues, se debe afirmar que lo que guió a María hacia el ideal de la virginidad fue una inspiración excepcional del mismo Espíritu Santo que, en el decurso de la historia de la Iglesia, impulsaría a tantas mujeres a seguir el camino de la consagración virginal.

    La presencia singular de la gracia en la vida de María lleva a la conclusión de que la joven tenía un compromiso de virginidad. Colmada de dones excepcionales del Señor desde el inicio de su existencia, está orientada a una entrega total, en alma y cuerpo, a Dios con el ofrecimiento de su virginidad.

    Además, la aspiración a la vida virginal estaba en armonía con aquella «pobreza» ante Dios, a la que el Antiguo Testamento atribuye gran valor. María, al comprometerse plenamente en este camino, renuncia también a la maternidad, riqueza personal de la mujer, tan apreciada en Israel. acogen». Pero, presentándose como pobre ante Dios, y buscando una fecundidad sólo espiritual, fruto del amor divino, en el momento de la Anunciación María descubre que el Señor ha transformado su pobreza en riqueza: será la Madre virgen del Hijo del Altísimo. Más tarde descubrirá también que su maternidad está destinada a extenderse a todos los hombres que el Hijo ha venido a salvar (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 501).

    Está tomado del ‘Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 26-VII-96]

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