Esfuérzate por ser más generoso con los demás

generosidad.jpgLa humildad exige generosidad. Quien es noble y santo está pendiente de los demás y de buscar su bien. San Pablo insiste en esta otra cualidad de la caridad: buscar «no el propio interés, sino el de los demás». Puesto que la caridad empieza por uno mismo, perseguir el bien propio no es algo condenable, pero no hay que detenerse ahí. El recto amor a uno mismo es la regla del amor fraterno, ya que se nos manda amar al prójimo como a nosotros mismos. Lo que merece censura es el interés exclusivo en uno mismo. 
«Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús», dice san Pablo. El objetivo de que nuestros sentimientos se parezcan a los de Cristo es, además de una noble ambición, un privilegio extraordinario. Si piensas en los «sentimientos de Cristo» hacia ti —cómo en toda circunstancia de tu vida vela por tu interés cuando podría dejar que la justicia siguiera su curso—, estarás más dispuesto a comportarte con humildad de espíritu en tu trato con el prójimo.

PropósitoPídele al Señor la virtud de la humildad y que tu caridad sea auténtica. Él nos ha dicho de sí mismo: «Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (L. G. Lovasik en El poder oculto de la amabilidad).

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Un comentario en “Esfuérzate por ser más generoso con los demás

  1. Aristóteles escribe: “El que merece cosas pequeñas y pretende ésas, es modesto […] El que se juzga a sí mismo digno de grandes cosas siendo indigno es vanidoso […] El que se juzga digno de menos de lo que merece es pusilánime, ya sea mucho o regular lo que merezca, o poco y crea merecer aún menos”. Lo importante no es aspirar a mucho o a poco, sino en cada caso a lo que es razonable según una apreciación objetiva y serena de la realidad, no forzada por la pasión.

    La importancia de la humildad consiste no tanto en que ella realice positivamente alguna de las dimensiones del bien humano, sino en que a ella le corresponde preservar las realizaciones del conocimiento, del amor, del trabajo, etc. de deformaciones que pueden privarlas de su auténtico valor. El orgulloso es egocéntrico, y difícilmente es capaz de verdadero amor, ve el trabajo profesional sólo como una forma de autoafirmación, y no como una modalidad de autotrascendencia que enriquece el mundo y contribuye al bien de los demás.

    El ansia de notoriedad es propia de una personalidad débil e inmadura que necesita constantemente sentirse aprobada y alabada por los que tiene alrededor. Busca satisfacer esa necesidad por todos los medios a su alcance: utiliza sus bienes e instrumentaliza su saber y su trabajo al prestigio y a la estimación pública, o quiere dar que hablar mediante conductas llamativas o incluso absurdas, o busca la aprobación del grupo aceptando las ideas y las costumbres dominantes, aunque sean contrarias a las propias convicciones profundas. Otras veces se opta por la vanidad, es decir, por aparentar lo que no se es, adoptando con ese fin comportamientos falsos o poco auténticos. Detrás de este último fenómeno, a pesar de las apariencias, se esconde una personalidad frágil y menesterosa, que a menudo se tortura con comparaciones y envidias. El orgulloso es en cambio una personalidad dura, generadora de conflictos, con frecuencia agresiva o violenta, juzga todo y a todos (espíritu crítico), piensa que siempre tiene razón, se siente superior a todos y a todo, quizá “premia” a quien se le somete, pero difícilmente ama y se entrega a alguien, y difícilmente puede ser amado, aunque sí temido. Admira y respeta sólo a sí mismo, tiende al narcisismo. El orgulloso es con frecuencia susceptible o arrogante. Choca con los demás, y con la realidad misma, porque su nivel de aspiraciones es superior a sus verdaderas capacidades. A veces sus capacidades son en realidad elevadas, pero le falta cordura para gobernarlas, evitando que “se le suban a la cabeza”.

    La humildad enseñada por el Señor es también la otra cara de la caridad hacia el prójimo. Quien es consciente de ser nada ante la majestad de Dios, evita el orgullo y el desprecio del prójimo, sabe comprender a los demás, incluidos sus errores. Sólo quien piensa que no se ha equivocado nunca se horroriza ante los errores de los demás . La humildad es en todo caso verdad, verdadero conocimiento de sí mismo, y por ello no impide reconocer las buenas cualidades que se poseen, pero lleva a no olvidar que han sido recibidas de Dios como dones para poner generosamente al servicio de los demás. El Señor condena la falsa humildad de quien esconde el talento recibido, que se debía haber hecho fructificar en servicio de Dios y de los demás. Esa fecundidad llega a través de la dirección espiritual donde el Espíritu Santo modela el alma. (Como barro en manos del alfarero). Las enseñanzas de San Pablo acerca de los fuertes y los débiles en la fe y en la ciencia muestran elocuentemente que las propias cualidades, e incluso el bien precioso de la legítima libertad cristiana, no se han de ver como una barrera que nos protege de las exigencias de los demás, sino como un recurso que se pone gustosamente a su servicio. Cristo cargó sobre sí el peso de nuestros pecados, entregando su vida por nosotros, y también así nos dio ejemplo de humildad de corazón. . Para concluir estas reflexiones nos limitaremos a reproducir una página de San Josemaría Escrivá, cuya elocuencia hace inútil cualquier comentario. “Déjame que te recuerde, entre otras, algunas señales evidentes de falta de humildad:

    —pensar que lo que haces o dices está mejor hecho o dicho que lo de los demás;
    —querer salirte siempre con la tuya;
    —disputar sin razón o —cuando la tienes— insistir con tozudez y de mala manera;
    —dar tu parecer sin que te lo pidan, ni lo exija la caridad;
    —despreciar el punto de vista de los demás;
    —no mirar todos tus dones y cualidades como prestados;
    —no reconocer que eres indigno de toda honra y estima, incluso de la tierra que pisas y de las cosas que posees;
    —citarte a ti mismo como ejemplo en las conversaciones;
    —hablar mal de ti mismo, para que formen un buen juicio de ti o te contradigan;
    —excusarte cuando se te reprende;
    —encubrir al Director algunas faltas humillantes, para que no pierda el concepto que de ti tiene;
    —oír con complacencia que te alaben, o alegrarte de que hayan hablado bien de ti;
    —dolerte de que otros sean más estimados que tú;
    —negarte a desempeñar oficios inferiores;
    —buscar o desear singularizarte;
    —insinuar en la conversación palabras de alabanza propia o que dan a entender tu honradez, tu ingenio o destreza, tu prestigio profesional…;
    —avergonzarte porque careces de ciertos bienes….

    BASADO EN UN ESCRITO DE ALMUDI

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