Aspira a pensar,sentir y obrar como lo haría el mismo Jesús

humildadLa voluntad del Padre encuentra la cumbre de su cumplimiento en la Cruz. San Pablo lo indica cuando nos invita a tener los mismos sentimientos de Cristo, «obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 8). Para un cristiano, cualquier virtud –incluida la castidad– es inseparable de esta aspiración a pensar, a meditar, a hacer proyectos que se adecúen a los del mismo Jesús. El verbo griego «froneo» que emplea san Pablo (Flp 2, 5) y que nosotros traducimos por la idea de «compartir los sentimientos», recuerda el vínculo que, en un mismo Cuerpo, une a Cristo Cabeza con nosotros, sus miembros. A la intención personal se añade la condición misma de ese deseo de unión de los sentimientos.

Cristo expulsaba los espíritus inmundos: «¡Cállate y sal de él!» (Mc 1, 25), dijo a un poseso. Es el oscuro misterio del mal. En la cruz, escribe san Juan, «entregó el espíritu» (Jn 19, 30), literalmente «transmitió el espíritu»: es la luz cegadora del bien. El evangelista sugiere que el don del Espíritu comienza en el momento de la consumación del sacrificio de la cruz. El que ha acallado a la impureza nos hace oír al amor puro y sincero. La revelación suprema del amor de Dios en la cruz se hace presente en el culto eucarístico. ¿Existe una cierta conexión de todo esto con la pureza? Es lo que nos interesa contemplar ahora. (G. Derville en Amor y desamor. La pureza liberadora).

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2 comentarios en “Aspira a pensar,sentir y obrar como lo haría el mismo Jesús

  1. El sacrificio de la cruz es el culmen de una vida en la cual hemos leído, siguiendo los textos del evangelio, la verdad sobre el Espíritu Santo, a partir del momento de la encarnación.

    Fijo la atención en las últimas palabras que pronunció Jesús en su agonía en el Calvario. En el texto de Lucas se escribe: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23,46). Aunque estas palabras, excepto la invocación de «Padre», provienen del salmo 30/31, sin embargo, en el contexto del evangelio adquieren otro significado. El salmista rogaba a Dios que lo salvase de la muerte; Jesús en la cruz, por el contrario, precisamente con las palabras del salmista acepta la muerte, entregando su espíritu al Padre (es decir, «su vida»). El salmista se dirige a Dios como a liberador; Jesús encomienda (es decir, entrega) su espíritu al Padre con la perspectiva de la resurrección. Confía al Padre la plenitud de su humanidad, en la cual subsiste el Yo divino del Hijo unido al Padre en el Espíritu Santo. Sin embargo la presencia del Espíritu Santo no se manifiesta de modo explícito en el texto de Lucas, como sucederá en la Carta a los Hebreos (9,14).
    El AMOR puro y sincero se hace presente en la Eucaristía, en el que se consigue un vínculo entre Cristo y las criaturas, en el que nos invita a tener sus mismos sentimientos.

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