La oración que tienda a dominar la sensualidad encuentra su fuerza en la oración de Cristo

polvo caballoLa naturaleza humana de Cristo tenía sensibilidad y afectividad. De ahí que la tendencia, el deseo espontáneo de no sufrir y de no morir, inscritos por Dios en la naturaleza humana, no sean malos. Cristo los sometió a su voluntad divina integrándolos en la aceptación de la voluntad del Padre. Este es todo el misterio de la oración de Jesús en el Huerto de los Olivos: «Padre mío, si es posible, aleja de mí este cáliz, pero no sea tal como yo quiero, sino como quieras tú» (Mt 26, 39) [39].
Santo Tomás de Aquino se preguntaba sobre esta oración de Cristo: ¿se trata de una petición guiada por el apetito sensible? ¿Expresa una tendencia espontánea, participa de la voluntad? El Aquinate responde que el apetito sensible de Jesús obedece a su razón y participa de la voluntad, y cita para explicarlo el Salmo 84 [83], 3Mi corazón y mi carne se alegran por el Dios vivo»): «La carne exulta en el Dios vivo, no por un acto de la carne elevándose a Dios, sino por un gozarse del corazón por encima de la carne, en la medida en que el apetito sensible obedece al movimiento del apetito racional».

La oración de Cristo en Getsemaní no solo es un ejemplo para nosotros: de algún modo, nos afecta y nos impulsa hacia lo alto, porque Él es nuestra cabeza y nosotros somos los miembros de su Cuerpo. En este sentido, cualquier oración que tienda a dominar la sensualidad encuentra su fuerza en la oración de Cristo. Jesús se dirige al Padre pidiéndole la glorificación de su cuerpo y la nuestra: «Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique, ya que le diste potestad sobre toda carne, que Él dé vida eterna a todos los que Tú le has dado» (Jn 17, 1-2).
En la tradición católica, la «carne» opuesta al espíritu, no significa el cuerpo (diferenciado del alma): en sentido bíblico, hace más bien referencia a la criatura abandonada a ella misma, sin Dios. San Pablo añade la connotación de perversión debida al pecado. Esto se traduce en la búsqueda del placer inmediato, contrario a la obediencia a Dios de la que Jesucristo da en la Cruz el ejemplo más elevado. En efecto, Cristo triunfa en la Cruz: la castidad es la afirmación triunfal del amor que exige la crucifixión de todo lo que se opone a ella. Lo esencial del sacrificio de la cruz como tal, antes que la muerte misma, es la actitud interior de ofrenda. De un modo u otro, la castidad –en el matrimonio o en el celibato– es una ofrenda de uno mismo. Amor y desamor. La pureza liberadora

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Un comentario en “La oración que tienda a dominar la sensualidad encuentra su fuerza en la oración de Cristo

  1. No es suficiente el ayuno corporal para conquistar y conservar la castidad perfecta. Contra este espíritu impuro ha de proceder la contrición del corazón, junto con la oración y la reflexión constante de las Escrituras. Hay que unir, además, el conocimiento de las cosas del espíritu y el trabajo, que tienen la propiedad de reprimir la inconstancia y veleidad del corazón. Y, sobre todo, es preciso haber echado sólidos cimientos de humildad (CASIANO, Instituciones, 6, 1).

    Así como es imposible obtener la pureza si no nos cimentamos antes en la humildad, del mismo modo nadie puede llegar a la fuente de la verdadera ciencia si el vicio de la impureza permanece arraigado en el fondo del alma (CASIANO, Instituciones, 6, 18).

    El que es casto en su cuerpo, no se gloríe de ello: sepa que de otro le viene la perseverancia en este don (SAN CLEMENTE, Epíst. a los Corintios, 38, 2).

    El sentimiento de altivez que podría producir en nosotros la guarda de una falsa pureza, si descuidáramos la humildad, sería peor que muchos pecados e ignominias. Y cualquiera que fuere el posible grado de perfección en este aspecto, esa soberbia sería causa de que perdiésemos todo el merecimiento de nuestra castidad (CASIANO, Colaciones, 4, 16).

    …] sin ser (la pureza) la única ni la primera (virtud), sin embargo actúa en la vida cristiana como la sal que preserva de la corrupción, y constituye la piedra de toque para el alma apostólica (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ,Amigos de Dios, 175).

    Comparo esta virtud a unas alas que nos permiten transmitir los mandatos, la doctrina de Dios, por todos los ambientes de la tierra, sin temor a quedar enlodados. Las alas -también las de esas aves majestuosas que se remontan donde no alcanzan las nubes- pesan, y mucho. Pero si faltasen, no habría vuelo. Grabadlo en vuestras cabezas, decididos a no ceder si notáis el zarpazo de la tentación, que se insinúa presentando la pureza como una carga insoportable: ¡ánimo!, ¡arriba!, hasta el sol, a la caza del Amor. (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, 177).

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