Vernos a nosotros mismos y a los demás como realmente somos

vernos como somos humildadLa caridad requiere humildad. San Pablo exhorta a los filipenses a ser generosos y humildes en el espíritu: «No actuéis por rivalidad ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada uno a los demás como superiores, buscando no el propio interés, sino el de los demás. Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús». El orgullo representa un obstáculo para una caridad humilde. Es difícil que quien tiende a pensar únicamente en él y a buscarse a sí mismo se entregue a los demás. Debemos combatir la soberbia, la raíz del mal que tanto daño hace a la caridad. Puedes reconocer su sutil labor dentro de ti cuanto te niegas a ceder ante los demás en lo que es legítimo; cuando te consideras superior a los otros; y cuando velas por tus intereses desentendiéndote de los del resto.

La humildad refrena tu deseo desordenado de ser el mejor y de lograr la estima ajena. Es un requisito imprescindible para la caridad genuina. Hay quienes se sienten gravemente ofendidos cuando reciben el mismo trato que ellos suelen dispensar a otros. El aficionado a las bromas se divierte mucho si las víctimas son los demás, a veces hasta el punto de dejarlos en ridículo con falsas llamadas telefónicas, haciéndose pasar por otro y engaños por el estilo. Pero, cuando es él quien se convierte en víctima, se siente ofendido y se enfada. El que suelta la lengua para hablar mal de otros y está siempre dispuesto a sospechar abiertamente de sus motivos, actitudes y acciones no duda en pelear por su pretendido honor si alguien musita apenas una palabra acerca de él que considera peyorativa. Hay también quien da órdenes a todo el que se le acerca, cuente o no con autoridad para ello, y se ofende gravemente cuando los demás, incluidos sus superiores legítimos, le mandan o le sugieren algo. Esta conducta nace de un orgullo hondamente enraizado y demuestra un carácter incoherente. Las personas como estas están convencidas de que les asisten derechos de los cuales los otros carecen, y de que son mucho más listos, inteligentes y virtuosos que el resto. Esta soberbia debe ser corregida por la humildad.
Si estás colmado de un sincero respeto por todo lo que pertenece a Dios y al prójimo, no te apropiarás de lo que no te corresponde. Esa es la auténtica humildad.
Párate a pensar en tus pecados: ¿cómo puedes tenerte en tan alta estima? No basta con que te digas a ti mismo que eres un pecador, como lo es el resto de los hombres. Piensa en esos pecados concretos que te avergüenza admitir incluso ante ti mismo y de los que te arrepientes sinceramente. Si los reconoces delante de Dios, aunque sea en lo secreto de tu alma, no podrás sentirte herido por el daño que te ves obligado a soportar de los demás. La ira se desvanecerá, desaparecerá el afán de venganza y aceptarás humildemente cada desprecio y cada ofensa en expiación por tus pecados. Considerar tus pecados en la oración te llevará a ser verdaderamente humilde de corazón y de espíritu. (L.G. Lovasik en El poder oculto de la amabilidad)

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Un comentario en “Vernos a nosotros mismos y a los demás como realmente somos

  1. En el plano práctico la humildad tiene múltiples manifestaciones, que no es posible tratar aquí detalladamente. Sobre ellas han escrito cosas de gran valor los Padres de la Iglesia, los Santos y los que se han ocupado a lo largo de la historia de la teología espiritual. Para concluir estas reflexiones nos limitaremos a reproducir una página de san Josemaría Escrivá, cuya elocuencia hace inútil cualquier comentario. “Déjame que te recuerde, entre otras, algunas señales evidentes de falta de humildad:

    —pensar que lo que haces o dices está mejor hecho o dicho que lo de los demás;

    —querer salirte siempre con la tuya;

    —disputar sin razón o —cuando la tienes— insistir con tozudez y de mala manera;

    —dar tu parecer sin que te lo pidan, ni lo exija la caridad;

    —despreciar el punto de vista de los demás;

    —no mirar todos tus dones y cualidades como prestados;

    —no reconocer que eres indigno de toda honra y estima, incluso de la tierra que pisas y de las cosas que posees;

    —citarte a ti mismo como ejemplo en las conversaciones;

    —hablar mal de ti mismo, para que formen un buen juicio de ti o te contradigan;

    —excusarte cuando se te reprende;

    —encubrir al Director algunas faltas humillantes, para que no pierda el concepto que de ti tiene;

    —oír con complacencia que te alaben, o alegrarte de que hayan hablado bien de ti;

    —dolerte de que otros sean más estimados que tú;

    —negarte a desempeñar oficios inferiores;

    —buscar o desear singularizarte;

    —insinuar en la conversación palabras de alabanza propia o que dan a entender tu honradez, tu ingenio o destreza, tu prestigio profesional…;

    —avergonzarte porque careces de ciertos bienes…”[17].

    Angel Rodríguez Luño

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