“Pecado perdonado, pecado olvidado”

cropped-confession.jpgSan Gregorio de Nisa afirma que el «eros es un ágape intenso». Al escoger la palabra «eros» quiere demostrar que el amor cristiano es «apasionado», pues un amor que no lo fuera no sería un verdadero amor. En efecto, el ser humano es un ser sensible, y por lo tanto, apasionado. En su primera encíclica, Benedicto XVI explicaba que el amor de Dios por el hombre, al que ama personalmente con un amor de elección, puede ser calificado de eros, al mismo tiempo que es totalmente ágape, don de sí. Una manifestación eminente de esto es el perdón: el amor divino no solo se da de un modo enteramente gratuito, sin mérito previo alguno, sino que también es un amor que perdona. En la confesión, sacramento instituido bajo el doble signo de la paz y de la alegría de la resurrección, y de la nueva presencia de Jesús entre sus discípulos, la petición de perdón es escuchada: «Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa» (Jn 16,24).


Cuando se vence una tentación lacerante, porque se han puesto los medios para evitar situaciones difíciles, el alma se siente sorprendentemente liberada, con una liberación que proporciona una gran ligereza, como si después de haber tenido dificultades para respirar, se sintiera el aire del mar acariciando el rostro. En ocasiones, la persona agredida en su infancia o en su juventud, el converso después de años de vida disoluta, o incluso alguien que –sin haber caído en situaciones perversas– ha hecho «torpezas» durante su adolescencia, ve aflorar en su memoria esos momentos de opresión o de desvarío. Puede ocurrir incluso que el tiempo agrave un sentimiento de culpa más o menos fundado. Esos recuerdos deben ser rechazados, en la medida de lo posible, según el adagio «pecado perdonado, pecado olvidado». Cuando en el sacramento de la penitencia Dios ha perdonado los pecados confesados, ha perdonado realmente la falta. La persona ya no es culpable, su pecado está perdonado, ya no existe. Dios no solo perdona, sino que da mucho más.
La actitud auténticamente cristiana es la confianza total en la misericordia divina. Por ella, san Pablo exhorta al ofrecimiento de uno mismo a Dios (cf. Rm 12, 1). No es necesario, y casi siempre es perjudicial, volver sobre los pecados pasados ya confesados, especialmente en el terreno de la pureza. Cuando la memoria no consigue deshacerse de ese pasado, la paz se reencuentra en la dirección espiritual, siempre que se sea sincero. Una purificación personal puede ser necesaria: consiste en aprender a asumir la propia historia, la salud, la situación familiar, contribuyendo así a la aceptación de uno mismo. (G. Derville en Amor y desamor. La pureza liberadora)

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Un comentario en ““Pecado perdonado, pecado olvidado”

  1. -“Para que veáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados, dijo entonces al paralítico: Ponte en pie, carga con tu catre y vete a tu casa”. Los escribas pensaban que la enfermedad estaba ligada a un pecado. Jesús denunció esa manera de ver (Jn 9, 1-41) “ni él ni sus parientes no pecaron para que se encuentre en este estado”. Pero Jesús usa aquí la visibilidad de la curación corporal, perfectamente controlable, para probar esa otra curación espiritual, la del alma en estado de pecado. Los sacramentos son signos visibles que manifiestan la gracia invisible. En el sacramento de la Penitencia, el encuentro con el ministro, el diálogo de la confesión y la fórmula de absolución, son los “signos”, del perdón. Hoy, uno se encuentra, a menudo con gentes que quisieran reducir esta parte exterior de los sacramentos -“¡confesarse directamente a Dios!”- De hecho, el hombre necesita signos sensibles. Y el hecho que Dios se haya encarnado es el gran Sacramento: hay que descubrir de nuevo el aspecto muy humano del sacramento. Jesús pronunció fórmulas de absolución -“tus pecados son perdonados”-, hizo gestos exteriores de curación -“levántate y vete a tu casa”-. De otro modo, ¿cómo hubiera podido saber el paralítico, que estaba realmente perdonado? Los signos del sacramento también nos dan seguridad del perdón, y paz en el alma, al confiar lo que era escondido y había que sacar fuera.

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