«Lujuria oculta, orgullo manifiesto», se dice

castidad conyugalLa oración en sí misma implica que se emprende un camino de conversión y de penitencia. «Lujuria oculta, orgullo manifiesto», se dice. Los Padres de la Iglesia califican al orgullo de «lujuria espiritual». Es normal, pues, que la apología de la impureza revista cierta arrogancia, un orgullo que pretende –sin lograrlo– revestirse de dignidad, porque oculta una susceptibilidad y una sensibilidad a flor de piel, «en carne viva». Es una altanería que busca el reconocimiento, pero que necesita presentarse como víctima, pretendiendo así autojustificar su falta de control personal, y teorizando sobre la bondad de la propia conducta inmoral. En este caso, la dificultad –más que la falta de pureza, que después de todo puede ser comprensible o excusable y en todo caso siempre perdonable– es el orgullo, que impide la contrición y por esto cierra la vía del perdón. Este fue el pecado de Sodoma, como deplora Isaías: «La expresión de su rostro los denuncia, ellos mismos proclaman su pecado, no lo ocultan. ¡Ay de ellos!» (Is 3, 9).

En la oración es donde aumenta el deseo de recurrir frecuentemente al sacramento de la penitencia, donde se encuentra el Dios que perdona: «per-dona», da más, superabundantemente. Precisamente ahí se manifiesta la pasión de Dios por el hombre: su grandeza se revela en su misericordia. Dios es tan poderoso que puede tomar sobre Él los pecados de los hombres: eso es lo que hace Cristo. Pienso en la conmovedora actitud de Mahalia Jackson (ver vídeo abajo) cuando, en 1950, cantaba las palabras compuestas por Robert Anderson: «Oh Lord, is it I? Forgive my sin» (Señor, ¿soy yo? Perdona mi pecado): en Pedro arrepentido que pide perdón a su Señor, estamos cada uno de nosotros. El católico sabe que es pecador, pero sabe también que cuenta con la gracia de Dios, que le ayuda a vivir y a culminar su camino en la tierra. Estamos en el cielo con Cristo, pero también en la tierra. Nuestra glorificación en Cristo pasa oculta pero es muy real (cf. Flp 1, 20; Col 3, 3).
En el sacramento de la Penitencia nos reconciliamos con Dios y nos liberamos, porque el pecado lleva consigo una falta de libertad. Nos liberamos del pecado, pero no de todas sus consecuencias. San Bernardo dice que no tenemos la libertad ab miseria, sino la libertad a peccato. Realmente hemos sido rescatados y la gracia de Dios nos ofrece la posibilidad de no volver a pecar gravemente. Mientras que Lutero afirma la imposibilidad de no cometer pecados, el católico sabe que participa de la liberación de Cristo, no solo por la fe sino también por la gracia, y especialmente por el sacramento de la penitencia. (G. Derville en Amor y desamor. La pureza liberadora)

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Un comentario en “«Lujuria oculta, orgullo manifiesto», se dice

  1. El hecho de que la tendencia a la búsqueda de la verdad sea propia del hombre en cuanto ser racional, no quiere decir que se realice exclusivamente con la razón. Si bien la persona conoce por medio de su entendimiento, quien conoce es la persona, y esta no solo posee entendimiento, sino también afectividad: voluntad, pasiones y sentimientos. Todas las facultades de la persona –cabeza y corazón- se relacionan de algún modo con la verdad. De ahí que el conocimiento intelectual implique problemas de moralidad .

    Cuando una verdad se presenta al entendimiento, entra en juego la voluntad, que puede amar esa verdad o rechazarla. Si la voluntad está bien dispuesta por las virtudes, la acepta como conveniente, e incluso puede mandar al entendimiento que la considere más a fondo, que busque otras verdades que la corroboren, y, por último, si es necesario, ordena la conducta de acuerdo con esa verdad.

    Por el contrario, si la voluntad está mal dispuesta, tiene mayor dificultad para aceptar la verdad y puede incluso rechazarla como odiosa. En efecto, una verdad particular puede resultar repulsiva cuando aceptarla impide a la persona gozar de algo que desea. «Es el caso de los que querrían no conocer la verdad de la fe para pecar libremente, a quienes el libro de Job hace decir: “No queremos la ciencia de tus caminos”» . Cuando esto sucede, es fácil que la voluntad incline al entendimiento a pensar en otra cosa, o a ver los aspectos negativos de la verdad que considera. El resultado es que la persona no “ve” la verdad porque no quiere verla.

    La importancia de las disposiciones de la voluntad para acceder a la verdad es tanto mayor cuanto más relevante sea para la persona la verdad en cuestión, como sucede con la verdad sobre la existencia de Dios. La proposición de esta verdad provoca en la persona que la escucha una actitud radicalmente distinta de la que puede suscitar, por ejemplo, una verdad matemática. La primera tiene una relación más íntima con la vida personal: la persona no permanece indiferente ante ella, se siente interpelada, y experimenta que le exige una respuesta. Pues bien, esta respuesta dependerá, en gran parte, de las disposiciones morales de la persona, es decir, de sus virtudes morales.

    La voluntad puede estar bien o mal dispuesta de modo pasajero, por una pasión; o de modo más estable, por una virtud o un vicio. En un momento de enfado, por ejemplo, la ira impide que se realice un juicio tan objetivo como el que se realizaría en un estado de serenidad. Esto sucede porque la pasión mueve a la voluntad a querer o a odiar algo, y si la voluntad se deja dominar por la pasión, ejerce su influencia sobre el entendimiento para que juzgue de un modo o de otro . Por eso, para ver la verdad es necesario hacer el silencio en las pasiones desordenadas.

    Si un desorden pasajero de la pasión nos impide ver la verdad, mucho más los vicios, que son cualidades permanentes de una voluntad esclava de las pasiones. Es verdad, como decía Lope en uno de sus innumerables dramas, «que los vicios ponen a los ojos vendas». Las virtudes, en cambio, dan a la voluntad el dominio sobre las pasiones, le proporcionan connaturalidad con el bien, una predisposición afectiva gracias a la cual la voluntad está pronta para amar el bien, y de ese modo influye positivamente sobre el entendimiento en su búsqueda de la verdad.

    Al mismo tiempo que se va cegando para ver la verdad, puede suceder que la persona trate de justificar con falsos razonamientos su opción por el rechazo de la existencia de Dios, adaptando así su pensamiento a su modo de vivir, pues experimentamos necesidad psicológica de coherencia entre el pensamiento y la vida.
    (BASADO EN ARTÍCULO DE ALMUDI)

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