Pide a Dios la virtud de la pureza, para tí mismo y para los demás

lucha fuerza pedir.jpgLa vida es un gran río cuyas aguas no son tan puras ni tan tranquilas como los torrentes de paz del mundo nuevo, la Jerusalén celestial anunciada por Isaías (66, 12). Pascal pensaba sin duda en esta profecía cuando alude a los ríos de inmundicia que corren aquí abajo y nos pone en guardia contra las tres concupiscencias (cf. 1 Jn 2, 16): «Todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida. Libido sentiendi, libido sciendi, libido dominandi. Desgraciada la tierra de maldición que estos tres ríos de fuego abrasan, más que regar. Bienaventurados los que permanecen en estos tres ríos, no sumergidos, no arrastrados, sino inmóviles y firmes; no en pie, sino sentados en un asiento bajo y seguro, del que no se levantan antes de la luz sino después de haber reposado en paz; tienden la mano al que debe levantarles para hacerles permanecer en pie y firmes en los atrios de la santa Jerusalén, donde el orgullo ya no podrá combatirles y derribarles; y, sin embargo, lloran, no al ver que pasan todas las cosas perecederas que arrastran los torrentes, sino al recordar su querida patria, la Jerusalén celestial, de la que se acuerdan sin cesar a lo largo de su destierro».

Afirmamos que la pureza es posible al tiempo que constatamos que es poco vivida e incluso poco predicada. ¿Qué hacer? Como dice Pascal, tener la mirada fija en el cielo, pero sin huir del mundo, porque se trata de vivir de esperanza en medio de él;«no de pie, sino sentados» por miedo a caer: en actitud humilde. ¿Cuál es la oración de Cristo a su Padre cuando se refiere a nuestra situación aquí abajo? «No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo lo mismo que yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es la verdad» (Jn 17, 15-16). Podemos tender la mano a Dios, como dice Pascal haciéndose eco en cierto modo de la oración de Jesús a su Padre. Tender la mano es, sobre todo, pedir a Dios la virtud de la pureza en la oración, para uno mismo y para los demás. Implica también recurrir a los sacramentos, nacidos del sacrificio de Cristo. «Por ellos yo me santifico, para que también ellos sean santificados en la verdad» (Jn 17, 19). Cristo se sacrificó, se ofreció en sacrificio, y nuestra santificación es una participación en ese sacrificio por medio de los sacramentos y del ofrecimiento de nuestra vida. En los sacramentos, la sangre y el agua que brotaron del costado de Cristo nos lavan del amor desordenado a todo lo que halaga a los sentidos, del amor a las riquezas y de la curiosidad desenfrenada, y del amor a los honores y las alabanzas. (G. Derville en Amor y desamor. La pureza liberadora).

2 comentarios en “Pide a Dios la virtud de la pureza, para tí mismo y para los demás

  1. La verdadera pureza que trae el cristianismo va más allá de una mera “pureza ritual”, y también de una mera exigencia para la voluntad (una suprema exigencia moral). La verdadera pureza es la del amor a Dios y a los demás, en identificación con Cristo, y por tanto vivido en la Iglesia con todas las consecuencias. Entre ellas está la santificación del propio cuerpo y de las demás nobles realidades humanas, para que ahí se encarne la vida divina, que la recibimos para darla.

    Pues bien, esto se realiza concretamente gracias al el sacramento del Bautismo, y por ese segundo bautismo que es la Confesión de los pecados (cf. 1 Jn 8, ss; St 5, 16): «En la confesión el Señor vuelve a lavar siempre nuestros pies sucios y nos prepara para la comunión de mesa con Él» .

    Durante la JMJ de Madrid 2011, Benedicto XVI aconsejó a los jóvenes que hicieran crecer la vida en plenitud por medio de la gracia divina. Que se plantearan la santidad generosamente y sin mediocridad. Y que tuvieran presente que «ante nuestras flaquezas, que a veces nos abruman, contamos también con la misericordia del Señor, siempre dispuesto a darnos de nuevo la mano, y que nos ofrece el perdón en el sacramento de la Penitencia» (Discurso en la plaza de Cibeles, 18-VIII-2011).

    De hecho hubo esos días muchos miles de confesiones, y sigue habiéndolas, porque la verdadera pureza de corazón sólo se alcanza dejándose sumergir en el Cuerpo de Cristo, para vivir con Él por los demás.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s