El sufrimiento que lleva consigo la tentación es una purificación necesaria

humildadLa oración humilde nos enseña a ver con los ojos de Cristo, con la mirada humana y divina de Jesús. De este modo nuestra mirada se transforma y vemos las cosas en profundidad y de una manera más positiva. Santa Teresa de Lisieux escribía a su hermana: «¡Es tan blanca y tan hermosa la pureza…! ¡Dichosos los corazones puros, porque ellos verán a Dios…! Sí, le verán incluso en la tierra, donde nada es puro, pero donde todas las criaturas se vuelven límpidas cuando se las mira a través de la Faz del más bello y más blanco de los lirios… Celina, los corazones puros están a veces rodeados de espinas…, viven con frecuencia en tinieblas. Entonces esos lirios creen haber perdido su blancura, piensan que las espinas que los rodean han llegado a desgarrar su corola… ¿Entiendes, Celina…? Los lirios entre espinas son los predilectos de Jesús, ¡en medio de ellos encuentra Él sus delicias…! ¡Dichoso el que ha sido hallado digno de sufrir la tentación!».

La joven Teresa llegó a establecer con toda naturalidad el lazo entre tentación y pureza: el sufrimiento espiritual y psicológico que lleva consigo la tentación es una purificación necesaria. La santa hace referencia a la huella del rostro de Cristo en el paño de la Verónica. La sangre de Cristo viene a lavar las impurezas, incluso es un motivo de alegría para Dios. La tentación proyecta una pálida luz sobre nosotros, pero esta luz está llamada a llegar a ser más fuerte que la del sol a mediodía. Y es que la humildad del que se sabe débil, probado por la tentación, hace crecer el amor a Dios en el conocimiento de la propia pequeñez. Como dice san Agustín, nadie se conoce si no ha sido tentado.
Existe, pues, una lucha extremadamente dura, que es también un desprendimiento de sí en circunstancias a menudo difíciles, ligadas a la poderosa concupiscencia de la carne y a la presión de ambientes sensuales. Necesitamos valor para resistir y hacer frente. (G. Derville en Amor y desamor. La pureza liberadora)

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3 comentarios en “El sufrimiento que lleva consigo la tentación es una purificación necesaria

  1. Yo lo he contestado desde otra perspectiva. El concepto de fortaleza puede tomarse en dos sentidos: como condición necesaria de todas las virtudes, pues todas deben ser firmes y estables; o como virtud específica. En este caso significa la especial firmeza para resistir y rechazar todos los peligros graves.

    El Catecismo de la Iglesia Católica la define así: «La fortaleza es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa».

    El objeto de la fortaleza es superar los obstáculos que provienen de las pasiones del apetito irascible y, positivamente, ordenar dichas pasiones para que la voluntad siga los dictados de la recta razón frente a los peligros graves o grandes males corporales, llegando, si es preciso, hasta la muerte. Gracias a la fortaleza, la persona puede alcanzar el bien humano.

    Es importante advertir que el fin de la fortaleza no consiste sin más en superar o vencer dificultades, sino en alcanzar el bien cueste lo que cueste. El fuerte no busca ser herido, no busca el sufrimiento, sino el bien. No es mejor el que más sufre, sino el que se adhiere con más firmeza al bien. Como explica Santo Tomás, la esencia de la virtud y del mérito radica más en lo bueno que en lo difícil[4]. No es más meritorio lo más difícil: el mérito está en lo más difícil cuando esto sea también lo mejor[5].

    «En esta virtud lo cronológicamente presente no se vive como agradable, proporcionado, armonioso o bello. Más bien se sabe que es un mal: dolor, miedo, sufrimiento, dificultad. ¿Por qué ser fuerte entonces? Por amor al bien, a causa del fin. El fin, cronológicamente no presente, es la razón de ser del resistir en el bien pese al dolor, o a la repugnancia, que provoca el mal actual»[6]. El valiente está dispuesto a enfrentarse al mal, a las dificultades y sufrimientos, incluso a la muerte, como consecuencia de su fidelidad a un bien al que considera como superior a cualquier bien. La única razón para soportar el mal es el amor al fin, al bien que se ama sobre todas las cosas. De ahí la necesidad de poseer una presencia esperanzada de ese fin; en caso contrario, el esfuerzo tiende a aparecer como absurdo.

    La razón más profunda de la necesidad de la fortaleza es la esencial vulnerabilidad del hombre. Quien no es vulnerable no necesita ser fuerte: los ángeles y los bienaventurados, no tienen necesidad de esta virtud. Ser fuerte supone poder ser herido.

    La fortaleza impide caer en la cobardía, que consiste en ceder por temor ante los peligros que se deben afrontar para hacer el bien; en la impasibilidad o indiferencia ante los peligros que según la prudencia se deben temer; y en la temeridad, es decir, en salir al encuentro del peligro sin causa justificada.

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