«Dios resiste a los soberbios y a los humildes da la gracia»

humildad alegriaLa oración del Padrenuestro nos ayuda especialmente a centrarnos en lo esencial. Nos enseña a pedir cosas a Dios y a formar nuestra afectividad. En efecto, explica el Catecismo, tanto por medio de las Bienaventuranzas como en la oración del Padrenuestro, el Espíritu Santo «da forma nueva a nuestros deseos, esos movimientos interiores que animan nuestra vida». Ciertamente, la visión de Dios es propia de la vida eterna. ¿Qué entendemos por «ver a Dios aquí abajo»? Encontramos la respuesta en el diálogo de Cristo con sus primeros discípulos. Cerca del Jordán, Juan y Andrés oyen cómo el Bautista señala a Jesús como el Cordero de Dios. «¿Dónde vives?», preguntan al Señor. Este responde: «Venid y veréis» (Jn 1, 39). Ver a Dios aquí abajo es seguir a Cristo, es ver en Él la imagen perfecta del Padre eterno.

Esta visión nos conduce a una transformación personal: «A los “limpios de corazón” se les promete que verán a Dios cara a cara y que serán semejantes a Él. La pureza de corazón es el preámbulo de la visión» [CCE, 2519]. En efecto, «ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como es. Todo aquel que tiene esta esperanza en Él, se purifica para ser como Él, que es puro» (1 Jn 3, 2-3). La visión de Dios va a la par con el conocimiento de nuestra propia identidad, la de un hijo de Dios, y es una participación en la filiación divina en Cristo (cf. Jn 14, 9: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre»), con el fin de hacernos «partícipes de la naturaleza divina, tras haber escapado de la corrupción que reina en el mundo a causa de la concupiscencia» (2 P 1, 4).
Para «ver a Dios», es preciso fomentar la disposición interior de reconocer a Cristo y darse cuenta de que este conocimiento compromete. Ahora bien, eso es imposible si, en primer lugar, no se es uno mismo. De algún modo, es necesario tener una identidad clara, conocerse a sí mismo para llegar a ver a Dios. ¿Qué significa esto? Ver en la verdad es la verdadera humildad, escribe san Juan Pablo II a propósito del hijo pródigo. El sustrato del amor, el fundamento de la pureza es, pues, la humildad. «Dios resiste a los soberbios y a los humildes da la gracia» (St 4, 6; 1 P 5, 5; cit. Pr 3, 34 según los Setenta). (G. Derville en Amor y desamor. La pureza liberadora)

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