Evita la maldad, la malicia y la violencia pues son formas de odio

maldadLa maldad es la peor clase de odio: mientras que este se suele quedar en la esfera de los pensamientos y los sentimientos, la maldad pasa a las obras. Puede tener su origen en una mala experiencia o en una decepción: una palabra ácida, una discusión o una burla.
La malicia es el hábito de disfrutar infligiendo pequeñas heridas a otro. Constituye una de las manifestaciones de la maldad que, sabedora de la imposibilidad de hacer algo importante, intenta destruir la felicidad humana en cosas pequeñas.
Cualquier daño infligido al prójimo que no está evidente y objetivamente dirigido a su bienestar espiritual o material es fruto de la malicia. Hay quienes son maliciosos sin darse cuenta; otros hacen daño al prójimo y se excusan aduciendo un justo motivo. La malicia es la hermana pequeña de la crueldad.
Actúas con malicia cuando

le cuentas a alguien lo mal que le cae a un tercero o lo negativo que se ha dicho de él en su ausencia; cuando criticas lo que el otro tiene en mucha estima, o algo que ha hecho bien y de lo que puede estar orgulloso; cuando llamas a alguien por un nombre que puede ofenderle gravemente; cuando ridiculizas los defectos o las deformidades físicas de los demás, o su nacionalidad, raza o religión; cuando te ríes en la cara de otra persona que no habla correctamente o no se expresa bien; cuando atemorizas a la gente con relatos imaginarios de daños inminentes; y cuando insistes en resaltar las faltas de otro aun cuando ya se haya enmendado y corregido. El daño causado con estas faltas de caridad varía según la sensibilidad de la persona afectada y lo impresionable que sea.
La violencia es la tendencia incontrolada de la ira a hacer daño, tanto mediante las palabras como mediante las obras, a la persona que la ha suscitado. Es una de las formas peores que pueden adoptar la ira o la maldad.
Existe violencia, por ejemplo, cuando un padre golpea a su hijo en un arrebato de furia mostrando el deseo de causarle un daño grave, o cuando emplea instrumentos de castigo o rompe cosas para desahogar su ira. La violencia puede ser un pecado mortal si se tiene intención de hacer o se hace un daño grave a otro. 
Cuando permites que la ira te arrastre a una violencia irracional, evidencias tu falta de madurez y actúas como un niño malcriado. Si de verdad deseas cambiar, debes hacerlo llevando a la práctica un plan de autorrenuncia que discipline tu infantilismo.
La malicia, además de una flaqueza humana, es también obra de un poder hostil a Dios que nos remite al «Maligno» del que habla la Sagrada Escritura, cuyo objetivo consiste en pervertir y alterar el orden de la Creación divina. El que se rinde a la maldad permanece bajo el poder de este espíritu y, mientras persiste en ese estado, se mantiene separado de Dios. Dios es bondad: no existe maldad en Él. «Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él», dice san Juan.
Cada uno de nosotros tiene asignado un sitio en el banquete de la vida. Hemos de recordar siempre la advertencia de san Pablo: «Por tanto, celebremos la fiesta, no con levadura vieja ni con levadura de malicia y de perversidad, sino con ánimos de sinceridad y de verdad». (L. G. Lovasik, en El poder oculto de la amabilidad)

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