No permitas que arraigue en ti el odio

iraEl odio consiste en una mala voluntad persistente: es la cristalización deliberada de la ira en un estado de enemistad. Es aún peor que la ira, la aversión, el resentimiento y el deseo de venganza: estos atentan contra la caridad y la van extinguiendo poco a poco, pero el odio la apaga de un soplo.
Donde está Dios hay luz. «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». El odio es lo opuesto a la caridad; por eso, es también lo opuesto al reino de Dios y al reino de la luz. El espíritu del odio es el espíritu de las tinieblas. El hombre que odia es ciego. Puede que dé muchos pasos que a otros los acercan a Dios, como ir a la iglesia o rezar; pero no se acercará a la luz mientras haya odio en su corazón. Camina en las tinieblas de la separación de Dios.

«Quien ama a su hermano permanece en la luz y no corre peligro de tropezar. En cambio, quien aborrece a su hermano está en las tinieblas y camina por ellas, sin saber adónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos», dice san Juan. Las palabras del discípulo amado sientan una verdad que no deja lugar a dudas: «Todo el que aborrece a su hermano es un homicida; y sabéis que ningún homicida tiene en sí la vida eterna».
El odio es pecado cuando implica un acto deliberado de la voluntad. Odias cuando te permites instalarte en un estado permanente de malevolencia hacia alguien que se opone a tus deseos, frena tus progresos o te trata con desdén: eso te lleva a desearle todo mal e incluso a devolverle deliberadamente mal por mal.
No obstante, no te preocupes si sientes hacia alguien una fuerte antipatía instintiva: eso no es necesariamente un odio deliberado ni es pecado en absoluto si eres capaz de ocultarlo. Puede haber alguien de quien te digas a ti mismo: «No lo soporto». Estas palabras no son más que la constatación de un hecho y no pecas en absoluto si nunca has tenido intención de hacerle daño y, sobre todo, si le pides a Dios que lo bendiga y lo colme de bienes.
Si el odio se ha deslizado en tu corazón, debes pelear contra este espíritu maligno con más tenacidad que contra el enemigo que quisiera privarte de la vista. Aunque el ángel de las tinieblas puede tener la fuerza de un gigante, no puede nada contra un hijo de la luz. Afortunadamente, solo el amor lo puede todo.
Procura combatir cualquier deseo de hacer daño a otro. No te alegres de la desgracia del enemigo ni te niegues a rezar por él; tampoco te niegues a saludarle si te lo encuentras a solas o en presencia de otros.
Odiar a otro ser humano deliberadamente equivale a odiar a Dios. Es como pedir la condena de Dios para uno mismo. Solo en la medida en que estés dispuesto a perdonar a quienes te han hecho daño puedes esperar que Dios te perdone a ti. Y no importa cuánto daño te hayan hecho. (Autor: L. G. Lovasik, El poder oculto de la amabilidad)

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