Reza tres Avemarías antes de acostarse, pidiendo precisamente el don de la pureza

tres avemarias de la nocheSan Juan Pablo II pone en evidencia el lazo que une la pureza y la piedad, virtud que nos sitúa en relación con Dios y con los demás, y subraya que «de la pureza brota esa belleza singular que impregna cada esfera de la convivencia recíproca de los hombres y permite expresar la sencillez y la profundidad, la cordialidad y la autenticidad irrepetible de la confianza personal». La piedad, fruto de la inhabitación del Espíritu Santo, daba autenticidad y plenitud de sentimientos a santa María en sus relaciones con los demás. En la Virgen Madre, que es paradigma de la pureza, maternidad y virginidad coinciden. Ruega por nosotros «ahora y en la hora de nuestra muerte». Los que imploran la gracia de la pureza pueden recurrir siempre a su mediación, especialmente en el momento de la tentación: «ahora». En la medida en que es nuestra Madre, nos comprende, y no nos avergüenza decirle lo que nos sucede y lo poco que somos. Siempre es nuestra abogada y, en la medida en que es Madre de Dios, es la omnipotencia suplicante. Todas las gracias pasan por la mediación de la Santísima Virgen, que es purísima, castísima, sin mancha, siempre virgen, como cantan las letanías del rosario. Por eso, muchos cristianos tienen la costumbre de rezar tres Avemarías antes de acostarse, pidiendo precisamente el don de la pureza. También la invocan confiadamente recitando el Acordaos por uno mismo y por los demás. (Fuente: G. Derville en Amor y desamor. La pureza liberadora).

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