Algunas ideas sobre la formación doctrinal

miguel_angel_piedad_2Formación y transformación. Docilidad como el barro en manos del alfarero. Quitar lo que sobra: escultura el Moisés de Miguel Angel; en efecto, así se forman los santos “a golpes“. San Pablo dice que sufre como con dolores de parto hasta ver a Cristo formado en vosotros. Es el Espíritu santo el que hace la labor de identificarnos con Cristo: alter, ipse Christo. Libertad personal: .

Piedad doctrinal: Doctrina de teólogos y piedad de niños. Para la santidad y para el apostolado necesitamos doctrina. La vocación personal (revelada por Dios singularmente) es un ejemplo claro de como la verdad revelada ha de ser parte de nuestra intimidad e identidad personal.

La Teología como conocimiento contemplativo. Dios está en el alma como el amante en el amado (su libro el crucifijo). Se cuenta que en cierta ocasión Tomás preguntaba, preocupado al Señor en su oración ante un crucifijo, si cuanto había escrito sobre los misterios de la fe cristiana era correcto. Y el Crucifijo respondió: “Tu has hablado bien de mí, Tomás. ¿Cuál será tu recompensa?”. Y la respuesta que Tomás dio fue: “¡Nada más que a Ti, Señor!”. Tanto Santo Tomás como san Buenaventura ven la Teología como una forma de conocer y amar a Dios. Otro aporte interesante en este sentido es san Clemente de Alejandría en su relación entre fe y razón y teoría y praxis.Terminamos con esta interesante anécdota:

La humildad del sabio. Se aprende más de rodillas ante el sagrario que en un curso de teología (sabia sencillez).

Los libros sapiencialesEn el Antiguo Testamento, la sabiduría primero busca el éxito por la técnica o habilidad para hacer cosas. Después quiere triunfar en la vida es formativa intelectualmente, pero al final se abre al Amor: triunfa en la vida el que ha amado… Porque además El amor es más fuerte que la muerte.

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6 comentarios en “Algunas ideas sobre la formación doctrinal

  1. La consecución de la madurez cristiana —que tiene componentes humanos, morales y propiamente religiosos— depende de muchos factores. En primer lugar del interés y del empeño que cada uno pone en su propia formación y en la correspondencia generosa a la acción del Espíritu Santo en su alma. Luego están los agentes que realizan una labor educativa formal y explícita, como son los padres (a veces los abuelos), los profesores, y los sacerdotes (a través de la predicación, la Confesión y la dirección espiritual). En tercer lugar hay un conjunto de factores que, aun sin presentarse como agentes educativos, desarrollan de hecho un influjo formativo mayor o menor según los casos, como pueden ser los amigos, los compañeros de estudio o de trabajo, personas con las que se tiene frecuente contacto por motivos profesionales, de deporte, de descanso, etc. Y existe finalmente un elemento importantísimo, que es la cultura dominante en la sociedad y en los medios de comunicación. Se dice en este sentido que cada uno es también hijo de su tiempo, porque en mayor o menor medida cada uno tiene modos de valorar las cosas, modos de expresarse, etc. que recibe del ambiente cultural en buena parte a través de los medios de comunicación (prensa, televisión, cine, libros, internet, etc.).

    La componente cultural y social de la formación personal es un hecho innegable, consecuencia de la naturaleza social de la persona. En un Discurso a los participantes en un Encuentro para comunicadores promovido por la Conferencia Episcopal Italiana en noviembre de 2002, Juan Pablo II señalaba que «las rápidas transformaciones tecnológicas están determinando, sobre todo en el campo de la comunicación social, una nueva condición para la transmisión del saber, para la convivencia entre los pueblos, para la formación de los estilos de vida y de las mentalidades. La comunicación genera cultura y la cultura se transmite mediante la comunicación».
    En sus términos más generales, el problema consiste en lo siguiente. El hombre, por el simple hecho de serlo, sólo posee los principios morales en estado germinal. Su pleno desarrollo requiere el equilibrio de los impulsos y de la afectividad. Desde un punto de vista abstracto, existe un auténtico círculo entre la razón práctica y el equilibrio afectivo, ya que cada uno de estos dos elementos presupone el otro: la prudencia presupone el orden virtuoso de los impulsos, y éste a su vez presupone en otro sentido la prudencia. Sin embargo, desde el punto de vista práctico, el círculo se abre por la educación recibida en el ámbito de la comunidad o de las comunidades a las que el sujeto pertenece: familia, sociedad civil y económica, Iglesia, Estado, etc.

    Los usos lingüísticos, las costumbres, las leyes, los modelos vigentes en ellas no sólo dan forma a nuestro vivir juntos, sino que en las nuevas genera­ciones expresan y forjan ciertos modos de percibir y de valorar, dado que los individuos tienden a reconocerse a sí mismos en el ámbito legal e institucional en el que han nacido y tienen que vivir, y que les proporciona las categorías para interpretar su experiencia y reforzar su identidad. Desde luego es posible ir a contracorriente, pero ésa no es la tendencia mayoritaria en las actuales sociedades democráticas de masa. En cualquier caso, cierto es que la formación del criterio moral y religioso de la persona tiene presupuestos sociales, económicos y políticos, y que, sin una adecuada iniciación familiar y social, la maduración moral de la persona se vuelve extraordinariamente lenta y dificultosa.

    No hay duda de que la conciencia moral conserva siempre la capacidad de enjuiciar y de decidir libremente. Ahora bien, para enjuiciar y decidir, la conciencia antes debe constituirse, y tal constitución acontece en un contexto cultural y social concreto. La ley moral natural está presente en todos, pero es tan natural como la capacidad de hablar: su desarrollo y la calidad de los resultados obtenidos dependen en buena parte del contexto comunicativo en que tiene lugar la educación. La consecución del conocimiento moral personal no es independiente de la lógica inmanente y objetivada en el ethos del grupo social. Y este ethos presupone compartir unos determinados fines y el modo de alcanzarlos, unos ciertos modelos y los modos de imitarlos, y se expresa en las leyes, en las costumbres, en la historia, en la celebración de los acontecimientos y de los personajes que mejor responden a la identidad moral del grupo.

    .Sin duda corresponde al director espiritual ayudar a la persona para que tenga una conciencia lo más exacta y equilibrada posible de estos fenómenos, y para que sepa interpretarlos a la luz del Evangelio. Por lo que se refiere al influjo activo, se trata de conseguir, por una parte, que la persona aprenda a evitar lo que pueda dar lugar a escándalo cooperación al mal y, más en general, lo que comúnmente se entiende por mal ejemplo, para lo cual a veces tendrá que descubrir ocasiones en las que su influjo sobre los demás le pasaba hasta ahora inadvertido; por otra, que la persona trate de encontrar modos de contribuir con su ejemplo, con su palabra y con su trabajo profesional a ordenar rectamente las actividades que realiza y los ambientes en los que se mueve, de modo discreto (sin ostentaciones no necesarias) y siempre con una actitud de respeto hacia los demás.

  2. Podrían señalarse diversos aspectos que tienen gran importancia para transmitir la fe. Uno primero es quizá la vida de piedad en la familia, la cercanía a Dios en la oración y los sacramentos. Cuando los padres no la “esconden” –a veces involuntariamente– ese trato con Dios se manifiesta en acciones que lo hacen presente en la familia, de un modo natural y que respeta la autonomía de los hijos. Bendecir la mesa, o rezar con los hijos pequeños las oraciones de la mañana o la noche, o enseñarles a recurrir a los Ángeles Custodios o a tener detalles de cariño con la Virgen, son modos concretos de favorecer la virtud de la piedad en los niños, tantas veces dándoles recursos que les acompañarán toda la vida.

    Otro medio es la doctrina: una piedad sin doctrina es muy vulnerable ante el acoso intelectual que sufren o sufrirán los hijos a lo largo de su vida; necesitan una formación apologética profunda y, al mismo tiempo, práctica.

    Lógicamente, también en este campo es importante saber respetar las peculiaridades propias de cada edad. Muchas veces, hablar sobre un tema de actualidad o un libro podrá ser una ocasión de enseñar la doctrina a los hijos mayores (esto, cuando no sean ellos mismos los que se dirijan a nosotros para preguntarnos).

    Con los pequeños, la formación catequética que pueden recibir en la parroquia o en la escuela es una ocasión ideal. Repasar con ellos las lecciones que han recibido o enseñarles de un modo sugerente aspectos del catecismo que tal vez se han omitido, hacen que los niños entiendan la importancia del estudio de la doctrina de Jesús, gracias al cariño que muestran los padres por ella.

    Otro aspecto relevante es la educación en las virtudes, porque si hay piedad y hay doctrina, pero poca virtud, esos chicos o chicas acabarán pensando y sintiendo como viven, no como les dicte la razón iluminada por la fe, o la fe asumida porque pensada. Formar las virtudes requiere resaltar la importancia de la exigencia personal, del empeño en el trabajo, de la generosidad y de la templanza.

    Educar en esos bienes impulsa al hombre por encima de las apetencias materiales; le hace más lúcido, más apto para entender las realidades del espíritu. Quienes educan a sus hijos con poca exigencia –nunca les dicen que “no” a nada y buscan satisfacer todos sus deseos–, ciegan con eso las puertas del espíritu.

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