Acostúmbrate a hablar quedamente y a hacer todo con suavidad

mansedumbreLa ira se vence siendo manso. El Señor lo ha dicho: «Bienaventurados los mansos porque heredarán la tierra». La mansedumbre no significa en absoluto debilidad: para ser manso se necesita la fortaleza de Dios. En su Introducción a la vida devota san Francisco de Sales escribe: «Quien posee la mansedumbre cristiana es afectuoso y tierno con todo el mundo; está dispuesto a perdonar y excusar las debilidades de los otros; la bondad de su corazón se manifiesta en una dulce afabilidad que informa sus palabras y sus obras, y lo ve todo bajo la luz más caritativa y amable. Nunca se permite hablar con dureza, y mucho menos con arrogancia y brusquedad. Su semblante refleja siempre una afable serenidad y lo distingue de forma notable de esas personas violentas de mirada iracunda que solo saben decir que no, o que, cuando conceden algo, lo hacen de tan mala gana que el favor que otorgan pierde todo el mérito». San Francisco de Sales nos ha dejado también este consejo práctico como remedio contra la ira: «Un medio muy importante para adquirir el hábito de la mansedumbre interior consiste en acostumbrarnos a llevar a cabo todas nuestras obras o a pronunciar todas nuestras palabras, sean o no relevantes, quedamente y con suavidad. Multiplica estos actos cuanto te sea posible cuando estés sereno y acostumbrarás a tu corazón a la mansedumbre». No te permitas nunca ceder a la pasión ni abras las puertas a la ira bajo ningún pretexto. Porque, una vez que ha logrado entrar, ya no estará en tu mano expulsarla ni moderarla.
Hay tres remedios contra la ira: 
—La distracción: domina enseguida tu ira fijando tu atención en otra cosa y guarda silencio.
—La oración: imita a los apóstoles cuando la tormenta los sorprendió en medio del mar y acude a Dios, porque solo Él es capaz de restablecer la paz de tu alma.
—El contraataque: si notas que la ira ya se ha apoderado de tu corazón, haz cuanto esté en tu mano para recobrar la compostura. Luego procura tratar humildemente y con amabilidad a la persona que ha provocado tu ira. Hazlo con delicadeza, porque es de vital importancia no reabrir las heridas.
                                                                                —-
Si eres de esas personas en quienes el pecado original se manifiesta en el violento veneno de la irascibilidad, trata de comprender que en el mundo hay más irreflexión que maldad. Los demás no desean ofenderte deliberadamente y con mala intención. Todos actuamos a veces de forma inconsciente y no nos damos cuenta fácilmente de que nuestras palabras o nuestras obras van a herir a otro. Por eso mucha gente ni siquiera sabrá por qué te enfadas. Probablemente conocerás a viejos amigos que han discutido por un asunto insignificante que muy bien podría haberse resuelto mansamente.
La arrogancia de la vida que san Juan denunció como una de las tres raíces del mal en el mundo a veces se manifiesta en tu vida en forma de impaciencia o enfado con quienes te rodean. Es probable que sea un defecto de tu carácter que te resulta muy fácil excusar e incluso defender. No disculpes ni justifiques tus estallidos de ira como quien no quiere la cosa diciendo: «Si la gente me hace enfadar, no tengo la culpa de lo que diga o haga». Eso significaría que tu culpa es doble, porque sabes de antemano cuándo y cómo te asalta la tentación. Quizá te excuses así: «Me suelo enfadar a menudo, pero no lo puedo evitar». Lo que en realidad estás diciendo es que te hallas tan apegado a tu defecto que te niegas a hacer el esfuerzo necesario para dominarlo, o que eres demasiado flojo para esforzarte por vencer ese hábito. Si quieres firmeza de carácter, no pactes nunca con tus defectos. Admítelos humildemente y, cada vez que lo hagas, renueva tu determinación de superarlos con la ayuda de Dios. Las faltas provocadas por el mal carácter suelen ser faltas a las que nos apegamos y que cuentan con nuestra disculpa.
Es sumamente difícil ejercer un control total sobre la pasión de la ira. Si tu temperamento te inclina a ella, tendrás que luchar toda la vida contra esa tendencia a enfadarte impetuosamente cuando te contrarían: no cedas al desaliento por mucho que recaigas en ella. Debes esforzarte incansablemente por alcanzar el ideal del autodominio, que significa guardar silencio en momentos de provocación y no actuar mientras estás alterado. La gracia de Dios es capaz de hacer lo que la debilidad te impide hacer a ti. Esta gracia te la garantizan los sacramentos y la oración. En la confesión y después de la Sagrada Comunión, pídele a Jesús que te ayude a controlar tu carácter. Cuando sientas la tentación de la ira, repite la jaculatoria: «Jesús, manso y humilde de corazón, dame un corazón semejante al tuyo». Si no has logrado dominarte, arrepiéntete enseguida de tu falta y di: «¡Jesús mío, misericordia!». La gracia de Dios te hará capaz de ser manso y dulce, como el Señor, y, siguiendo su ejemplo, heredarás la tierra. Cada victoria te ayudará a embridar en tu interior el poderoso impulso de la pasión y de las emociones. Si esos impulsos están disciplinados, son capaces de lograr cosas grandes.
¿Por qué no eliges a una persona o una situación que suelan hacerte enfadar repentinamente? Practica con ellas a solas. Piensa de antemano cómo las vas a afrontar. Pase lo que pase, no pierdas el control ante esa persona o en esa situación; y, si fracasas, confiesa tu falta con sinceridad. Poco a poco irás descubriendo cómo tu día se va llenando de un sentimiento de control, en tu vida de familia y con quienes tratas.
El Señor te anima a aprender la mansedumbre de Él, que es manso y humilde de corazón: aprende de Él no por ser para ti ejemplo de perfección en la fortaleza, en la templanza y en otras virtudes, sino por ser manso. Santa Margarita María explica los efectos de la mansedumbre: «La virtud de la mansedumbre te hará ser indulgente con el prójimo, al que disculparás, llevando con caridad y en silencio todo el dolor que pueda causar… Si quieres ser discípulo del Sagrado Corazón de Jesús, debes conformarte a sus divinas reglas y ser manso y humilde como Él»… Intenta ser manso porque Cristo fue manso. Aprende de Él, porque la mansedumbre es el precio de la paz en tu corazón y en tu familia, en tu pequeño rincón del mundo… (Autor: G. L. Lovasik, “El poder oculto de la amabilidad”)

2 comentarios en “Acostúmbrate a hablar quedamente y a hacer todo con suavidad

  1. Mansedumbre es la virtud que modera la ira y sus efectos desordenados. Es una forma de templanza que evita todo movimiento desordenado de resentimiento por el comportamiento de otro. La mansedumbre modera los arrebatos de cólera que se levanta impetuosa para rechazar el mal presente.

    Jesús enseña: “Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra”. -Mateo 5:4
    Cristo es el modelo: “Soy yo, Pablo en persona, quien os suplica por la mansedumbre y la benignidad de Cristo”
    – II Corintios 10:1

    “Mansedumbre, dominio de sí; contra tales cosas no hay ley”. -Gálatas 5:23
    “Hermanos, aun cuando alguno incurra en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado.” -Gálatas 6:1
    “Con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor” Efesios 4:2
    “Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia” -Colosenses 3:12
    “Que corrija con mansedumbre a los adversarios, por si Dios les otorga la conversión que les haga conocer plenamente la verdad” -II Timoteo 2:25

    Unido a la bondad y benignidad está la mansedumbre que les da como su acabamiento y perfección. La caridad no se aíra sino que en todo muestra suavidad y delicadeza. Así se comporta el alma en la que el Espíritu Santo desarrolla su acción sin tropiezos. Ante las dificultades que proceden de otras personas, ante las injusticias y ofensas, no se irrita ni alberga sentimientos de cólera o impaciencia, aunque sienta –y a veces muy vivamente, por la mayor finura que se adquiere mediante el trato con Dios– la aspereza de los demás, los desdenes, las humillaciones: cosas todas de las que se sirve Dios para acrisolar a las almas. Y a la mansedumbre, San Pablo añade la fe, entendida en el sentido de «fidelidad».El fraude, la mentira, la doblez, la traición, causan horror a un alma en la que el Paráclito produce este fruto. El cristiano, cuando empeña su palabra, no se echa atrás: es leal a sus compromisos y promesas. Y como esta franqueza arraiga profundamente en el fondo de su carácter, el alma fiel se halla fácilmente inclinada a creer lo que le dicen los demás. Santo Tomás ve en la fidelidad el cumplimiento acabado de cuanto hay obligación de dar a los demás; por eso constituye la perfección de la justicia. Por esto, la fidelidad constituye como la suma de todos los frutos del Espíritu Santo que miran a nuestras relaciones con el prójimo.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s