La ira puede destruir la paz de un buen día, herir a quien más quieres o romper una larga amistad

iraLa ira es un sentimiento desordenado de desagrado ante una ofensa real o hipotética que mueve a desear el castigo del ofensor. Tu ira es desordenada cuando la corrección o la pena que aplicas están motivadas por la pasión y la furia. Puede ser, por ejemplo, que dirijas a otro ásperas palabras no con afán de corregirle o ayudarle, sino únicamente para vengarte; o puede que tomes represalias enfadándote con él y guardándole rencor. Tu ira es desordenada cuando los métodos que empleas —insultos, palabras malsonantes, gritos o crueldad— no son rectos, sino pecado, y con capacidad de hacer más mal que bien.
Quizá no suelas dejarte llevar por la ira con los extraños, los conocidos o los amigos, pero sí con tu familia, a quien te unen los lazos más sagrados que hay en esta vida. Pecan los padres cuando corrigen a sus hijos insultándolos, cuando imponen castigos que traspasan los límites razonables, y cuando les gritan tan alto como pueden con intención de atemorizarlos. Cumples con tu deber de corregir justamente a los demás solo si es la razón, y no la pasión, la que te mueve a ello, y si el objetivo de las palabras y los actos que empleas no es herir, sino ayudar a quien corriges.

– Tu ira es desordenada si corriges o castigas cuando no estás en posición de hacerlo. A veces la convertimos en un método de defensa, como cuando somos culpables de faltas graves y nuestra ira estalla contra otros con intención de desviar la atención de nosotros.
– La ira, que constituye una alteración de los sentimientos violenta y destructiva por naturaleza, es enemiga de la caridad. Pocas veces eres tan injusto con el prójimo como cuando te enfadas, sin pararte a pensar si aquello que utilizas para atacar te hace incurrir o no en una falta.
– La ira es una injusticia y, con frecuencia, una injusticia inconsciente contra el mismo Dios, bondad infinita. Por eso, cualquier falta de caridad que comete un hombre airado es también una falta de amor a Dios, pues toda ofensa al prójimo equivale a una ofensa a Dios.
– Si no hay injusticia que no merezca el castigo de Dios, puede decirse que nuestro castigo empieza desde el primer momento en que nos dejamos llevar por la ira. La distorsión de los rasgos del rostro revela el dolor del hombre dominado por ella. Además de lo ridículo de tu apariencia, tus palabras y tus obras, te hace daño a ti y hace daño a tu salud; te vuelve desgraciado e infeliz, nubla tu entendimiento y te incapacita para juzgar correctamente.
– Con ella puedes destruir la paz de un día sosegado, herir a quien más quieres o romper una noble y larga amistad. Puede empujarte a proferir insultos que te obligarán a disculparte. Puede ponerte en evidencia, dar al traste con muchos beneficios materiales e incluso arruinar tu prestigio. Mucha gente se ha pasado toda una vida lamentando el mal causado en un momento de ira. ¿Somos capaces de imaginar esos remordimientos aún más amargos que duran toda la eternidad? (Autor: L.G. LOvasik, “El poder oculto de la amabilidad”)

2 comentarios en “La ira puede destruir la paz de un buen día, herir a quien más quieres o romper una larga amistad

  1. La rabia y el enojo pueden hacer estragos, no sólo en las personas que tenemos al lado, sino también en nuestro cuerpo. Diversos estudios indican que la ira aumenta las chances de padecer ciertas enfermedades del corazón, sobre todo en lo hombres. También causa problemas de estrés, digestivos, insomnio, dolores de cabeza, gastritis, etc. Por ello es vital aprender a controlar los episodios donde la temperatura y el color rojo de nuestro rostro empieza a aumentar.

    La ira es una emoción que puede variar de intensidad según el estado de la persona y aquello que la desencadena. Lo más leve es un disgusto y lo más grave es una rabia o furia. Puede acompañarla cambios, tanto psicológicos como biológicos, porque aumenta la presión sanguínea, la producción de ciertas hormonas (como la adrenalina o el cortisol) y la respiración.

    La manera instintiva y natural que tenemos las personas para expresar nuestra ira es a través de la agresividad, ya sea gritando, arrojando cosas o hasta golpeando. La Asociación Americana de Psicología informa que la ira es una respuesta a una amenaza externa, donde debemos luchar para defendernos de un mal mayor. Sin embargo, vale la pena saber que un poco de ira es necesaria para nuestra supervivencia. Recuerda que siempre los extremos son malos.

    Las terapias o métodos para relajarte te vendrán de maravilla para bajar la tensión y el enojo, así como también los pensamientos o sentimientos que te llevan a sentirte de esa manera. ¿Cómo puedes relajarte? Haciendo meditación. ¿Crees que es muy difícil? No importa, al menos inténtalo y verás como empiezas a estar más relajado. El hablar con Dios siempre relaja y te abre al conocimiento de cual es la causa y cómo debes esforzarte desde el punto de vista espiritual.

    El ejercicio físico nos ayuda a eliminar la ira de manera natural. Pero atención, que no todos los deportes o disciplinas sirven. Si no eres del tipo atleta no te preocupes, siempre encontrarás una actividad que te ayude a liberar las tensiones y a disfrutar al mismo momento. Puedes practicar boxeo, alguna arte marcial (judo, taekwondo, kickboxing), por ejemplo. O quizás andar en bicicleta o caminar te ayude a evitar un cuadro de ira.
    Si te das cuenta que tu enojo va en aumento, sal a pasear y a tomar aire. Cuando estés en la clase de gimnasia, enfoca tus energías a eliminar todo aquello que te hace enojar (puedes pensar en tu jefe, en tu suegra o en quién te chocó el coche).

    Una buena manera de eliminar la ira en exceso de nuestro cuerpo es afrontarla. Esto quiere decir, buscar en el fondo de nuestro interior cuáles son las causas de esta furia o de esa reacción. Tal vez no te hayas dado cuenta qué es lo que te molesta o bien necesitas hablar del tema, ya sea con un terapeuta o con la persona que genera estos sentimientos. Debes estar enfocado y pensar que todo tiene solución.

    Si la situación está fuera de control, no te preocupes porque no vale la pena. Si puedes mejorarlo o cambiarlo, entra en acción. Pide una cita en el psicólogo si crees que no puedes solo con tu ira, él sabrá cómo ayudarte mediante diferentes técnicas o simplemente por el hecho de escuchar cómo te quejas de tus problemas (porque desahogarse es una excelente manera de liberar las tensiones también).
    Cuando la ira empieza a dominarnos, no podemos pensar claramente. Esto es realmente un problema que, como todo, tiene solución. En primer lugar, debes tratar de evitar dos palabras: “nunca” y “siempre”, porque estarás justificando tu enojo y no darás lugar a solucionar lo que ocurre. Cambia el “siempre me enojo cuando llego tarde” o el “nunca puede estar sereno en un embotellamiento de tránsito” por un “haré lo posible por serenarme la próxima vez que no llegue a tiempo o que quede atascado en la carretera”

    Algunas veces, nos enojamos porque la frustración se apodera de nosotros. Si hablamos con una persona en más de una ocasión y las cosas no salieron como queríamos, no siempre es la culpa del otro, quizás somos nosotros los que no podemos explicar bien lo que deseamos. Escucha con atención lo que dices, pregunta al interlocutor qué ha comprendido de tus palabras, responde las dudas hasta que todo quede aclarado. Esto evitará muchos problemas.

    Toma vacaciones
    O si no puedes, al menos, un descanso de fin de semana en un lugar que no sea tu casa o donde estés acostumbrado. Sal un poco de la rutina, camina por un parque o por la playa, deja de pensar en los problemas, tómate un tiempo para pensar qué es lo que deseas y cómo calmar tus ánimos. Trata de no tomar contacto con aquellas cosas que te molestan (como ser el tránsito en la ciudad o el exceso de trabajo). Piensa siempre en positivo, aprovecha el contacto con la naturaleza, respira profundo, siente el aroma de una flor y ríete más.

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