No te acobardes nunca en tu combate contra la envidia

no te desanimesYa terminamos esta serie de entradas. Por eso, pide al Espíritu Santo la gracia que necesitas para superar los pequeños celos y las manifestaciones de vanidad que suelen empañar el brillo de tu caridadLos pecados de envidia, celos y vanagloria nacen de la soberbia y la avaricia, y provienen del amor propio herido o de una exagerada autoestima. Son pasiones que se manifiestan a diario en las relaciones humanas y ejercen una enorme influencia sobre los pensamientos y los deseos del hombre; transforman sus sentimientos y dominan su conducta. Son responsables de muchos pecados contra la caridad y de muchas de las inquietudes que atormentan los corazones. La señal del auténtico cristiano consiste en amar a Dios y amar al prójimo como a uno mismo. La avaricia, la envidia y los celos alimentan el odio, no el amor: por eso no tienen cabida en la vida del que sigue a Cristo. En palabras de san Pablo, «no seamos ambiciosos de vanagloria, provocándonos unos a otros, envidiándonos recíprocamente».

Las siguientes sugerencias pueden ayudarte a evitar la avaricia, la envidia y los celos:

—Recuerda que el principal objetivo de tu vida es salvar tu alma para el cielo. Las cosas materiales tienen que emplearse como medios para alcanzar ese fin, y nunca debes permitir que sean un obstáculo en tu camino hacia él. «Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os añadirán». Actúa con diligencia para aumentar la gracia de Dios y la paz en tu alma. En el reino de la gracia de Dios, que no tiene límites para nadie, no existen motivos para la envidia. En qué medida llegues a poseer esa gracia depende casi enteramente de ti.
—Sométete con humildad a la voluntad de Dios. Él ha impuesto a los hombres sus leyes de justicia y caridad para que puedan trabajar juntos y compartir del modo conveniente los bienes de la tierra. No obstante, en determinados casos permite que algunos de ellos sufran desigualdades, injusticias e incluso persecución, mientras que a otros —a veces también a los malvados— les deja prosperar, lo cual no es en absoluto señal de su favor. Para evitar la avaricia y la envidia, debes descubrir en todo ello la voluntad permisiva de Dios, que se halla gobernada por su sabiduría y su amor. Acostúmbrate a conformarte con lo que Dios te ha dado y no intentes convertirte en lo que no eres. Domina tus ambiciones y no busques honores que no te corresponden. No persigas conseguir lo que Dios quizá no quiere que tengas.
—No te acobardes nunca en tu combate contra la envidia. Es raro encontrar un corazón que no se vea tentado alguna vez por ella. El alma generosa sufre la humillación de sentirla bullir en su interior procurando nublar su visión. No te sorprendas, pues, si detectas su intento de influir en tus pensamientos, tus palabras y tus obras. Puede que percibas de alguna manera tu inclinación natural a alegrarte del fracaso del prójimo y a entristecerte ante sus éxitos. Que esa tentación te sirva de ocasión para cultivar, junto con tu autodominio, las virtudes de la generosidad y la caridad. Cuanto más luches por combatir las tentaciones de la envidia, más hondas serán las raíces de la caridad implantada en tu corazón. Fortalece tu resistencia ante la avaricia, la envidia y los celos despreciándolos. Pisotea todo sentimiento de envidia. Aparta de tu mente cualquier pensamiento envidioso.
—Imita las buenas cualidades que ves en los demás en lugar de lamentarlas. Ten la sensatez suficiente para comprender que las cualidades ajenas no menoscaban las tuyas. Si tu prójimo destaca en algo, es probable que sea mediocre en aquello en lo que destacas tú. Los hombres no somos iguales. Dios nos ha dado a todos una variedad de talentos y aptitudes. Sería absurdo dejar que la envidia y los celos atenuaran el brillo de lo que nos ha concedido a cada uno. Imitar las cualidades ajenas te ayudará a esforzarte lo suficiente para superar a otros en sabiduría, en virtudes e incluso en santidad, y a buscar el reconocimiento no para ti mismo, sino para Dios, para el bien de la Iglesia y de las almas. Los celos no son lo mismo que una sana emulación, cuyo objetivo es recto y que es válida en sus motivos y limpia en todos sus medios. La Iglesia misma nos presenta a los santos como modelos de virtud para que podamos imitarlos y san Pablo invita a los romanos a imitarle en su amor a Cristo: «Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo».
—Sé amable con la persona que despierta tu envidia. Solo el amor puede arrancar la envidia de tu alma: un amor más fuerte que aquello que trajo la muerte al mundo, más fuerte que la maligna alegría que suscitan en ti las dificultades del prójimo. «La caridad… no se alegra por la injusticia», dice san Pablo. Habla siempre bien de la persona a la que envidias. Alaba sus buenas cualidades. No te fijes en otros rasgos de su vida menos positivos ni los comentes. Defiéndela según dicte la prudencia y excúsala en la medida de lo posible.
Alégrate en Cristo cuando los otros son bendecidos con talentos, dones, éxitos y honores. Todos somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo: las cualidades de una parte de él redundan en beneficio del resto de las partes. Reza mucho por el éxito de sus proyectos y agradece a Dios el bien que hace el prójimo. Deja que la caridad te inspire una oración para que conserve su buena suerte y lo guarde de todo mal. Una oración como esa doblegará el poder de la envidia y hará desvanecerse la maligna alegría de tu corazón.
—Mantente cerca de Cristo con una oración perseverante y la recepción frecuente de los sacramentos de la Penitencia y la Sagrada Comunión, cauces habituales por los que nos llega la gracia. Solo si tu corazón cuenta con la ayuda de Dios brotarán de tu corazón rectos juicios en estas circunstancias. Si te separas de Él, poco a poco te irás atando más a las cosas de este mundo, serás una víctima cada vez más fácil de los vicios de la avaricia y la envidia. Una vez que este defecto se ha apoderado de nosotros, cuesta mucho desarraigarlo a causa de nuestra ceguera —que es consecuencia de la envidia— y de nuestra persistente resistencia a admitir, incluso ante nosotros mismos, la culpa de algo que todo el mundo condena. Se trata de un mal difícil de superar, pero para la gracia de Dios no hay nada imposible. Pon toda tu confianza en Él y rechaza enseguida cualquier tentación de envidia, avaricia y celos. Pídele la gracia de desear siempre la prosperidad de las obras de los demás. (Autor: L. G. Lovasik, en “El poder oculto de la amabilidad”)

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3 comentarios en “No te acobardes nunca en tu combate contra la envidia

  1. La envidia es una emoción desagradable, que provoca conductas y consecuencias desagradables en los demás. Es sin duda, uno de los problemas emocionales más frecuentes, y quizás de los que menos se hablen. ¿Cómo actúa la envidia en nuestras vidas? La envidia es una emoción que implica anhelar lo que la otra persona tiene, o querer estar pasando por la misma situación del otro. Envidiar es desear lo que el otro tiene. Podemos envidiar un puesto de trabajo, un coche, una casa, un buen marido, el carisma de un amigo, el físico de alguien, etc. todo aquello que pensamos que no tenemos y necesitamos obtener para ser felices, sobre todo, el éxito y el triunfo. El objetivo es siempre tener “mayor cantidad”.

    El acto de envidiar nos coloca en un plano de continuainsatisfacción y queja, que lentamente nos va destruyendo sin darnos cuenta. Poco a poco, nos va acortando nuestra visión, observando todo a través de una capa de neblina, que no nos permite ver más allá de nuestros ojos. Para una persona envidiosa, el propio tiempo se esfuma, dedicándole al deseo de lo que tienen los otros, opinando y juzgando sobre ello, en lugar de orientarse a alcanzar sus propios sueños.

    La envidia nos desvía de nuestro camino, dirigiendo nuestra energía hacia el camino equivocado “el otro”, en lugar de buscar en nosotros mismos las mejores oportunidades. Es por lo tanto, una emoción compleja y cegadora, que nos hace olvidar que somos los protagonistas de nuestras vidas, convirtiéndonos en víctimas que malgastan el tiempo, en vez de vivir bien y permitir que el otro viva como mejor le parezca. Como decía Napoleón Bonaparte: “La envidia es una declaración de inferioridad” Pero la envidia, es una emoción evitable, ya que podemos echarla a un lado si queremos, y así dejaremos de lastimarnos y descentrarnos de nuestros propios objetivos.

    La envidia sana es aquella en la que se reconoce que el otro tiene algo que deseamos y que aún no tenemos, pero que haremos todo lo posible por conseguir. Es decir, reconocemos que alguien trabajó aquel “extra” que no hemos realizado y que nos falta por recorrer para llegar al mismo lugar. Es sana porque no acarrea dolor, ni frustración. Sin embargo, hay otra envidia que es más enfermiza, ya que genera una continua desazón, infelicidad, dolor y frustración por no poder tener lo que el otro tiene o ha conseguido, de tal manera, que inhabilita todo aquello importante para conseguirlo.

    Es una emoción destructiva. Este último tipo de envidias, ciegan a las personas ante el valor de sus propias vidas, pues se niegan a dar valor a todo lo conseguido. Son vidas que desean encarnarse en otras vidas, sin plantearse que quizá si lo hicieran no serían capaces de tolerar y atravesar todo lo sobrellevado hasta alcanzar al éxito. Un dicho popular lo explica muy bien, “Si miras mi éxito, mira también mi fracaso”. Por ello, es importante tener en cuenta que muchas de las personas que se encuentran hoy en un lugar privilegiado han sido constantes y pacientes, pagando el precio de trabajar y esforzarse, como el deseo de intentar mejorar cada día un poco más.

    La envidia se combate preocupándonos de nosotros mismos. Nuestra búsqueda personal es la que nos dará el sentido a nuestras vidas. Nuestros objetivos, nuestras metas, nuestros sueños y propósitos, enfocarán nuestra energía y nuestra forma de actuar. Cada logro del otro, podemos convertirlo en un desafío para nosotros, en una fuente de inspiración. Es mejor admirar, que envidiar. Cuando envidiamos, el mensaje que enviamos es que queremos destruir al otro, pero cuando admiramos tan solo expresamos que queremos aprender como lo logró el otro. Soñar, proyectarse y ser cada día un poco mejor son las claves que nos indicarán que las limitaciones solo se encuentran en la mente. Además, tenemos que tener claro que no tenemos que competir con nadie, ni demostrarle nada a nadie, ni siquiera tenemos que llegar a donde el otro llegó, lo importante, es que intentemos superar nuestros logros y nuestros propios límites. ¡Hay que ser la mejor versión de uno mismo. No obstante pidámosle al Señor que nos de la fuerza suficiente para amarle sobre todas las cosas e intentar todos los días examinarnos si realmente le hemos demostrado más amor, si poco a poco vamos consiguiendo lo que Él quiere de nosotros, no lo que nosotros queremos.

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