El amor propio desordenado puede amargarte la vida

orgullo

La vanagloria, que es una manifestación de la envidia y los celos y, por lo tanto, un obstáculo para el amor fraterno, consiste en la sobrestima de uno mismo. Es el engreimiento y la valoración exagerada de las propias facultades, de la posición social, del saber o el talento, de las aptitudes y habilidades. El amor propio constituye una inclinación tan fuerte que puede arrastrarte hasta el punto de amargarte la vida y, en consecuencia, hacerte muy desgraciado.
San Pablo la considera un impedimento para el amor fraterno. «La caridad… no hace alarde, no se envanece… no busca su propio interés». El que permite que lo gobierne la vanagloria despierta fácilmente el resentimiento de los demás. El que cae en el error de impresionar a otros con una grandeza hueca se convierte en víctima de la envidia.

Procura descubrir cómo la vanidad menoscaba lo que hay de bueno en ti; cómo tiende a hacerte falso, infeliz y ridículo a ojos de los demás, y a arruinar tu carácter. Los inmensos favores y regalos que has recibido de Dios son inmerecidos. … Librado a tu suerte, no serías más que esclavo de tus pasiones. En realidad, lo que tienes de bueno se lo debes a la acción de la gracia en tu alma. Por eso, lo natural en ti deberían ser la humildad y la gratitud. Cristo no buscó la estima ni la alabanza de los hombres, sino la gloria de su Padre. Con su forma de  vida se ganó duras críticas y el odio implacable de su propio pueblo. Solo una verdadera humildad fue capaz de superar esa prueba de virtud. «Tampoco Cristo buscó su complacencia; antes bien, como está escrito: los ultrajes de los que te ultrajaban cayeron sobre mí», dice san Pablo.
No busques la estima ni el reconocimiento de los hombres: busca la estima de Cristo mediante el humilde uso de los dones que te ha concedido. Esa es la verdadera estima que desearás a la hora de la muerte. Dice el salmista: «No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre da la gloria». (Autor: L. G. Lovasik en “El poder oculto de la amabilidad”)

5 comentarios en “El amor propio desordenado puede amargarte la vida

  1. En el Diario de un cura rural, Bernanos nos presenta la vida de un párroco de pueblo, inspirándose en la vida del santo Cura de Ars. Hay dos pasajes muy hermosos, que narran los íntimos pensamientos del cura en los últimos momentos de su imprevista enfermedad: «Las últimas semanas que Dios me conceda continuar sosteniendo la responsabilidad de la parroquia… procuraré actuar menos preocupado por el futuro, trabajaré solamente por el presente. Este tipo de trabajo parece hecho a medida para mí… Y luego, no tengo éxito más que en las cosas pequeñas. Y si he sido frecuentemente probado por la inquietud, debo reconocer que triunfo en las minúsculas alegrías». O sea, un recipiente de la misericordia pequeñito, unido a las minúsculas alegrías de nuestra vida pastoral, donde podemos recibir y ejercer la misericordia infinita del Padre con pequeños gestos. Los pequeños gestos de los curas.

    El otro pasaje dice: «Todo está ya acabado. Esa especie de desconfianza que tenía de mí, de mi persona, se acaba de disolver, creo que para siempre. La lucha se acabó. Ya no le veo la razón. Me he reconciliado conmigo mismo, con esta ruina que soy. Odiarse es más fácil de cuanto se cree. La gracia consiste en olvidarse. Pero, si cada orgullo muriese en nosotros, la gracia de las gracias sería solo amarse a sí mismos humildemente, como uno cualquiera de los miembros que sufren de Jesucristo». Es el recipiente: «Amarse humildemente a sí mismos, como a cualquier miembro que sufre de Jesucristo». Es un recipiente común, como un viejo cántaro que podemos pedir prestado a los más pobres.

    El Cura Brochero, el Beato argentino que pronto será canonizado, “se dejó trabajar el corazón por la misericordia de Dios”. Su receptáculo acabó por ser su mismo cuerpo leproso. Él, que soñaba morir galopando, vadeando algún río de la sierra para ir a dar la unción a algún enfermo. Una de sus últimas frases fue: «No hay gloria completa en esta vida». Esto nos hará pensar: «No hay gloria completa en esta vida». «Yo estoy muy contento de lo que ha hecho conmigo respecto a la vista y se lo agradezco mucho por eso”. La lepra lo había vuelto ciego. «Cuando era capaz de servir a la humanidad, conservó íntegros y robustos mis sentidos. Hoy, que ya no puedo, me ha privado de uno de los sentidos del cuerpo. En este mundo no hay gloria completa, y estamos llenos de miserias». Muchas veces nuestras cosas se quedan a medias y, por tanto, salir de sí mismos es siempre una gracia. Nos viene concedido “dejar las cosas” para que las bendiga y perfeccione el Señor. Nosotros no debemos preocuparnos mucho. Esto nos permite abrirnos a los dolores y a las alegrías de nuestros hermanos. Era el Cardenal Van Thuan quien decía que, en la cárcel, el Señor le había enseñado a distinguir entre “las cosas de Dios”, a las que se había dedicado en su vida cuando estaba en libertad como sacerdote y obispo, y Dios mismo, al que se dedicaba mientras estaba encarcelado (cfr. Cinco panes y dos peces, San Pablo 1997).
    Pongámoslo todo en manos de Dios, para que de las buenas obras sea Dios glorificado y pidamos a Santa María nos ayude, como Madre, a dar siempre gracias por todo bien recibido.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s