Si eres mal perdedor, puede ayudarte leer esto…

efe_20150202_213700_pa26891errejonLa raíz de los celos es la soberbia: de ahí que puedan convertirse en campo abonado donde crezcan otros vicios. El odio, que tiene como frutos la calumnia, la difamación y los juicios temerarios, nace de los celos, los cuales fomentan también la maledicencia y se convierten en un instrumento capaz de dañar la fama y la reputación ajenas.
Los celos pueden llevar al hombre a excederse en el trabajo, la ambición y la búsqueda de riquezas, e incluso a valerse de medios dudosos para superar a sus rivales. Por eso la lealtad y la justicia son víctimas de ellos. Mientras no encuentren satisfacción, no hay paz en el alma: solo angustia e infelicidad.
En los juegos (tanto de habilidad como los de azar) pueden hacer claramente patentes ciertos rasgos de tu carácter. La actitud positiva cuando pierdes, junto con una caridad y una humildad no fingidas, son indicios de tu fuerza de voluntad y de tu dominio de la soberbia y las pasiones. Si eres mal perdedor, manifiestas la debilidad de tu voluntad acusando enfadado al ganador, culpando de tu fracaso a tu pareja, a tu equipo o a un inocente espectador, o mostrando tu descontento y tu mal humor.
El buen perdedor sabe que los juegos sirven para entretenerse y disfrutar, y que no hay que tomarse demasiado en serio ni las victorias ni las derrotas. Y, sobre todo, sabe que, si la rueda de la fortuna le quita la paz o le lleva a ser desagradable con los demás, el objetivo del juego ha fracasado. También se da cuenta de que a veces a la humildad le conviene perder y está agradecido del bien espiritual que se deriva de la derrota. (Autor: L. G, Lovasick, “El poder oculto de la amabilidad”)

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4 comentarios en “Si eres mal perdedor, puede ayudarte leer esto…

  1. El cristianismo no comparte plenamente los puntos de vista estoicos, o en general de la cultura grecorromana, sobre el ideal del sabio (apatheia). Está de acuerdo en que la persona recta debe dominar sus impulsos inferiores (la parte más baja de la sensibilidad), pero, con San Pablo, defiende que el espíritu del hombre convertido debe estar conducido por el impulso de la caridad. Esto modifica bastante los planteamientos clásicos, con un dinamismo nuevo y unos nuevos horizontes de conducta. La caridad, el amor que se entrega a Dios y al prójimo, debe conducir a un heroísmo que pasa por encima de lo que es razonable. Así lo formula el primer mandamiento: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”. Y también se muestra en las sorprendentes exigencias del amor que Cristo propone a los que le siguen: “Nadie tiene amor más fuerte que el que da su vida por los amigos”; “Yo os digo: amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen y calumnian”.

    El ideal clásico de sabio rechaza el ímpetu de los sentimientos capaces de perturbar la razón. Pero el cristianismo aspira al dominio del impulso de la caridad en la conducta. Por eso mismo, califica positivamente la espontaneidad de las manifestaciones afectivas cuando se dirigen a Dios y al prójimo. Desde el principio, el cristianismo considera como virtud la misericordia, y espera de los cristianos que tengan “entrañas de misericordia”, como Dios mismo las tiene. En Dios, que es espíritu, se trata de una misteriosa metáfora con un alcance imposible de imaginar, pero en el hombre se refiere a una experiencia afectiva perfectamente identificable.

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