La envidia es la única pasión que conlleva solo dolor y ninguna recompensa

envidia malaPor lo general la envidia trastoca la vida en común. Vuelve al hijo contra el padre, al hermano contra el hermano, al prójimo contra el prójimo y a una nación contra otra. Destruye la fraternidad, mina las relaciones de negocios y pone trabas a la reconciliación. Es una de las principales fuentes de malentendidos, críticas, odios, venganzas, calumnias y maledicencias, y de perversos ataques a la vida privada.
La envidia y la avaricia, de donde nacen los conflictos y las guerras de este mundo, son pecados contra la caridad porque nos hacen perseguir lo que pertenece a otros. A menudo nos llevan a desear lo que no es nuestro a costa del daño del prójimo.
Pero sus consecuencias más nocivas afectan al propio envidioso. De todas las pasiones, es la única que solo proporciona dolor y no conlleva ninguna recompensa para el hombre. Lejos de ser gratificante, como la lujuria o la soberbia, acrecienta la miseria. Es como un gusano que corroe y destruye la paz del alma y la salud del cuerpo. Empeora el carácter llenando el corazón de abatimiento. Vuelve a las personas desconfiadas, injustas y suspicaces, y hace a sus víctimas malhumoradas, tristes e inaccesibles.

Donde más claramente se reconoce es en la caída de los ángeles, expulsados del cielo por envidiar a Dios. El Libro de la Sabiduría dice: «Por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo». Nuestros primeros padres fueron víctimas de la envidia de lucifer. Fue también la causa de la primera muerte de la historia del hombre. Imagínate el terror de Abel al contemplar a su hermano, con el rostro desfigurado del envidioso, a punto de asestarle el golpe mortal, y el dolor de Eva ante el hijo ensangrentado yaciendo a sus pies. O piensa en la persistente angustia con que la sombría envidia del rey Saúl llenó la vida del joven David. (Autor: L. G, Lovasick, “El poder oculto de la amabilidad”)

2 comentarios en “La envidia es la única pasión que conlleva solo dolor y ninguna recompensa

  1. La envidia es un fenómeno psicológico muy común que hace sufrir enormemente a muchas personas. Tanto a los envidiosos como a sus víctimas. Puede ser leve o intensa, simple o compleja, consciente o inconsciente, explícita o involucrada en algunos síntomas neuróticos… No hay envidia “sana”. La envidia es siempre un doloroso sentimiento de frustración por alguna carencia que, siendo nuestra, nos parece que los demás no tienen, por lo que sufrimos contra ellos, consciente o inconscientemente, una gran hostilidad. ¿Por qué?

    El envidioso es un insatisfecho que, con frecuencia, no sabe que lo es. Por ello siente secretamente mucho rencor contra las personas que poseen algo (belleza, dinero, sexo, éxito, poder, libertad, amor, personalidad, experiencia, felicidad…) que él también desea pero no puede o no quiere desarrollar. Así, en vez de aceptar sus carencias o realizar sus deseos, el envidioso simplemente odia y desearía “destruir” a toda persona que, como un espejo, le recuerda su privación. La envidia es, de este modo, la rabia vengadora de quien, en vez de luchar por sus anhelos, prefiere eliminar la competencia. Por eso la envidia es una defensa típica de las personas más débiles en cualquier sentido.

    La envidia es parte inseparable de esa otra gran defensa neurótica, el narcisismo, desde el que el sujeto experimenta un ansia infatigable de destacar, ser el centro de atención, lograr valoración en toda circunstancia. Por eso tantas personas se sienten continuamente amenazadas por los éxitos, la vida y la felicidad de los demás y, atormentadas por la envidia, viven en perpetua competencia contra todo el mundo. No es ya que los demás tengan cosas que el envidioso desea. ¡Es que las desea precisamente porque los demás las tienen! El envidioso es un niño inmaduro. Y su sufrimiento condiciona enormemente su personalidad, su estilo de vida y su felicidad.

    Las formas de expresión de la envidia son innumerables. Por ejemplo, críticas, murmuración, injurias, desdén, rechazo, agresiones, dominio, represión, humor negro, rivalidad, difamación, venganzas… A escala individual, la envidia suele formar parte de muchos trastornos psicológicos (algunos complejos, ansiedades, depresiones, malos tratos…). En las relaciones personales, familiares y de pareja, está involucrada en muchos conflictos y rupturas. En lo sociopolítico, su influencia es determinante. Por ejemplo, la envidia masculina del poder sexual, emocional y procreador de las mujeres alimenta el machismo. La envidia de los pobres estimula la protesta social. La envidia de los ricos fomenta sus luchas intestinas. La envidia de los vanidosos sostiene las artes y espectáculos. La envidia de las mujeres robustece el colosal negocio de la belleza y las modas.

    No hay que confundir la envidia con los celos, que son cosas muy distintas. La envidia desearía destruir al objeto-espejo. Los celos, en cambio, desean conservar a toda costa el afecto del otro/a. No obstante, ambos sentimientos pueden ir juntos a veces. Por ejemplo, en los casos de infidelidad amorosa, algunas personas agreden a su pareja infiel no sólo por el dolor de los celos (“agresión-castigo”), sino también por su secreta envidia… ¡pues el engañado/a estaba reprimiendo sus propios deseos de ser infiel! Etcétera.

    En suma, cuanto más infantil, neurótica o insatisfecha es una persona, tanto más envidiosa resultará necesariamente. La envidia sólo se cura madurando la personalidad y resolviendo las propias carencias. La persona madura no envidia a nadie.

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