Estad alerta y guardaos de toda avaricia…

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El deseo de tener cosas y el hábito de reunir bienes forman parte del amor natural a uno mismo que Dios ha puesto en nosotros. Son virtudes naturales que se nos han dado para que, a través de ellas, podamos asegurarnos la existencia y el bienestar. No hay nada intrínsecamente malo en los esfuerzos del hombre por obtener riqueza.
El objetivo de la avaricia es parecido, pero sus medios son perversos. La avaricia —o la codicia— es el deseo inmoderado de bienes mundanos: pisotea a los rivales, explota a los trabajadores y no conoce otro criterio de conducta que el éxito. Representa un serio obstáculo para amar al prójimo. Por eso tu alma debe estar vigilante y desechar todo pensamiento o deseo inspirados por ella.
La avaricia roba al hombre el amor al prójimo. Quien cae bajo su dominio no tarda nada en volverse desconsiderado y falto de compasión, y carece de generosidad y amor hacia los demás, a quienes ve como obstáculos en el camino que le lleva sin vacilar a obtener más riqueza.
También roba a las personas el amor a Dios. “No se puede servir a dos señores, a Dios y a las riquezas”. El deseo desmedido de bienes materiales conlleva el olvido de Dios. La avaricia acaba arrebatando al hombre todo lo que en verdad podría llamar suyo, y lo despoja de su única y auténtica riqueza: los tesoros de su alma. A la hora de la muerte, no le quedará nada de lo que su avaricia le ha procurado, porque los bienes solo le han sido prestados.

La avaricia es la razón de mucha infelicidad. La verdadera alegría procede de la felicidad que hallamos en Dios, y no en las cosas terrenas. Cuando Jesús dice: «Estad alerta y guardaos de toda avaricia; porque aunque alguien tenga abundancia de bienes, su vida no depende de lo que posee», no se refiere tanto a nuestro amor a los demás como al recto amor a nosotros mismos. Por eso, al invitar al joven rico a vender todos sus bienes y dárselos a los pobres para hacerse con un tesoro en los cielos, lo que tiene presente es su alma… «Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo —la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la arrogancia de los bienes terrenos— no procede del Padre sino del mundo. Y el mundo es pasajero, y también sus concupiscencias; pero quien cumple la voluntad del Padre permanece para siempre» (aquí se entiende mundo como lo mundano).
Si hay en tu corazón un solo germen de avaricia, pídele al Señor la gracia de eliminarlo y que, en su lugar, llene tu alma de un ardiente deseo de las cosas de Dios, que la enriquecerá y te ganará una recompensa eterna.

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3 comentarios en “Estad alerta y guardaos de toda avaricia…

  1. El cristianismo ofrece muchas luces para el análisis y reconocimiento del mal en el mundo, en la naturaleza y cada uno en sí mismo. En consecuencia, impulsa a un esfuerzo de superación personal y a un compromiso de entrega y servicio. La entrega personal es la respuesta adecuada al conocimiento del mal en el mundo y, en general, del sufrimiento ajeno, y forma parte de la vocación básica de un hombre honrado. Pero hay más. Ante la experiencia de las dimensiones del mal, que nunca es posible resolver sólo con medios humanos, surge el deseo de una salvación definitiva que sólo puede venir de Dios: “Sólo un Dios puede salvarnos”, concluye Heidegger en su famosa última entrevista, quizá rememorando sus raíces cristianas. Aunque esta frase fue pronunciada en un contexto más particular, es una conclusión inevitable que se sigue del conocimiento de la vida humana, de su situación existencial.

    La salvación de Dios tiene un signo en el mundo, que es la Cruz de Cristo, alzada en el centro de la historia. Una cruz que es, al mismo tiempo, el mayor símbolo del pecado, la expresión de la solidaridad de Dios, que quiere compartir el dolor humano, y, tras la resurrección, una promesa de plenitud entreabierta en la historia. Se abre un más allá, una nueva dimensión para la vida humana, a la que se puede llegar por la participación en el Misterio Pascual, en la muerte y resurrección de Cristo

    Esta es la dinámica del existencialismo cristiano. Tomar conciencia del mal, estimular el compromiso, excitar el anhelo de paz y de justicia, y, al ser iluminado por la fe, abrirse a la esperanza. En la relación de las bienaventuranzas (Mt 5), se muestra la paradoja cristiana que envuelve la situación del hombre. Aspira a una plenitud en un mundo que no es bueno y en el que necesariamente, si se quiere ser bueno, es preciso tomar conciencia del mal y sufrir. Pero promete la salvación de Dios, el Reino que ha de venir, con una plenitud de justicia y de paz. La muerte adquiere entonces un sentido de purificación y de preludio ante el mundo que Dios ha de restaurar.

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