Una vez que te conozcas a ti mismo, perderás todo deseo de juzgar a los demás

observarse a uno mismoEl mejor remedio contra el hábito de juzgar a los demás consiste en acostumbrarte a pensar en tu propia culpa y en tus faltas ante Dios siempre que te sientas tentado a juzgar la culpa de otro. Si recuerdas tus pecados ocultos del pasado, te sentirás agradecido de que los demás no los conozcan y serás generoso y benévolo cuando los juzgues a ellos. San Pablo dice: «Tú ¿por qué juzgas a tu hermano? ¿O por qué desprecias a tu hermano? Todos compareceremos ante el tribunal de Dios».
Solo cuando todo el amor y la gracia de Dios hayan sido incapaces de triunfar sobre el hombre injusto y, por ese motivo, este se vea privado de ellos, solo entonces Dios juzgará que ha llegado el momento de aceptar apartarlo de sí… Mientras todo un Dios, en su santidad, espera y retrasa su juicio, por qué nuestra mente enseguida se presta para hacernos pensar que no se puede seguir respetando a un hombre así. Y así resulta que mientras Dios retrasa su sentencia, hace mucho que nosotros ya le hemos condenado.

«Uno solo es legislador y juez, el que puede salvar y perder. Pero tú, ¿quién eres para juzgar al prójimo?» (St 4, 12). ¿Quién eres tú para condenar a nadie? Aunque puede que no compartas con el prójimo esas debilidades humanas, no estás libre de la fragilidad. Cuanto más profundamente mires en tu interior, con más claridad advertirás tu propio pecado. El rey David oraba así: «En culpa nací, y en pecado me concibió mi madre». Una vez que te conozcas a ti mismo, perderás todo deseo de juzgar a los demás. (Autor: L.G. Lovasik, “El poder oculto de la amabilidad”).

2 comentarios en “Una vez que te conozcas a ti mismo, perderás todo deseo de juzgar a los demás

  1. Más si, después de todo esto, aún sigues preguntando de dónde viene el mal, yo te respondo que de la negligencia, de la pereza, del trato con los malos, del desprecio de la virtud. De ahí viene el mal y de ahí también que algunos se pregunten de dónde viene el mal. Ninguno de los que practican la virtud, ninguno de los que se han decidido a vivir modesta y castamente, mueve semejantes cuestiones. No, eso se queda para los que se atreven a cometer el mal y que quieren por tales razonamientos justificar una negligencia sin provecho y tejen para ello sus telas de araña. No, no viene el mal de la necesidad. Si de la necesidad viniera, no hubiera dicho el Señor: ¡Ay del hombre por quien viene el escándalo! Pues aquí sólo se lamenta de los que son por propia voluntad malvados. Y no te sorprenda esa expresión: por quien. Porque no quiere decir que otro introduce el escándalo por medio de él, sino que es uno solo y el mismo quien lo hace todo. En la Escritura, la expresión por quien viene a ser lo mismo que “por acción de quien”. Por ejemplo, cuando dice: He tenido un hombre por Dios, donde no se trata de la causa segunda, sino de la primera. Y en otro pasaje: ¿La interpretación de estos sueños no se ha hecho por Dios? Fiel es Dios, por quien fuisteis llamados a la comunión con su Hijo.

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