¡Cuántas veces te has equivocado al juzgar a otros!

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Tanto la justicia como la caridad exigen -además de evitar juzgar los actos de los demás-, interpretarlos del mejor modo posible. Ningún juicio sobre alguien es justo excepto el de Dios, porque solo Él juzga con un conocimiento, una certeza y una misericordia perfectas. Dios es misericordioso por ser omnisciente… Tú debes imitar a Dios y aprender a interpretar benévolamente los motivos y los actos de otros para poder alcanzar el perfecto amor al prójimo. Las interpretaciones en las que pones amabilidad son imagen de la compasión misericordiosa del Creador, que disculpa a sus criaturas. Por eso, la amabilidad en los juicios es la auténtica sabiduría, porque imita la sabiduría de Dios.
¿No te ha enseñado la experiencia que, cuando interpretas algo favorablemente, casi siempre aciertas más, que cuando juzgas temerariamente? ¡Cuántas veces te has equivocado al juzgar a otros! Hay algo que te parece tan evidente como la luz del día. No puede tener más que un único significado. Te formas un juicio contrario a la caridad y se despierta en ti una justa indignación. Y, de repente, te encuentras con otra explicación diferente y muy sencilla: tan sencilla que te preguntas cómo no se me había ocurrido antes.

Te costaría menos ser santo si pudieras ver el carácter del prójimo con buenos ojos. Naturalmente, sería poco realista cultivar la ceguera ante el mal, pero lo que te toca cultivar es algo más noble y veraz que la rapidez para detectar el mal. Pero cultivar la costumbre de juzgar a los demás con amabilidad es muy difícil de adquirir. De hecho, no se suele conseguir hasta que no se ha avanzado mucho en la vida interior. Los santos, a imitación de Jesús, han sido especialmente misericordiosos y han procurado por todos los medios proteger la reputación del prójimo. Tú ¿no puedes seguir sus pasos? (Autor: L.G. Lovasik, “El poder oculto de la amabilidad”).

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3 comentarios en “¡Cuántas veces te has equivocado al juzgar a otros!

  1. Si la regla de conducta del maestro debe ser siempre perseguir el vicio para corregirle, es muy conveniente que conozcamos que debemos ser firmes con los vicios, pero compasivos con el hombre (SAN GREGORIO MAGNO, Hom. 33 sobre los Evang.).

    Un discípulo de Cristo jamás tratará mal a persona alguna; al error le llama error, pero al que está equivocado le debe corregir con afecto: si no, no le podrá ayudar, no le podrá santificar (J. ESCRIVA DE BALAGUER, Amigos de Dios, 9).

    Tanto los predicadores del Señor como los fieles, deben estar en la Iglesia de tal manera que compadezcan al prójimo con caridad, pero no se separen de la vía del Señor por falsa compasión (SAN GREGORIO MAGNO, Hom. 37 sobre los Evang.).

    El espíritu de dulzura es el verdadero espíritu de Dios; el de sufrimiento es el del Crucificado. Compartidlos; puede hacerse comprender la verdad y amonestarse, siempre que se haga con dulzura. Hay que sentir indignación contra el mal y estar resuelto a nunca transigir con él; sin embargo, hay que convivir dulcemente con el prójimo (SAN FRANCISCO DE SALES, Epistolario, fragm. 110, I. c., p. 744).

    El Salvador crucificado, no pudiendo absolutamente excusar el pecado de los que le habían puesto en la cruz, trata sin embargo de aminorar la malicia, alegando su ignorancia. Cuando no podamos nosotros excusar el pecado, juzguémosle a lo menos digno de compasión, atribuyéndolo a la causa más tolerante que pueda aplicársele, como lo es la ignorancia o la flaqueza (SAN FRANCISCO DE SALES, Introd. a la vida devota, III, 28).

    Procuremos siempre mirar las virtudes y cosas buenas que viéremos en los otros, y tapar sus defectos con nuestros grandes pecados. Es una manera de obrar que, aunque luego no se haga con perfección, se viene a ganar una gran virtud, que es tener a todos por mejores que nosotros, y comiénzase a ganar por aquí el favor de Dios (SANTA TERESA, Vida, 13, 6).

    Aunque vierais algo malo, no juzguéis al instante a vuestro prójimo, sino más bien excusadle en vuestro interior. Excusad la intención, si no podéis excusar la acción. Pensad que lo habrá hecho por ignorancia, o por sorpresa, o por desgracia. Si la cosa es tan clara que no podéis disimularla, aun entonces procurad creerlo así, y decid para vuestros adentros: la tentación habrá sido muy fuerte (SAN BERNARDO, Sermón 40 sobre el Cantar de los Cantares).

    Para no ser juzgado es necesario no juzgar a los demás y juzgarse a sí mismo… Pero, ¡oh, Dios!, todo lo hacemos al revés; continuamente estamos juzgando al prójimo, que es lo que se nos prohíbe, y jamás queremos juzgarnos a nosotros mismos, como se nos manda (SAN FRANCISCO DE SALES, Introd. a la vida devota, III, 28).

    La comprensión es, en muchas ocasiones, la mejor muestra de caridad

    La caridad lleva siempre a la comprensión (SAN JUAN CRISÓSTOMO, Hom. sobre S Mateo, 73)

    Más que en «dar», la caridad está en «comprender». -Por eso busca una excusa para tu prójimo- las hay siempre-, si tienes el deber de juzgar (J. ESCRIVA DE BALAGUER, Camino, n. 463).

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