No se puede juzgar rectamente basándose solo en las apariencias

desconfianza4Hay ciertas cosas que, sencillamente, no puedes saber de la persona a la que te sientes inclinado a criticar.

  • En primer lugar, no puedes conocer cuál es el estado real de su mente: quizá en el momento de hacer aquello que tú criticas fuera mentalmente irresponsable.
  • En segundo lugar, no puedes conocer el trasfondo completo de su entorno y de la educación recibida. Tal vez el Día del Juicio descubramos que la responsabilidad de las obras o los caracteres que nos parecen tan reprobables recae —por negligencia, por una formación deficiente o por una influencia externa— sobre los padres, los profesores o los amigos.
  • En tercer lugar, no puedes conocer los verdaderos motivos que hay detrás de sus acciones. Con frecuencia solemos atribuir a una acción motivos que habrían sido los nuestros en las mismas circunstancias. Pero no hay dos seres humanos idénticos. Si intentas determinar los motivos de otros, es posible que te equivoques.
  • En cuarto lugar, no puedes conocer el grado exacto de culpa en el que incurre un hombre, sea cual sea su pecado: eso compete al juicio de Dios.

No tienes derecho a emitir un juicio sobre alguien o sobre algo hasta haberlo analizado desde todos los puntos de vista y sopesado cuidadosamente todas las circunstancias accidentales que, por su naturaleza, podrían arrojar luces distintas sobre el asunto. Para valorar el carácter de un hombre rectamente y en justicia, tendrías que conocer todos los factores hereditarios con los que creció y con los que ahora vive, la fuerza de sus pasiones, las limitaciones de su inteligencia y hasta sus condiciones físicas.
La tendencia espontánea a juzgar a los demás es una debilidad de nuestra naturaleza caída que nos lleva a decir que una persona es maleducada; otra, soberbia, egoísta y antipática; y otra arrogante, injusta, informal y hedonista: a conclusiones como estas llegas a través de un “juicio reflexivo” -dices-. Por que tu experiencia personal te hace conocer tan bien una situación que inmediatamente deduces que otros han actuado igual que lo hiciste tú. Y les atribuyes, sin más, motivos reprochables y actos inmorales… Y es que, así, es muy fácil ser un juez injusto, ignorante e incluso implacable.

El auténtico carácter de las acciones ajenas depende en buena medida de los motivos que las provocan, y esos motivos tú no los conoces: «Un juez no debe creer a un acusador hasta no haber oído al acusado y haberle hallado culpable», dice san Ignacio de Loyola. No tienes derecho a juzgar a nadie sin darle la oportunidad de defenderse. Juzgar temerariamente significa apropiarte de los derechos de Cristo, el único Juez Supremo de vivos y muertos. San Pablo dice: «No juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor: él iluminará lo oculto de las tinieblas y pondrá de manifiesto las intenciones de los corazones; entonces cada uno recibirá de parte de Dios la alabanza debida» (1 Cor 4, 5).
No se puede juzgar a un hombre por sus fracasos: hay que juzgarle por lo que hace con ellos. La grandeza interior de una persona suele probarse no por cómo actúa cuando la mirada de los demás está puesta en ella, sino por lo que hace calladamente y con constancia. Una de las mayores lecciones que hemos de aprender es la habilidad para obtener victorias de nuestras derrotas. Nadie es un fracaso real y absoluto. Solo hay un verdadero fracaso: la persona que no es fiel a lo mejor de sí misma.
Es probable que en tu vida tampoco tú escapes alguna vez del juicio precipitado y erróneo de otros. Ni el Señor ni los santos escaparon de él. Lo sensato es hacer todo el bien que puedas solamente porque Dios te lo recompensará. Como a san Pablo, no te deben preocupar los juicios de los hombres si no tienes nada que temer del juicio de Dios.
Pídele al Señor, que lo sabe todo y lo comprende todo, que te ayude a ver lo bueno que hay en los demás; que, en lo posible, te enseñe a pasar por alto lo que, sencillamente, tienen de humano, porque la mayoría de los pecados se deben antes a la debilidad que a la malicia. Pídele a Cristo que te ayude a brindarles al menos la justa oportunidad de defenderse. (Autor: L. G. LOvasix, en “El poder oculto de la amabilidad”)

3 comentarios en “No se puede juzgar rectamente basándose solo en las apariencias

  1. LA NIEBLA.
    Un importante temporal produce numerosos daños en un pueblecito de Maine. Al día siguiente, se observa además una extraña niebla. Sin teléfono ni energía eléctrica, en la base militar cercana hay una inusitada actividad. Y muchos lugareños acuden al supermercado de la localidad, a hacer acopio de provisiones, por si acaso.

    Entre ellos está David, un diseñador de carteles de cine, con su hijito. En éstas irrumpe en el local un tipo sangrando y afirmando que hay alguna criatura maligna ahí afuera. Al tiempo, la niebla se ha espesado, no se ve más allá de las propias narices. La gente comienza a tener miedo, nadie se atreve a salir del local. Más cuando un mozo del súper es atacado por algún tipo de bicho, que muestra unos poderosos tentáculos.

    Continúa la frúctifera asociación de Frank Darabont y el escritor de best-sellers de terror Stephen King, tras Cadena perpetua y La milla verde. Contada la trama, suena a película de miedo barata, sin muchos alicientes. Si alguien ha sacado tal impresión, advirtámosle desde ya que las apariencias engañan. Las película de Darabont funciona bien a distintos niveles.

    Como título de género, con leve crítica a los experimentos científicos donde domina la soberbia de jugar al “aprendiz de brujo”, digamos que se trata de un film escalofriante, que sabe crear una atmósfera desasosegante de modo progresivo y con una buena dosificación de los sustos.

    Escenas como la del “explorador” que sale al exterior, atado con una cuerda, y que es engullido por la niebla, o la del primer ataque de los bichos, resultan muy efectivas. Y ese espacio cerrado, del que sería mejor no salir, recuerda al mismísimo Luis Buñuel y su film El ángel exterminador.

    Pero además, la trama sirve para exponer el clásico debate fe-razón, sólo que aquí tal debate se polariza en los extremos: tenemos ante nuestros ojos la posición del fanático religioso -encarnada en una increíble Marcia Gay Harden, cuya iluminada señora Carmody da casi más miedo que los monstruos, por su interpretación de los sucesos como el cumplimiento literal del apocalipsis-, frente a los personajes pragmáticos, más matizados, pero a los que domina en mayor o menor medida el escepticismo, y que piensan que para solucionar su problema sólo cuentan con sus propias fuerzas.

    Darabont, al adaptar a King, ofrece una interesante perpectiva del miedo, que puede conducir a acciones terribles e injustas, por caer en lo irracional, o justamente por lo contrario, por dejar de creer que alguien de fuera -Dios u otras personas- puede ofrecer una ayuda inesperada.

    El film evita demonizar en exclusiva, más bien “reparte estopa” a unos y a otros, mostrando personajes creíbles, bien encarnados por un reparto de desconocidos donde destaca, además de la citada Gay Harden, Toby Jones; e incluso se permite ironizar en el desenlace con lo que logran las personas “razonables”.

    Quizá en tal sentido, el film se muestra demasiado desesperanzado, poco confiado en la naturaleza humana, pues incluso aquéllos con los que el público puede empatizar más acaban flaqueando. El director y guionista parece haber pensado que perdería en contundencia y capacidad de “epatar” si entre los personajes hubiera algún creyente normal, de una pieza, pero, la verdad sea dicha, se echa en falta alguien equilibrado en tal sentido; podríamos decir que, como a sus personajes, también a Darabont le ha faltado un poquito de fe.

    Aparte de la violencia y crueldad de muchas escenas –con la intención de horrorizar al espectador–, la cuestión valorativa fundamental estriba en el pesimismo y desesperanza que se desprende de los acontecimientos, desde el suicidio como solución para escapar del terror de aquella “cosa” (el mal, el diablo, seres malignos?) hasta el homicidio “piadoso”: es especialmente desoladora la escena final, en la que el protagonista mata a su propio hijo y a otras personas para “salvarlos” de las fuerzas del mal (?) en medio de un mundo que está siendo destruido por un poder perverso.

    Y toda la trama dominada por la idea de castigo apocalíptico, sin adecuado contrapunto, en boca de una alucinada visionaria. (Almudí FMS // Mn. JMP)

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