Una sonrisa puede hacer mucho bien

sonrisa

La sonrisa es uno de los mejores medios de que dispone la naturaleza para hacer felices a los demás. Entre los rasgos más atractivos del carácter de alguien está esa sonrisa cálida y sincera que nace de dentro. Las obras dicen más que las palabras, y lo que dice la sonrisa es: «Me gustas. Me haces feliz. Me alegro de verte». Si no tienes ganas de sonreír, aun así sonríe: oblígate a sonreír…
Una sonrisa cuesta poco y hace mucho. Enriquece a quienes la reciben y a ti no te hace más pobre. Aporta felicidad al hogar y fomenta la benevolencia entre los hombres. Es descanso para el fatigado, luz para el abatido, un rayo de sol para el triste y el mejor remedio de la naturaleza contra las preocupaciones.


… Nadie la necesita tanto como el que no tiene sonrisa que mostrar…Ese rayo de luz es el del amor de Dios: si sonríes porque amas al prójimo y le haces feliz por amor a Dios. Participa en el apostolado de la sonrisa. Tu sonrisa está al servicio de Dios: es un instrumento para ganar almas. La gracia santificante que habita en tu alma le añadirá dulzura y le permitirá hacer mucho bien.
Sonríe por dentro hasta que notes que tu seriedad, e incluso tu severidad, han desaparecido; hasta que hayas caldeado tu propio corazón fomentando en él una actitud alegre. Luego sal y sonríe.
Sonriendo puedes infundir nueva vida, esperanza y coraje en los corazones de los que desfallecen, de los agobiados, los desanimados, los tentados y los desesperados; puedes preparar el camino de regreso a Dios de un pecador: tu sonrisa tiene el poder de transmitir felicidad, alegría, satisfacción, valor y confianza a los corazones de los demás.
Deja que todos disfrutemos de la belleza y de la alegría de tu rostro sonriente. Y, sobre todo, sonríe a Dios en la amorosa aceptación de todo lo que permite que pase en tu vida, y merecerás que el rostro radiante y sonriente de Cristo te mire con un amor singular durante toda la eternidad. (Autor: El poder oculto de la amabilidad , de L.G. Lovasik)

3 comentarios en “Una sonrisa puede hacer mucho bien

  1. Quería escribir sobre la sonrisa y me he encontrado con este artículo, que considero maravilloso. Buenos ejemplos para todos sus hijos. Pienso que toda persona que lo lea disfrutará con todas las anécdotas.

    El sacerdote portugués y autor de una conocida biografía del hasta ahora “venerable” Álvaro del Portillo (Misión Cumplida, Ediciones Palabra) Mons. Hugo de Azevedo, responde a las preguntas de Palabra y evoca jugosos recuerdos personales del que fue Prelado del Opus Dei.

    Al acercarse la beatificación del venerable Álvaro del Portillo, sobre quien Usted ha escrito una biografía muy popular, ¿qué comentaría al respecto?

    Intento imaginar lo que desde el cielo él nos estará diciendo ahora. Casi le estoy oyendo repetir con fuerza: ¡humildad, humildad, humildad!; ¡responsabilidad, responsabilidad, responsabilidad!; ¡fidelidad, fidelidad, fidelidad! Porque lo que a él “le interesa” en su beatificación es que todos le sigamos por el camino que el Señor nos trazó.

    Quienes convivimos con san Josemaría y con él sabemos perfectamente que no hemos de perder el tiempo en celebraciones y admiraciones; que hay mucho que hacer; que lo importante son las almas. Su beatificación, como la canonización de nuestro Fundador, es una nueva sacudida frente a cualquier aburguesamiento por nuestra parte.

    Pero no deja de ser también una gran alegría, para Usted y para todos los que pertenecen al Opus Dei…

    Sin duda; es un derroche de gracias. Y una impresionante confirmación de que la Obra no es nuestra, como tampoco la Iglesia: es de Dios; y de que el Señor está empeñado en que se realice.

    Para que vivamos en continua acción de gracias: ut in gratiarum semper actione maneamus, solía repetir san Josemaría.

    Además de lo que cuenta en su libro ‘Misión cumplida’, ¿qué otros recuerdos guarda Usted de don Álvaro?

    Recuerdo, sobre todo, su sonrisa y sus silencios. Una sonrisa atenta a todo y a todos, y antes que nada a san Josemaría. Una sonrisa inteligente, alerta, pronta, sin un instante de fatiga o aburrimiento, ni de enfado. Una sonrisa que parecía el exacto contrapunto a las palabras −a veces bien fuertes− de nuestro querido Fundador, preludiando su sentido siempre positivo y animoso, y lleno de cariño.

    Era, en efecto, su “sombra”, como le gustaba definirse: la sombra que da relieve a la figura central y destaca su expresión más profunda.

    En mi perfil me refiero a eso de paso, cuando hablo de las reuniones multitudinarias con san Josemaría. La gente apenas se daba cuenta de que era don Álvaro quien, con su sonrisa y su amabilidad hacia todos y cada uno, lograba mantener el orden y la fluidez de lo que podría resultar una confusión, y al mismo tiempo colocar a nuestro Padre en el centro de las atenciones.

    ¿Puede mencionar algún recuerdo concreto?

    Un día, mientras san Josemaría se entretenía con nosotros en una tertulia después del almuerzo, don Álvaro nos preguntó de pronto: «¿Sabéis por qué el Padre dice en ‘Camino’: “De callar no te arrepentirás nunca?” (n. 639)». Sorprendido incluso nuestro Fundador, no sabíamos qué responderle. «Es que el Padre… ¡nunca se ha callado!».

    Con fino sentido del humor, jugaba con la prudencia recomendada en ese punto y la absoluta franqueza y claridad de san Josemaría. Cómo le decía un alto eclesiástico de la Santa Sede: «¡Monseñor no necesita hacer novenas a Santa Clara!».

    Algún otro recuerdo…

    Lo que nos pasaba en Roma era que, encontrándole siempre junto a san Josemaría, apenas teníamos ocasión de charlar con don Álvaro. Lo intentábamos cuando todos seguían a nuestro Padre y él se quedaba atrás; pero luego nos indicaba que procurásemos acercarnos más al Fundador, y no decía una palabra. Y con eso nos lo decía todo: ir a la fuente de nuestro espíritu. Eso era lo importante.

    Uno de nosotros le dijo un día: «Don Álvaro, nosotros vivimos junto a un gran santo, ¡y a veces casi lo olvidamos!»; tal era nuestra familiaridad filial con san Josemaría. Respondió: «¡Pues yo jamás lo he olvidado!».

    A mí me sucedía lo mismo: no quería desaprovechar un segundo de su compañía, aunque en ese momento no estuviese diciendo nada. Y la actitud constante de don Álvaro no nos animaba a otra cosa.

    Aún en vida de nuestro Fundador, yo guardaba un jersey viejo que él había usado, y me lo ponía cuando estaba enfermo. Gracias a Dios, sucedía pocas veces. Pues comprobé que lo mismo hacía don Álvaro: llevaba en su agenda un trocito de una muela de san Josemaría. Lo descubrí cierto día en el que nuestro Padre intentó cogerle desprevenido. Parecía interesado en una fecha, y le pidió: «Álvaro, préstame tu agenda, por favor…». Y don Álvaro inmediatamente sacó la agenda y se la pasó… después de quitar su “tesoro”. San Josemaría se enfadó: «Parece imposible! ¡Llevar ahí esa porquería!».

    Después de la elección habrá tenido ocasiones de encontrarse con él…

    Muchas veces, gracias a Dios, sobre todo cuando venía a Portugal. Permítame un recuerdo a este propósito. En Misión cumplida intento describir ese extraño interludio que va desde el 26 de junio de 1975 (fecha de fallecimiento de san Josemaría Escrivá) hasta la elección de don Álvaro para sucederle, el 15 de septiembre de ese mismo año. «No pasaba nada», como ya antes nos había anunciado san Josemaría. Había mucha paz y serenidad: don Álvaro hacía cabeza. Y no teníamos la mínima duda de que lo elegirían sucesor. Además, ya sentíamos por él una especie de filiación, tan próximo había estado a san Josemaría… Pues cuando recibí la esperada y gratísima noticia de su elección… ¡lloré! Era la primera vez que sentía verdaderamente que nuestro querido Padre ya no estaba con nosotros… aquí abajo.

    Después la sorpresa fue que don Álvaro, hasta entonces siempre silencioso, escribiese y hablase tanto: no cesaba de recordarnos la vida, los escritos y miles de episodios de la vida de san Josemaría. ¡Era un pozo sin fondo! Un pozo de agua viva, de buen espíritu, de empuje apostólico… ¡Qué fecundo fue su silencio!

    Y su energía. Yo fui una “víctima” de ella. Cuando vino a Portugal por tercera vez, en noviembre de 1980 (vino a Portugal ocho veces, entre 1978 y 1992), alguien a mi lado me susurró: «Pregúntale si puedes escribir una biografía de nuestro Padre». Y yo, seguro de que me respondería que no me preocupase porque ya se estaban escribiendo otras, con toda ingenuidad, le pregunté… No tardó dos segundos a contestarme: «Pues sí. Un perfil popular, de una doscientas páginas… Irás a Madrid recoger elementos, y allí te los darán».

    Me quedé de piedra. Ya no tenía remedio. ¡Aquel susurrón…!

    Usted dijo hace pocos meses que ese perfil de san Josemaría (‘Uma luz no mundo’) había gustado a don Álvaro.

    Sí, le gustó, y me lo dijo por carta, aunque el libro pasaba de las trescientas páginas: todo depende del tipo de letra, claro… Después me dijo que lo había leído en tres noches. Pienso que reservaba algunas horas nocturnas para sus lecturas. Gozaba de una extraordinaria capacidad de trabajo, y de cariño hacia sus hijos.

    Aclaro lo que decía antes: don Álvaro vino ocho veces a Portugal después de ser elegido; porque antes ya había venido con nuestro Fundador otras tantas, desde 1945 hasta 1972, e incluso más veces que no conocemos, porque san Josemaría se sentía atraído por Fátima cuando pasaba cerca de Portugal, y atravesaba la frontera sin avisar a nadie, sólo para descansar a los pies de la Virgen y confiarle sus intenciones. Don Álvaro, que solía acompañarle, “heredó” esa gran devoción mariana y vivía la de los cinco primeros sábados.

    En una de esas ocasiones en que vino en avión (era el 5 de diciembre de 1986, si no me equivoco), el salón VIP de recepción del aeropuerto estaba ocupado por el secretario del Partido Comunista, Álvaro Cunhal, y otras personas que habían venido a recibirlo. Le rogaron a éste que hiciese lugar a una nueva personalidad, lo que inmediatamente aceptó, continuando la charla con sus amigos en el pasillo. Don Álvaro se detuvo unos minutos en el salón con algunos miembros de la Obra, y, al salir, se cruzó con Cunhal. Extendiéndole la mano, agradeció su gentileza: «Yo sé que Usted es el secretario del Partido Comunista Portugués; yo soy el Prelado del Opus Dei. También me llamo Álvaro».

    Este “carisma” suyo de sencillez y amabilidad, de sincera humildad y gratitud, respetando todo el mundo y buscando lo que une, explica el cariño que le dedicaban cuantos contactaban con él (por no hablar de las demás virtudes).

    Recuerdo el afecto que por él manifestaba un obispo anglicano, cooperador del Opus Dei, don Daniel de Pina Cabral, al que me refiero muy de paso en Misión cumplida y al que San Josemaría estimaba mucho, incluso por ser un paradigma del hondo espíritu ecuménico que nos inculcó a sus hijos.

    Habían pasado años desde su encuentro, muy emotivo, con nuestro Padre y con don Álvaro en la finca de Enxomil. Don Daniel y su esposa (que no les conocía) habían visitado más tarde a don Álvaro en Roma.

    Cuando les llevé un día a Enxomil para que don Daniel recordara ese encuentro, se pararon delante de una foto de don Álvaro, y no cesaban de admirarlo: «Pero, ¡qué bien está!… ¡Qué bien!… ¡Tan sencillo! ¡Una persona tan importante! Pero, ¡qué bien!…». «Vuestro Fundador también», añadía don Daniel. Y seguían contemplando la foto, conmovidos. «¡Qué bien!…». Se veía que la visita en Roma les había impactado profundamente.

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